julio 23, 2019

Antropología de lo cotidiano. La travesía en minibús por la ciudad de El Alto

por: Johnny campos Lora / Ilustración: Pedro Szekely

Vivo en el barrio «El Kenko», (donde José Manuel Pando fue asesinado el 15 de junio de 1917) a varias cuadras de la Zona Franca hacia adentro. Es un barrio diseñado y construido por Mutual La Paz y por esa razón su nombre oficial es «Urbanización Mutual La Paz». En principio destinado a militares y a trabajadores de la Cervecería Boliviana Nacional. Tiene unos veintitantos años de antigüedad, al menos la tercera fase. La urbanización es un conjunto de viviendas denominadas sociales, pequeñas casas para una familia nuclear -4 miembros-. Con el tiempo la homogeneidad casi estética y típica de un barrio con planificación urbana va perdiéndose. Ahora hay casas de dos o tres plantas multicolores y de aspecto variopinto.

Completo, vamos

Salgo de mi casa a las 7 y 23 de la mañana. El día está nublado y aun queda el vaho de la niebla típica de esta zona. Voy caminando por la Avenida «A», es cómoda, ancha, pavimentada, con tragatormentas y rompemuelles. Debo apresurarme para llegar a la parada que está a principio de la avenida, a seis calles por delante. Llego a la parada y hay una veintena de personas en la fila, todas apuradas. De vez en cuando pasa un taxi, preguntan cuánto cuesta ir hasta a la Ceja. —12 bolivianos— responde el taxista con un marcado acento aimara. Alguien de la fila no entiende la respuesta del taxista y lanza un ¿qué?, otro explica: -¡quiere decir que si van 4 personas cada una de ellas pagará 3 bolivianos que en total suman 12 o 3 personas que pagaran 4 bolivianos o tú solo que, dado el caso, pagarás 12 bolivianos!. Si, hoy la gente está con pocas pulgas.

Casi 15 minutos después llega el minibús ansiado: es un NISSAN blanco y con letras chinas en el lateral derecho; tiene en la parte inferior de atrás un balón de gas amarillo sujetado por anillas plateadas. Es un «transfomer» un auto que originalmente tenía el volante al lado derecho. El ayudante -un jovenzuelo de unos 16 años- dice: —completo, vamos—.

El chofer acelera, el minibús está lleno, el ayudante está parado sin asiento. Estamos dando la vuelta la rotonda y en la esquina de frente se halla una persona, viste traje y corbata, mirando ostensiblemente su reloj —seguro a punto de atrasarse—. Él hace un ademán interesante con el dedo índice señalando hacia abajo varias veces. El ayudante decodifica esa señal automáticamente y dice al chofer —espaldar—, esto significa que el trajeado tendrá que acomodarse entre la espaldera del asiento de adelante —lado del chofer— y el espacio de la primera fila de los asientos de los pasajeros. Con el supernumerario dentro estamos más incómodos aún.

Solidaridad

No todo es maltrato o violencia verbal en el minibús. Las personas saludan al entrar, piden permiso y agradecen, algunos despliegan el asiento para que el otro pueda sentarse.

La niña que va sentada en el extremo izquierdo del minibús, vestida con blusa blanca, chompa verde y falda escocesa, titubea y expresa con voz lastimera: —me he equivocado de línea—. El chofer hace un mohín de disgusto, para en seco y exige a la niña el pasaje, la señora de pañoleta verde le para en seco y exclama: -¡cómo le va a cobrar, si solo tiene para su pasaje¡. Los demás pasajeros apoyamos con un —sííí— a la dama de pañoleta. Incluso el señor gordo de la primera fila le grita al chofer: !carajo¡ ¿no tienes hijos?. Al chofer no le queda más que ceder, echa a andar el auto balbuceando la palabra «perjudicar». Seguimos por la avenida.

Proxémica

Las relaciones interpersonales por una parte se miden por la distancia (proxémica lo llaman los teóricos de la comunicación no verbal). Según la proxémica solo permitimos a las personas más intimas (amigos íntimos, pareja, hijos), una distancia mínima o nula entre nosotros. Sin embargo esto no sucede al interior de los minibuses, nos sentamos con personas que generalmente son ajenas y que sienten los mismo que nosotros procurando portarse lo más impersonales con los demás; pero uno no puede evitar que le llegue el perfume, la colonia o la conversación que hace el vecino por su celular, es una incomodidad cotidiana e inevitable. Mi vecina de ocasión expele un perfume fuerte y penetrante, la fragancia me relaja el estómago, es que estoy sin desayunar.

Cobro de pasajes

Cerca a la carretera principal, se baja mi vecina, tiene un look de secretaria. Sube un pasajero con un billete de a 20 bs. en la mano, pregunta al ayudante ¿vas a tener cambio?, el ayudante asiente. Este detalle que parece sin importancia, es decisivo, muchas veces el ayudante o el chofer te dejan a medio camino por no tener moneda sencilla.

El ayudante dice en voz alta -alistarse pasajes, sueltitos nomás- va cobrando y en algunos casos alguien paga con moneda de dos o cinco bolivianos. Luego el ayudante dice: -cambio de dos, cambio de cinco-, lo hace para no equivocarse, es en último término un truco mnemotécnico.

A su vez los pasajeros que no confían en la efímera memoria del ayudante al momento de pagar le dicen: son dos bolivianos y el ayudante contesta ¿de uno no?..

Llagamos a un cruce -cruce Taquiña, ¿alguien baja?- el silencio es obvio- y seguidamente el ayudante afirma tácitamente: ¡nadies!

Flores incomodas por el camino

Después de la luz verde a través de la avenida vemos pasar gente impávida. Hay personas que saltan los bloques protectores de cemento y la jardinera y corren para alcanzar el extremo opuesto de la avenida. En el minibús, la señora de pañoleta verde comenta: -mira a ver, como se atraviesan. La vecina de su asiento contesta: -es que las pasarelas están muy distantes entre unas y otras. Sí es cierto. Lo curioso es que cerca a la pasarela subsiguiente a los pies de la misma están depositadas flores rojas, blancas y una cruz, señal indudable que alguien falleció en ese lugar tal vez por no usar la pasarela que estaba a su alcance.

«Tu envidia es mi fuerza»

Desde el minibús, la ciudad parece un escaparate o un programa de tv en vivo, estoy viendo las partes traseras de los minibuses contiguos al nuestro. Muchos de ellos tiene algunos mensajes, nombres y advertencias en letras grandes: «Tu envidia es mi fuerza», «Me miras y lloras», «Maldito amor», «Cristo viene», «Papito alteño», «Callpeño – te sigo amando», «Mi vida a nadie le importa», «Quien te quiere, quien te ama, Joselito se llama», «Yo confío en Cristo», «Fugitivo II», «El infractor», «Kings Cobra», etc..

Seguimos adelante, después de la luz verde. El ayudante dice: -calle 5, ¿alguien baja?--Sí- contestamos al unísono tres personas. Pero el minibús no puede estacionarse al extremo derecho de la avenida para que podamos bajar, pues existe como siempre un embotellamiento fatal. El semáforo está en rojo, el chofer nos dice -aprovechen semáforo- y nos bajamos en plena avenida.

Atravieso la avenida y tomo el minibús que va a Río Seco. A estas horas, la parada de la calle 5 está repleta de minibuses que parten llenos a cada instante. Hay un coreo de voceadores -«Complejo, Rio Seco, Ex tranca– gritan. Ya en el minibús el ambiente es casi el mismo del primero. Esta vez el ayudante es una mujer joven de pollera -que a lo mejor es esposa del chofer- pues lleva delante de la primera fila de asientos de los pasajeros a su guagua. El pequeño está colgado a manera de hamaca de un aguayo amarrado de la tubería que sirve de apoyo y de división transversal del minibús.

Ya por inmediaciones del aeropuerto, el minibús se detiene por el semáforo en rojo, viene un canillita que vende al chofer «El Extra», un periódico de crónica roja muy popular. También se acerca un limpiaparabrisas, es una sujeto desarrapado, cabello hirsuto y ojos rojos, acaso con problemas de droga o de alcohol. El embotellamiento cerca al aeropuerto es desesperante. Un pasajero que quizá fue policía comenta: -los destinos, las paradas y las líneas antes los reglamentaba y normaba Transito, ahora es la Alcaldía y no está haciendo bien su trabajo-.

-¡Esquina me quedo¡-

digo y la ayudante repite: -esquina se queda….

Bajo y el minibús se marcha casi al instante perdiéndose en esa masa blanca de vehículos públicos.

¡Ceja a cincuenta centavos!

Regreso a mi casa, cerca de las once de la mañana, subo la pasarela de la Avenida San Pablo II y desde arriba puedo ver a la gente que pasa la avenida en zigzagueo esquivando a las movilidades. A estas horas, los minibuses están en oferta -no pasan velozmente por tus narices, su marcha es pausada, -Ceja, Calle 2- gritan los voceadores. Viene un minibús y el voceador grita -¡Ceja cincuenta centavos¡. Es preferible rebajar el pasaje para no irse vacío. La gente se sube inmediatamente, la mayoría estudiantes de la UPEA. El ambiente dentro el minibús es parecido al de la mañana.

Por la tarde hago el mismo recorrido de ida sin más novedad -y perdón por la elipsis brutal-.

El calvario de todas las noches

Por la noche de regreso a eso de las 8 y 30, la cosa cambia. En la Ceja no veo un solo minibús que vaya al «Kenko». No es un destino de preferencia de los choferes, -no conviene-dice uno-, -tenemos que regresar vacios-. Por eso mismo de todos los minibuses que parten de la Ceja casi el 60 % van a Villa Adela, el 30% a Viacha y el 10% a otras zonas.

El minibús que es parte del 10% se hace esperar 45 minutos entre vaivenes de los pasajeros. Llega el minibús de la ciudad de La Paz. La gente se aglomera y pregunta con desesperación pues como dice la canción «gotas de lluvia caen sobre nuestras cabezas» —¿Kenko?— .El ayudante responde un lacónico sí. Inmediatamente la gente se sube estrujándose, codeándose, peleándose por entrar antes. El minibús no puede partir inmediatamente, hay otros minibuses delante.

El robo

Cuando todos nos encontramos sentados y a punto de partir, una sombra, un espectro aparece y se acerca al minibús, pero la escena es tan rápida que apenas nos percatamos. El delincuente se acerca subrepticiamente a la ventana de la mujer de más o menos 30 años que habla por celular al lado de la ventana, el aparecido desliza el vidrio de la ventana del minibús y le arrebata el celular -la escena dura como 2 segundos-. La mujer grita y nadie puede hacer nada. Yo alcanzo a ver a la sombra, pues estoy ubicado en la parte posterior del minibús, doy vuelta la cabeza y el delincuente es un adolescente de 17 a 18 años, delgado, ágil como un gato, vestido totalmente de negro. Se escurre velozmente y se pierde entre los vericuetos de los autos estacionados, entre el bullicio y la multitud de personas que trajinan sin pausa.

Normas de tránsito, un saludo a la bandera

Aún así el viaje debe continuar. Entre las calles 6 y 7 de la venida 6 de Marzo, el chofer no respeta los semáforos en rojo. Pasa sin ninguna dificultad -técnica, ética ni normativa- . De pronto el minibús dobla a la derecha entrando sin más a los ambientes de una gasolinera. El chofer se pronuncia: -voy a cargar gas señores pasajeros-. Un señor de bigote y voz cascada por los años reclama -¿Cómo pues tenemos que esperar¡ no tenemos tiempo, además es prohibido cargar combustible con pasajeros-. El chofer no escucha, es parte de su rutina no escuchar a los pasajeros e ignorar las reglas de tránsito cuando le conviene. Se detiene frente al expendio de gas. El ayudante con tono imperativo dice: —¡señores pasajeros tienen que bajar sino, no va a cargar gas¡—. La gente baja en son de protesta, pues para colmo está lloviendo más fuerte. Una señora de edad avanzada y con los huesos crujientes dice: —yo me voy a quedar nomás, que me importa…—. Salgo del vehículo y me protejo de la lluvia parándome bajo el alero de la gasolinera, envidiando al chofer pues el encargado de la gasolinera le sirve café caliente en un vaso desechable como política de su marketing intuitivo.

Partimos, el ayudante pregunta si alguien va por Santiago II y no habiendo respuesta alguna dice su inefable ¡nadies¡. Entonces el chofer no ve la necesidad u obligación de seguir con su ruta oficial. Obviando el camino que va a Santiago II, marchamos, la gente se sube y se baja en diversos puntos hay tres asientos vacios y el ayudante sigue anunciando a gritos el destino.

Música, distinción y gustos

Los últimos minibuses -NISAN, SUBARU, TOYOTA, ya vienen de origen con sistema de sonido Dolby estéreo cuadrafónico con alta fidelidad y con sistema bass. Los choferes ponen su música a full y no les importa (como siempre) si les gusta el tema a los demás. El gusto y la distinción (de clase, género, edad, etc.) es relativo, Bourdieu «Los gustos, son la afirmación práctica de una diferencia inevitable y cuando tiene que justificarse, se afirman por medio del rechazo o negación de otros gustos». El gusto musical del chofer de minibús abordado es la cumbia. Esta vez le toca debutar a Américo que canta el tema «El Embrujo» que no a todos gusta, una señora de cabellos plateados dice: —es música de chojchos y ñojos—, pero algunos pasajeros hasta tararean y llevan el ritmo elevando la punta de los zapatos levemente. El cumbiero Américo le es totalmente indiferente al joven de chamarra de cuero salpicada de tachuelas, el está feliz escuchando su música de preferencia con los audífonos de su celular – walkman Sony Ericsson.

«Esquina, me quedo»

Estoy llegando a mi destino y con anticipación de media cuadra digo: —esquina me quedo—. El ayudante pregunta de la avenida o del frente, le digo que del frente. Me bajo apresuradamente agradeciendo por haber llegado a mi destino sano y salvo, miro mi reloj y marca las 10 y 32 de la noche.

En la esquina de mi calle me detengo a comprar pan, pago al vendedor con una moneda de 5 bolivianos él rechaza mi moneda —es falsa— me dice, yo me esfuerzo por ver los detalles de la moneda pues la mortecina luz pública no ayuda. Es una moneda argentina con bordes plateados y centro dorado, muy desgastada a propósito para que el incauto crea que es moneda boliviana. Mala suerte. Los vaivenes apresurados y el recibir cambio con indiferencia, me predisponen a pensar que en el Alto tienes que estar siempre con los ojos zahorís.

Llego a mi casa, abro la puerta y encuentro en el piso, cerca al umbral, un pequeño listón de papel que a la letra dice:

COMUNICADO

Sr. (a) Vecino (a):

La junta Vecinal de la Urbanización «EL KENKO», comunicamos a todos los vecinos del sector sur, que el costo de pasajes en los minibuses de la ceja y viceversa es de 1. Bs. No existe ningún incremento ni convenio para la elevación de tarifas, así mismo la parada del sindicato Sagrado Corazón a partir de las 18,30 p.m. y servicio nocturno es en la puerta de INFOCAL. Con destino al KENKO, CONVIFAG y otros. Por cualquier cobro por demás, anotar las placas y comunicar al directorio para realizar la debida denuncia ante las Autoridades pertinentes.

Ciudad del Alto 15 de febrero de 2011.

El Directorio

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