abril 25, 2019

Azúcar e inflación

por: Rolando Morales Anaya *

Bolivia ha aumentado su ingreso disponible en cerca del 100 por ciento en los últimos 5 años, pero la oferta disponible a partir de su producción nacional apenas ha crecido en un 15 por ciento. Parte del aumento de ingresos financió el incremento de las importaciones, mientras que otra parte fue utilizada para gastos nacionales, el resto fue depositado en los bancos comerciales y en el Banco Central sin ejercer presión sobre la demanda ni los precios, pero constituyéndose en una bomba de tiempo pues su uso, un momento o el otro, generará inflación. En una economía pequeña, la movilización de unos cuantos millones de dólares tiene efectos importantes sobre los precios.

¿Qué es lo que lleva a la gente a utilizar sus ahorros aumentando su consumo? Hay varias razones, entre ellas el pánico y/o la incertidumbre sobre la situación de precios. Si la gente tiene sus ahorros en dólares y el poder de compra del dólar tiende a disminuir debido a sucesivas devaluaciones locales, la gente tenderá a convertirlos en moneda nacional y si deja de tener confianza en ésta, recurrirá a comprar bienes, haciendo presión sobre la demanda y sobre los precios.

Además de un efecto ingreso, la tensión inflacionaria actual se alimenta de la disminución de la oferta interna de alimentos y del alza de su precio a nivel internacional

El plan de estabilización de Paz Estensoro en el año 2005 logró disminuir la inflación, no tanto por las medidas que introducía, que brillaban por su falta de imaginación, pero por la confianza (y el miedo) que la población depositaba en su Presidente. Por el contrario, el Dr. Siles Suazo, a pesar de ser un gran hombre, había perdido la confianza de la gente por lo que es posible afirmar que si el mismo plan hubiese sido adoptado por su gobierno, no hubiera tenido el mismo efecto que con Paz Estensoro.

Los ahorros estaban durmiendo hasta diciembre, fueron despertados bruscamente por el infeliz anuncio de una elevación del precio de los hidrocarburos. Cuando se derogó esta medida, no pudieron conciliar el sueño nuevamente porque el Gobierno repitió reiteradamente que era lo que había que hacer, luego, la población no pudo dormir pensando que el día siguiente se despertaría ante un nuevo sistema de precios. Con el temor de perder el poder de compra de su dinero, la gente se precipitó a comprar bienes. Entre otros, compró grandes cantidades de azúcar, ¿dónde?, es ocioso preguntarlo, sólo cabe constatar que un gran número de amas de casa compró por lo menos un quintal con el consabido “nunca se sabe lo que pasará después”. Haciendo eso, provocó que faltara este producto para los demás y subió su precio. Subestimar estas acciones es un gran error. Si bien el azúcar no es un alimento imprescindible ni un insumo importante en las relaciones industriales intersectoriales, la angustia mostrada por la población por acapararla es el signo de algo mucho más grave: la pérdida de confianza en la capacidad del gobierno de adoptar políticas económicas correctas.El gasolinazo, su posterior abrogación y la forma machacona con que la publicidad gubernamental insiste en que todo va bien, amén de las contradicciones en los mensajes que el gobierno emite y la poca claridad de estos aumenta la desconfianza de la gente.

Además de los problemas climáticos que explican la disminución de la producción nacional de alimentos, las políticas del gobierno no han sido adecuadas. Por una parte, cabe señalar que contrariamente a lo esperado de un gobierno de corte campesino, en cinco años de gestión no ha hecho nada a favor de la agricultura. Por otra parte, el auge la producción de minerales a nivel artesanal y de la producción de coca mermó y merma la oferta de mano de obra para la agropecuaria. Finalmente, están las medidas de prohibición de exportar algunos bienes y de fijarles precios máximos en el mercado doméstico.

El gobierno piensa que puede parar la inflación captando liquidez con tasas de interés muy atractivas a los depósitos que recibe. Esa política sólo sirve para aumentar las utilidades de los bancos, de por sí bastante abultadas.

Así como la confianza fue un elemento decisivo para parar la inflación en los años ochenta, la desconfianza es un elemento que amplía la tensión inflacionaria. Una vez pérdida es difícil volverla a ganar. Para lograrlo tendría que haber un importante cambio de rumbo de la política y quizás también de actores lo que parece ser muy poco probable.

*     Doctor en economía.

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