julio 23, 2019

Los Carnavales de La Paz ¿quién inventaría?

por: Beatriz Rossells *

Una de las razones por la que las fiestas como el carnaval han sido copadas por los sectores populares, se debe al poder transformador que éstas tienen. A través de ellas se asumen nuevas identidades y nuevas posiciones sociales. El gasto suntuario, la extrema sofisticación, la búsqueda de la elegancia y la ostentación corresponden a expectativas de la vida, de la consideración y el prestigio que busca tener una persona y una colectividad; esto sobre todo en sociedades altamente jerarquizadas, donde se impone la discriminación. Así, la fiesta viene a ser el espejo de los anhelos de los participantes, la búsqueda de orden, éxito, celebración y felicidad. En suma, una anticipación vívida y exultante, el premio al trabajo y al cotidiano vivir.

En el seguimiento a más de 100 años del Carnaval de La Paz que hemos realizado en el libro CARNAVAL PACEÑO Y JISK’ANATA de la colección “Fiesta Popular Paceña” del Instituto de Estudios Bolivianos de la UMSA (2009), podemos observar que esta fiesta constituye precisamente una insustituible muestra de la fuerza social y cultural de un pueblo para lograr ser representado y representarse por sí mismo. Para nuestros pueblos es una cita tan especial —por sus connotaciones rituales— que vence a las múltiples fuerzas negativas que durante siglos les impidieron ser protagonistas.

La historia de un siglo del Carnaval Paceño se inscribe en la primera mitad del siglo XX en el período liberal, como componente del proyecto de construcción del Estado-nación y del imaginario civilizado que adoptan otras ciudades de América Latina. En esta lógica, el Carnaval de La Paz fue durante esos primeros cincuenta años una fiesta dirigida y controlada dentro de límites permitidos por el “buen gusto”, pero no fue exclusiva de las elites, como se piensa, en lo que a fiesta pública y callejera se refiere. De hecho, las comparsas desde los primeros años del siglo XX tuvieron artesanos e indígenas migrantes, esta participación se ha podido comprobar gracias a la información de la prensa de la época y especialmente a los fotografías del maestro Julio Cordero.. La revolución de 1952 reafirmó e institucionalizó políticamente las particularidades de los carnavales de la primera mitad del siglo XX que, por cierto, ya habían tomado un cariz popular irreversible, penetrando y conquistado las calles centrales de la ciudad con los artesanos y cholos disfrazados de pierrots y más tarde de pepinos. La Revolución del ‘52 impuso un carnaval más popular con la incursión directa de autoridades municipales y nacionales consagrando la figura del pepino en el caso de La Paz. En el transcurso de los años se diluyó el entusiarmo y entró en una cierta decadencia debido, en parte, a los regímenes militares posteriores que no promovieron esta fiesta paceña. Sólo en el último cuarto del siglo XX, las autoridades municipales de la ciudad encontraron una forma de legitimación en el carnaval con el apoyo a lo tradicional y lo popular. En los años que lleva el siglo XXI, el gobierno municipal privilegia el apoyo al Jisk’a Anata que da mayor espacio a los grupos indígenas que llegan de distintas provincias aunque en realidad, en el Jisk’a Anata bailan todos.

Las transformaciones principales en un siglo de existencia del Carnaval Paceño Tradicional se han dado tanto en la parte de organización como en la representación y contenido cultural del mismo. En cuanto a la cuestión de organización, el hecho fundamental es que antes, juntamente con las autoridades municipales, las elites —asociaciones y círculos sociales— se encargaban de llevar adelante esta fiesta. Después de la Revolución del 52, éstas se replegaron totalmente y otras agrupaciones y sectores económicos de clase media y popular (nuevas elites) surgieron para tomar este papel dirigente en la organización de la vida social y festiva de la ciudad. De este modo, participan en la lucha simbólica permanente por la hegemonía de las representaciones y el imaginario. Buena parte de quienes conforman estos nuevos grupos en emergencia son migrantes e hijos de migrantes de las provincias paceñas, los cuales incorporan a las fiestas urbanas una serie de signos e influencias rurales pertenecientes a las culturas nativas.

En cuanto al segundo aspecto, el contenido cultural, esta democratización y popularización de la fiesta del carnaval tiene relación con la pluriculturalidad propia del país y transforma los modelos de participación de principios de siglo, siendo esta fiesta precisamente el espacio ideal para asumir nuevas identidades y representaciones o para conservarlas y fortalecerlas. A través de la máscara y el disfraz, los actores sociales del Carnaval Paceño del siglo XXI, asumen y negocian su poder y logran representar sus propias identidades indígenas más las de los antiguos participantes criollos. Los carnavaleros ya no son los elegantes pierrots y pierrettes, se han convertido en los elegantes pepinos, ch’utas y cholas de las comparsas de la Asociación de Conjuntos Folklóricos del Carnaval organizada a fines de 1980, como gran impulsora de la continuidad de esta fiesta. Estos carnavaleros portan las identidades transmitidas y recreadas de su ascendencia cultural aymara. A ello se agregan los rasgos “apropiados” de la cultura criolla urbana, en este caso el pepino —antiguo Pierrot—, las bandas de instrumentos de metal y otros múltiples elementos de la modernidad y la globalización externos. Éstos se van añadiendo y consolidando año tras año en los símbolos mismos del carnaval —máscaras y vestimenta— así como en la música que utilizan en las fiestas, tanto huayños como cumbias.

En definitiva, después largos períodos y en medio de la todavía segmentada sociedad boliviana, el carnaval —rey de las fiestas— continúa en el corazón de las gentes sirviendo de instrumento de comunicación y de “emoción lúdica”.

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