abril 25, 2019

El fin del “consenso de Washington”

por: Kevin Gallagher/ The Guardian/Progreso Semanal/ Visiones Alternativas

El presidente colombiano Juan Manuel Santos hizo temblar a todo Washington, cuando dijo a The Financial Times que su país está realizando negociaciones con China para construir un “canal seco” multibillonario que competiría con el Canal de Panamá. Después de todo, dijo Santos, China es “el nuevo motor de la economía mundial”.

Este negocio está cargado de política. Colombia está tratando de que EE.UU. apruebe un acuerdo comercial que hace mucho está atorado. Y no olvidemos que el canal original iba a ser el resultado de un acuerdo entre EE.UU. y Colombia. Cuando a los colombianos no les agradó el negocio que EE.UU. ofreció y amenazaron con suprimirlo, Washington apoyó a los movimientos separatistas panameños y obtuvo un nuevo país para construir un canal. Pero ya eso es agua bajo el istmo. O eso creíamos.

Ya sea que este negocio se realice o no, subraya el gran contraste entre las operaciones económicas chinas en el exterior y las de Estados Unidos.

Durante 30 años, Washington ha estado proponiendo en Latinoamérica y más allá una diplomacia económica basada en el comercio, no en la ayuda. Según lo que se conoce generalmente como el “consenso de Washington”, EE.UU. ha entregado a Latinoamérica préstamos condicionados a la privatización, la desregulación y otras formas de ajuste estructural. Más recientemente, lo que se ha ofrecido son acuerdos comerciales como el Acuerdo de Libre Comercio EE.UU.-Colombia: acceso al mercado norteamericano a cambio de condiciones similares.

El historial de 30 años del consenso de Washington ha sido funesto para Latinoamérica, la cual creció menos de 1% anual en términos per cápita durante el período, a diferencia del 2,6% en el período 1960-1981. Asia Oriental, por otra parte, a la cual se le conoce por su globalización administrada por el estado (el epítome más reciente es China) ha crecido 6,7% al año en términos per cápita desde 1981, año en el que obtuvo 3,5%.

El tratado comercial modelo es, por supuesto el Acuerdo de Libre Comercio de Norteamérica (ALCAN). A pesar del hecho de que las exportaciones a EE.UU. se multiplicaron por siete, el crecimiento per cápita y el empleo en el mejor de los casos han resultado mediocres. México probablemente haya ganado 600 000 empleos en el sector manufacturero desde que ALCAN entró en vigor, pero el país ha perdido 2 millones en la agricultura, ya que las importaciones baratas de maíz y otros productos han inundado el mercado recién liberalizado.

Este lúgubre historial económico hizo que los ciudadanos a través de América votaran a partir del 2000 en contra de los proponentes de este modelo. Desde entonces ha aumentado el crecimiento, en gran medida debido a la demanda interna y las exportaciones a China y otras partes de Asia.

Es interesante que los únicos defensores del consenso de Washington en Latinoamérica sean México y Colombia. Eso explica por qué Washington se escandalizó tanto por los comentarios de Santos.

Antes de que China “se apodere” de Colombia, hay ahora un urgente llamado que dice que EE.UU. debe aprobar el acuerdo de libre comercio entre EE.UU. y Colombia –lo cual obligaría a Colombia a desregular su industria de servicios financieros, eliminar su capacidad de diseñar políticas innovadoras para el desarrollo y abrir sus fronteras a los productos agrícolas subsidiados provenientes de Estados Unidos. Según un estudio de la ONU, el acuerdo afectaría a Colombia en $75 millones de dólares, o 0,1% del PIB.

Irónicamente, la semana pasada el Congreso renegado de EE.UU. no renovó las preferencias comerciales, bajo las cuales la mayoría de las exportaciones colombianas no pagan tarifas en EE.UU.  sin los términos condicionales de los acuerdos comerciales norteamericanos.

Mientras tanto, The Financial Times informa que China ha prestado $110 mil millones a países en desarrollo durante los últimos dos años, más de lo que el Banco Mundial ha hecho en tres años. En relación con el Banco Mundial, estos préstamos vienen con muchas menos “condicionalidades” y se están dedicando a grandes proyectos de infraestructura en toda África y en lugares como Argentina, Venezuela y, quizás ahora, hasta en Colombia.

China está prestando dinero a naciones para financiar las prioridades de cada cual para su crecimiento y desarrollo. China no lo está haciendo por altruismo; estos no son actos de santidad. Lo que sucede es que China tiene más experiencia en el desarrollo económico. Viendo la experiencia de otras naciones de Asia Oriental y la suya propia, estos tipos de proyectos son una apuesta mucho más segura que los acuerdos comerciales. China espera que los proyectos harán aumentar el crecimiento. De manera que las naciones serán capaces de suministrar mayor cantidad de exportaciones a China y ser un destino de las exportaciones chinas. Por el contrario, los acuerdos comerciales de EE.UU. parecen haber sido secuestrados por unos pocos grupos de interés que pueden beneficiarse a corto plazo, pero con el tiempo sus resultados son dudosos.

Lo más importante aquí es que, incluso si Colombia obtiene el mal acuerdo comercial que desea y no obtiene un canal. Estados Unidos, literal y figurativamente, está en bancarrota en esta competencia con las finanzas chinas. Literalmente, porque EE.UU. tiene el mayor déficit del planeta y le debe un gran trozo de ese déficit a China. Figurativamente, porque el modelo económico que EE.UU. ha exportado a Latinoamérica no ha funcionado. China está financiando infraestructuras, exploración, ciencia y tecnología  y todas las otras cosas que el presidente Obama dice que nosotros debiéramos estar haciendo en casa.

¿Por qué no lo hacemos aquí y posibilitamos que otros lo hagan también?

Kevin Gallagher es profesor de relaciones internacionales en la Universidad de Boston e investigador del Instituto de Desarrollo Global y Medio Ambiente.

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