julio 23, 2019

El primer jacobino

“Que los indios son y deben ser reputados con igual opción que los demás habitantes nacionales a todos los cargos, empleos y destinos, honores y distinciones por la igualdad de derechos de ciudadanos, sin otra diferencia que presta el mérito y la aptitud”. No es ni el presidente Evo Morales ni el vicepresidente Álvaro García, sino Juan José Castelli, el 25 de mayo de 1811 en su discurso en el taypi de Tiwuanaco. Un principio liberal de igualación, inspirado en el humanismo que brotó de la revolución francesa. Nacido en Buenos Aires en 1764, Castelli fue uno de los motores de la Junta porteña del 25 de mayo de 1810. En septiembre de ese año fue designado su Representante, en el Alto Perú. Jacobino e irreverente, su proclama, cuyo contenido jamás se había oído en el Alto Perú, se publicó luego en castellano, aimara y quechua. Práctica comunicacional multilingüística frecuente en los porteños. Su contenido alarmó al extremo a las elites señoriales, dueños de tierras y vidas. Su estatus y propiedades eran intocables y su supremacía racial, con Rey o sin él, innegociable. En contraste, como un denso rumor como la venganza y prolongado como el tiempo de la pena, entre los indígenas se extendió la convicción de que el Inca no estaba muerto, ni acabado o sus restos trozados en cuatro partes. El Rey Castel de Buenos Aires, combatiente o justiciero, vendría quien sabe cuándo, pero acudiría como el destino. Y en esa cita estarían ellos, como en 1781.

Tras su amarga derrota de Huaqui en junio de 1811, por Goyeneche, abandonó para siempre el Alto Perú. Como todo vencido que provocó con la palabra, no tuvo -ni tiene- buena prensa. Desde una perspectiva nacionalista, que no existía en 1810 o 1811, se lo acusa de invasor o de promover nefastas corrientes de separatismo étnico. La historia no escribe lo que no ocurrió sino lo que sucedió. Pero, podríamos preguntarnos, qué habría pasado si Castelli vencía y Bolivia no nacía con el corsé oligárquico. ¿Una sociedad más integrada, donde ni los apellidos ni la piel establezcan límites o definan posiciones, como en un universo sagrado de castas?. Castelli sabía, como buen jacobino, que había puntos innegociables y por los cuales no valdría sino vencer o morir. En su novela de André Rivera sobre Castelli, “La Revolución es un largo sueño”, el jefe porteño habla en su lecho de muerte: Pienso, también, en el intransferible y perpetuo aprendizaje de los revolucionarios: perder, resistir. Perder, resistir. Y resistir. Y no confundir lo real con la verdad. Vale.

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