El reto de pensar más allá de nosotros: Pensar la descolonización en la educación

Hay que ser claros, mientras la única forma válida de educación sea por medio de la educación formal y la escuela, la educación reproducirá los valores del Estado-nación (sin importar el carácter de clase o casta).

Es complicado hablar de descolonización, porque los actos de reproducción colonial se encuentran en todo ámbito y escenario, las instituciones y prácticas sociales se convierten en expresión de la “disminución” del otro. No porque la descolonización se haya convertido en discurso gubernamental necesariamente se convierte en práctica social, basta con charlar con la “gente de a pie” (en mi caso, el “clasemediero” paceño y alteño) para constatar que la negación de lo “indio”(o sentirse menos indio) sigue siendo elemento constitutivo de su (nuestra) estructura simbólica. Por ello es cierto que los de “abajo” (los negados, la otredad) emprenden carreras por un “blanqueamiento” cultural y somático, ya sea como estrategia práctica (evitar la discriminación y explotación) o elemento identitario(que muchas veces cae en la autonegación). Pero estas estrategias siempre se chocan con las barreras arcaicas y señoriales de los de “arriba”, los cuales intentan mantener su posición. Por ello la identidad y origen cultural no son garantía de que los individuos posean ciertos atributos que en sí mismos puedan cambiar el orden hegemónico, en todo caso dependen de las relaciones sociales en las que se inscribe y el tipo de autoridad a la que están sujetos. Esto sucede con el maestro rural, no importa mucho su origen cultural al fin de cuentas termina reproduciendo y enseñando los valores del Estado-nación, que es la autoridad a la que subordina su trabajo.

Por otro lado, no se puede negar el gran avance que supone que la educación incorpore como principios la descolonización, lo comunitario, lo democrático y lo participativo, no sólo como elementos retóricos sino porque implican la reconceptualización misma de la educación. Si sumamos el carácter productivo, intercultural y de respeto a la madre tierra tenemos un amplio marco de acción en temas educativos. Es simple creer que si el Estado reconoce ciertos principios en la educación, los que gobiernan deben estar en la obligación de aplicar ese modelo de educación o por lo menos “entregar” (a los mal llamados)”obreros de la educación” todos los materiales para que ellos reproduzcan ese modelo cual recetario. En mi opinión, debemos ver el problema desde otra óptica, desde el punto de vista del reto que supone operativizar conceptos tan abstractos y amplios (como los planteados en la Ley Avelino Siñani-Elizardo Pérez y su Currículo Base), los mismos que en el debate académico se encuentran complejizados o abstraídos de una forma que no son operables fácilmente, ese es el reto y ello implica pensar más allá de nosotros.

Hay que ser claros, mientras la única forma válida de educación sea por medio de la educación formal y la escuela, la educación reproducirá los valores del Estado-nación (sin importar el carácter de clase o casta). No creo que ahora, por declararnos un Estado Plurinacional, tengamos todas las herramientas y elementos para “reproducir” una educación acorde a ese Estado, tampoco vamos suprimir las escuelas por ser consideradas “occidentales”, el momento histórico que vivimos debe llevarnos por otros caminos. Karl Marx menciona que el ser social es el que determina el nivel de conciencia de una sociedad, el ser social estructura el mundo simbólico, pero una vez estructurado ese espacio de lo imaginario y simbólico es el que logra determinar nuestro actuar en la realidad. Sin duda también lo simbólico tiene un límite: lo real. No estamos viviendo un momento histórico donde el desarrollo de las “fuerzas productivas materiales” nos permita generar un cambio trascendental e incluso hablar de un nuevo paradigma (el del “vivir bien”) es superficial. Hemos avanzado (y mucho) pero no caigamos en el facilismo de hablar de revolución.

Entonces seamos honestos con nosotros, tenemos que crear elementos de transición, elementos que nos permitan “pasar” de una educación alienante a una educación comunitaria y productiva, este tránsito no está libre de conflictos y luchas por la significación. No vamos a acabar con nuestras prácticas coloniales de un día al otro.

La educación debería servir para descentrar la historia colonial, pero no sólo eso, la educación debería negar cualquier acto de negación, de desprecio y discriminación. Nuestras relaciones sociales son resultado de nuestras propias acciones de negación, pero estas relaciones pueden encontrar en nuestras propias acciones el elemento que permita superar aquello que hemos ocasionado (la negación). En la actualidad nuestra existencia gira entorno a un hecho que nos quita nuestra condición humana, que nos empequeñece y oprime. Debemos volver al punto traumático (al hecho colonial) pero no para justificarnos o victimizarnos sino como un acto de liberación. Este acto de liberación implica desfetichizar los componentes identitarios y culturales, elementos que limitan la construcción de un horizonte más amplio y plural. Estamos viviendo el límite de lo cultural ;si en su momento la diferencia étnica y cultural sirvió como elemento de interpelación al Estado-nación monocultural no podemos quedarnos ahí, ella en sí misma no soluciona los problemas de desigualdad social, de pobreza, de explotación y de discriminación. No vamos a ser más descolonizados por ser más “originarios” u “autóctonos”, vamos a ser descolonizados cuando se termine la negación, la opresión, la discriminación, la clasificación y la explotación. La descolonización debe ser el rechazo al estado actual de nuestras sociedades, rechazo que debe fundarse sobre la peligrosidad que contiene nuestra naturaleza humana. Siguiendo a Paolo Virno: “[nuestra] tarea eminente es experimentar nuevos y más eficaces modos de negar la negación, de colocar el ‘no’ adelante del ‘no hombre”. En nuestra especificidad, colocar el no delante de aquel que por tanto tiempo se ha considerado no-gente ¿Será mucho lo que tenemos que hacer?

*          Sociólogo e investigador del III-CAB

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