febrero 23, 2020

El impacto de la elección de los gobiernos de izquierda y progresistas en los mecanismos de concertación, cooperación e integración – III –

En esta tercera y última entrega, el politólogo cubano entra en detalles sobre el grado de modificación en los mecanismos de concertación e integración a partir de fines del siglo XX, cuando irrumpió en escena la revolución bolivariana.
A partir cambio en el sistema de relaciones internacionales ocurrido a raíz del derrumbe del bloque europeo oriental de posguerra, que repercute en la invasión militar estadounidense a Panamá (1989), la derrota electoral de la Revolución Popular Sandinista (1990), la desmovilización de parte importante de las organizaciones insurgentes colombianas (1990-1991), la firma de los Acuerdos de Paz en El Salvador (1992) y la firma de los Acuerdos de Paz en Guatemala (1996), cabía anticipar un largo período de hegemonía ultrareaccionaria y de debilitamiento extremo de las fuerzas populares a escala universal. Pero, apenas dos años y una semana después del 25 de diciembre de 1991, día de la disolución de la URSS, estalló en México la rebelión del Ejército Zapatista de Liberación Nacional (EZLN), y apenas seis años, once meses y ocho días después de aquel mismo día, se produjo la primera elección de Hugo Chávez a la presidencia de Venezuela, que abrió una larga cadena de triunfos de los gobiernos de izquierda y progresistas que hoy ocupan la mayor parte del mapa político de América Latina, y de una menos significativa parte del Caribe.

El auge de la lucha política y electoral de la izquierda latinoamericana obedece a tres factores positivos y uno negativo. Los factores positivos son:


1.    El acumulado de las luchas de las fuerzas populares libradas a todo lo largo de su historia y, en particular, en la etapa 1959-1989, en la cual, aunque no se alcanzaron los objetivos que se habían planteado, sí mostraron una voluntad y una capacidad de combate que obligó a las clases dominantes a reconocerles los derechos políticos que les estaban negados.

2.    La lucha en defensa de los derechos humanos, en especial, contra los crímenes de las dictaduras militares de “seguridad nacional”, que forzó la suspensión del uso de la violencia más descarnada como mecanismo de dominación.

3.    El aumento de la conciencia, la organización y la movilización, social y política registrado en la lucha contra el neoliberalismo, que establece las bases para un incremento sin precedente de la participación electoral de sectores populares históricamente marginados de ese ejercicio político.



Como contraparte, el factor negativo es la imposición del nuevo orden mundial, que restringe aún más que antes la independencia, la soberanía y la autodeterminación de las naciones del Sur. Fue la apuesta a que podría someter a todos los países latinoamericanos a los nuevos mecanismos transnacionales de dominación la que en última instancia llevó al imperialismo norteamericano a dejar de oponerse “de oficio” a todo triunfo electoral de la izquierda, como había hecho históricamente.

Los triunfos electorales de las fuerzas latinoamericanas de izquierda y progresistas, cosechados desde finales de la década de 1980 en los niveles municipales y estaduales de gobierno, y en las legislaturas nacionales de varios países, tardaron años en franquear la barrera del acceso al gobierno nacional. [1] Esto último ocurrió con la elección de Hugo Chávez como presidente de Venezuela, a partir de la cual se produjeron las siguientes victorias: Venezuela, Hugo Chávez (1998, 2000, 2006 y 2012) y Nicolás Maduro (2013); Brasil, Luiz Inácio Lula da Silva (2002 y 2006) y Dilma Rousseff (2010); Uruguay, Tabaré Vázquez (2004) y José Mujica (2009); Bolivia, Evo Morales (2005 y 2009); Ecuador, Rafael Correa (2006, 2009 y 2013); Nicaragua, Daniel Ortega (2006 y 2011); Honduras, Manuel Zelaya (2006, derrocado en 2009); Paraguay, Fernando Lugo (2008, derrocado en 2012), El Salvador: Mauricio Funes (2009); y Perú, Ollanta Humana (2011, aunque luego una parte importante de la izquierda rompió con su gobierno).

De este corrimiento hacia la izquierda se desprende un cambio en la composición política de los mecanismos de concertación, cooperación e integración latinoamericana y caribeña, de los cuales vale la pena destacar dos:


•    El cambio en la orientación del MERCOSUR, fundado a inicios de la década de 1990 por los presidentes de Argentina, Brasil, Paraguay y Uruguay de la época del Consenso de Washington, que difiere sustancialmente del MERCOSUR integrado por los actuales presidentes de izquierda o progresistas de Argentina, Brasil y Uruguay, el cual suspendió al gobierno espurio de los golpistas paraguayos e incorporó a la Venezuela de Hugo Chávez.

•    La creación en 2004 de lo que en la actualidad se denomina Alianza Bolivariana para los Pueblos de Nuestra América – Tratado de Libre Comercio de los Pueblos (ALBA-TCP).


La alianza estratégica entre el nuevo MERCOSUR y el ALBA-TPC es la que explica el establecimiento de una correlación de fuerzas favorable a la creación de la Unión de Naciones de Sudamérica y al salto cualitativo que representa la transformación del Grupo de Río en Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños, previa incorporación a dicho Grupo de Costa Rica, El Salvador, Guatemala, Honduras, Nicaragua y República Dominicana —antes representados en él por el SICA—, ocurrida en el año 2000; la de Belice en 2005; la de Guyana, Haití y Cuba, en 2008; y la de Surinam y Jamaica en 2009.

El cambio en el mapa político regional a favor de las fuerzas de izquierda y progresistas es lo que también explica que Cuba, estigmatizada en 1990 por aquel Grupo de Río formado por presidentes neoliberales, haya sido invitada a incorporarse, sin condicionamiento alguno, al Grupo de Río formado por presidentes de izquierda y progresistas. Un punto culminante en este proceso fue la decisión de anular la expulsión de Cuba decretada por la OEA en Punta del Este en 1962, [2] anulación que se produjo en la Asamblea General de esa organización realizada en San Pedro Sula, Honduras, en 2010, durante la presidencia de Manuel Zelaya.

El cambio en el mapa político regional es también lo que explica la reinterpretación del concepto de democracia y la refuncionalización de un instrumento como la cláusula democrática, originalmente concebido para aislar a Cuba, y para disuadir y sancionar eventuales procesos de transformación social revolucionaria y de reforma social de signo popular, y que hoy los gobiernos de izquierda y progresistas esgrimen en su propia defensa frente a las campañas desestabilizadoras y el resurgimiento de los golpes de Estado. Debido a esa correlación favorable a las fuerzas de izquierda y progresistas fue que la administración Obama maniobró, por medio del viejo aliado del imperialismo en la región, el entonces —por segunda vez— presidente de Costa Rica, Óscar Arias, para “secuestrar” de la OEA el debate sobre el golpe de Estado contra el presidente Zelaya, hasta convertirlo en un hecho consumado, y también para evitar que las sanciones adoptadas por el MERCOSUR contra los golpistas paraguayos y respaldadas por el ALBA-TCP, fuesen adoptadas también por UNASUR y CELAC, ya que de ellas también son miembros gobiernos de derecha con los que resulta difícil —si no imposible— consensuar posiciones en temas y acontecimientos como este, que inclinan la correlación regional de fuerzas en una u otra dirección.

Precisamente, en estos momentos nos enfrentamos a una nueva ofensiva destinada a inclinar esa correlación de fuerzas a favor de la derecha. A raíz de la desaparición física del presidente Hugo Chávez y de la merma del voto ciudadano con el que triunfaron los candidatos bolivarianos en las dos recientes elecciones presidenciales venezolanas —es decir, el propio Chávez en 2012 y Nicolás Maduro en 2013—, lo cual la derecha percibe como señales de debilitamiento de la Revolución Bolivariana, que constituye uno de los pilares fundamentales del mapa político latinoamericano y caribeño actual, se desata un “golpeteo” —constante, intenso, vertiginoso— de acciones y declaraciones desestabilizadoras con el que pretenden sorprendernos, desconcertarnos, inmovilizarnos y derrotarnos. Ese “golpeteo” es uno de los componentes de la estrategia de dominación de espectro completo del imperialismo norteamericano. Con palabras de Ana Esther Ceceña:

La dominación de espectro completo […] supone ocupar todos los espacios, todas las dimensiones de la vida, todos los lugares; no dejar resquicios para el enemigo real o potencial, no darle tiempo de recuperar fuerzas, de recomponerse; perseguirlo en los subsuelos, en tierra, aire y mar; controlar el espacio (que entre otras cosas es el de las comunicaciones); vigilarlo, disuadir cualquier iniciativa contestataria, cualquier trasgresión de las reglas tácitas del poder y en su defecto aniquilarlo. Ser implacable y buscar impedir que el posible enemigo llegue a existir. Esto es: dominar todo el espectro y con todos los medios. [3]

El rol protagónico principal de este “golpeteo” de la dominación de espectro completo del imperialismo norteamericano está hoy a cargo de la derecha venezolana y colombiana, entre cuyas acciones resaltan: la campaña desestabilizadora en curso contra la Revolución Bolivariana, basada en el preconcebido desconocimiento opositor de la elección del presidente Maduro; la internacionalización de esa campaña, con el envío de delegaciones de la derecha venezolana para interactuar con sus homólogos de otros países; el encuentro del presidente de Colombia Santos con Henrique Capriles; y el anuncio de Santos de que buscará el ingreso de Colombia a la OTAN, algo que podría parecer descabellado, si no supiéramos que su objetivo es clavar puñales en la espalda a UNASUR y CELAC.

Si bien la derecha venezolana y colombiana son, por estos días, las encargadas de “golpetear” con la mayor intensidad, por cuanto la dominación de espectro completo “supone ocupar todos los espacios, todas las dimensiones de la vida, todos los lugares”, es más que evidente su interrelación orgánica con los componentes de la misma estrategia ejecutados por otros actores, tales como: la reciente reunión de la Alianza del Pacífico; la doble acción del nuevo Presidente de Paraguay, quien tras buscar el restablecimiento de los derechos de membresía en el Mercosur, dio a conocer su decisión de afiliarse a la ya mencionada Alianza; la gira del vicepresidente estadounidense Joseph Biden por varios países de la región; la reciente huelga de la Central Obrera Boliviana contra el gobierno del presidente Evo Morales; y, la campaña mediática contra el gobierno del presidente Rafael Correa, unida a los fallos de tribunales proimperialistas a favor de monopolios transnacionales que depredaban el territorio ecuatoriano.

Esta ofensiva ultrareaccionaria podemos y debemos derrotarla, tal como ya hemos hecho, en numerosas ocasiones, durante los últimos años. En este punto cabe preguntarnos: ¿cómo puede el Foro de São Paulo contribuir a la defensa y el fortalecimiento de los procesos y mecanismos latinoamericanos y caribeños de concertación, cooperación e integración?

En la medida en que los partidos y movimientos políticos del Foro de São Paulo en unos casos encabezan y en otros forman parte de los gobiernos de izquierda y progresistas electos en América Latina y el Caribe, a partir de finales de la década de 1990 e inicios de la década de 2000, con toda propiedad afirmamos que el Foro ha sido, es y seguirá siendo, un laboratorio en el que germinan y se desarrollan muchas de las posiciones que esos gobiernos defienden, las cuales se concretan y se expresan en procesos como la creación y desarrollo del ALBA-TCP, el cambio radical en la orientación del MERCOSUR, la fundación de UNASUR y la metamorfosis del Grupo de Río en CELAC.

En esencia, el Foro de São Paulo puede y debe contribuir a la defensa y el fortalecimiento de los procesos y mecanismos latinoamericanos y caribeños de concertación, cooperación e integración, por una parte, ocupando cada día más espacios institucionales que amplíen, profundicen y consoliden el corrimiento a la izquierda del mapa político regional; y, por la otra, construyendo, junto al movimiento social popular, poder desde abajo, que apuntale y estimule la gestión de los gobiernos de izquierda y progresistas en los países donde estos existan, y que ejerzan presión política y social sobre los gobiernos de derecha en los países donde ellos imperen.


1    En México, Cárdenas fue derrotado en los comicios presidenciales de 1988, 1994 y 2000; en Brasil, Lula lo fue en 1989, 1994 y 1998; y en Uruguay, Líber Seregni fue derrotado en 1989 y Tabaré en 1994 y 2000. Ello obedece a que, si bien desde 1994, año de la rebelión zapatista y la crisis financiera mexicana, se comenzó a desmoronar la aureola del neoliberalismo, los gobernantes de ese signo todavía conservaban la capacidad de capitalizar a su favor el miedo que ellos mismos infundían ante la eventual victoria electoral de la izquierda, que supuestamente provocaría la pérdida de confianza de la banca internacional y ocasionaría una debacle económica y social. Por ese motivo, no es casual que la primera elección de un presidente de izquierda en la actual etapa fuera la de Hugo Chávez en Venezuela. La razón es que en ese país se produjo un colapso de las instituciones políticas y económicas, crisis en medio de la cual, ni siquiera el factor miedo pudo ser invocado contra su candidatura presidencial.

2    No obstante a lo cual el Gobierno Revolucionario de Cuba mantiene su decisión de no reincorporarse al Sistema Interamericano.

3    Ana Esther Ceceña y otros: El águila despliega sus alas de nuevo. Un continente bajo amenaza, Observatorio Latinoamericano de Geopolítica y Fedaeps, Quito, 2009, pp.13-14.

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