La necesaria voz del pueblo

Debemos poner la cultura en función de la democracia popular, convertirla en herramienta del crecimiento ideológico

Pudiera parecer un comentario derrotista decir que en la actualidad se ha extendido por la sociedad la apatía política como un peligroso cáncer que amenaza con hacer metástasis en una región como la nuestra, a prueba de las más enfurecidas arremetidas, y que ha logrado perpetuar paradigmas de la equidad social, que sirven de ejemplo para mantener con vida los sueños que precisamos y por los que hemos decidido seguir en pie. Muchas han sido las alternativas y también los fracasos. La experiencia ha demostrado que no es posible hacer revoluciones de la nada, sin contar con nadie. No es tema de otro mundo, escuchar continuamente a no pocas personas expresarse como sujetos apolíticos, renegando de su derecho a hacerse sentir, pues no consideran que tenga utilidad alguna mostrar al resto sus opiniones en cuanto a los temas que marcan la actualidad en América. Los signos y síntomas hablan sobre desánimo, abulia, y ante esta situación, retorna la duda y las preguntas que pueden llegar a quitarnos el sueño. Pensamos entonces, acosados por la desilusión: ¿Qué fuerzas serán capaces de poner en marcha la complicada maquinaria social, que ha de moverse por caminos espinosos y llenos de tropiezos, en un futuro no muy lejano?

Nuestra vida al parecer se muestra condenada al aburrimiento masivo. Sin el poder de opinar, de expresar las ideas que tenemos de manera libre y espontánea, estamos condenados a ser objetos, fichas de un juego ajeno y aunque en muchas ocasiones no tengamos plena conciencia de ello y actuemos deliberadamente, la realidad es que cada acto que emprendamos puede inclinar la balanza a nuestro favor o para perjudicarnos.

El sueño de lo posible

En momentos que invitan a redefinirnos mediante un trabajo activo, existen obstáculos que frenan los deseos de conquistar el futuro y hacer de lo imposible, un camino. Durante estas etapas cruciales debemos pensar sobre el alcance de la acción política que emprendamos en la sociedad, sin pasar por alto esferas tales como la economía o la cultura, pero entendidas como temas de relación diacrónica y sincrónica, aceptados desde todos los niveles y donde se despliegue una labor coherente para organizar y hacer funcionar cada célula de la estructura social. Para obtener una acción real, necesitamos entender inicialmente uno de los procesos más importantes de todo sistema político y que amén de ser visto como innecesario, irrelevante o sencillamente, como forma de malgastar el tiempo, ha demostrado su validez en la preparación de nuestros ciudadanos, para asumir críticamente el papel que por derecho propio les pertenece. Haremos referencia a la participación popular, un concepto sometido a no pocas malinterpretaciones y sobre el que arrojaremos luz, en aras de esclarecer a nuestros lectores.

La voz de lo popular

Durante el Plenario sobre Trabajo Social, efectuado en Quito del 23 al 28 de Julio de 1989, los participantes en el evento proponían:

“Tenemos que asumir nuestra responsabilidad… contribuir a negar esa afirmación del fin de las utopías. Tenemos que ayudar a la elaboración de una utopía orientadora, articuladora del sentido de las luchas populares. Tenemos que luchar también contra la resistencia de los mismos sectores populares a la participación”. (Las citas del presente trabajo se corresponden íntegramente con el artículo mencionado anteriormente).

En las cansadas naciones latinoamericanas de antaño, hablar de tales asuntos era cosa de gente rica, importante. Personas que dedicaban su tiempo a hablar y discutir en vano, mientras el pueblo amordazado asentía fielmente y los derechos más elementales eran reservados exclusivamente para los serviles políticos, que vendían ante nuestros ojos, la tierra, los recursos y hasta el aire que respirábamos. Hombres dedicados al ancestral oficio del engaño, la mentira y el oportunismo. Empedernidos amantes del dinero fácil. Rostros que sólo emergían de las sombras, cual espectáculo teatral, durante los días de campaña electoral en que llovían las promesas que nunca se cumplirían. Así transcurrió la vida política en muchos de nuestros países, donde el entreguismo y la corrupción fueron las únicas reglas del juego y hablar de pueblo equivalía a decir necios, cerebros obtusos, y por demás incapaces de rebelarse ante nadie.

Las grandes revoluciones en la historia de la humanidad han contado de un modo u otro con la participación del pueblo, fuentes de cambio y transformación que han venido ocupando el sitio que le corresponde, pues es imposible pensar el presente sin contar con los millones de hombres y mujeres que habitan y hacen crecer esta región, manteniendo su identidad, resistiendo los avatares de los crueles exterminadores que buscan acabar con la resistencia que acompaña nuestra vida, desde que nuestros ancestros pisaron esta tierra por vez primera.

Los tiempos han cambiado, la hora de democratizar el poder ha llegado ya no se hace esperar. En este minuto decisivo hay que velar porque todos los actores sociales tengan garantizados los mecanismos de acceso real y efectivo, donde puedan expresarse respecto a las decisiones que les afecten y sobre las que puedan opinar sin tapujos, restricciones o presiones de afuera.

Cuando hablamos de participación no podemos perder de vista que para concretar su existencia debe nacer primeramente una conciencia de ser por parte de los hombres, que les permita profundizar en el conocimiento de las condiciones de vida, para establecer juicios críticos, en que se desmonte cada elemento de la cotidianidad y a partir de la reflexión centrada en sus deficiencias, necesidades y fortalezas, puedan entender que es necesario cambiar y debemos llamarlos para iniciar la participación política y popular desde un enfoque renovador, donde el asunto central sea la promoción del intercambio sobre los objetivos, las acciones y el alcance del quehacer de la gran mayoría, las masas populares, que serán la razón de ser de todos los sistemas de auténtica vocación solidaria.

“El problema de la participación popular no es de cantidad, es de calidad. Se trata de cambiar la calidad de la participación… tenemos que hacer una autocrítica profunda de nuestras prácticas y nuestras ideologías en las luchas por la participación popular”. Al hablar en este sentido nos referimos a la presencia de los sectores populares en la vida humana completa, en la vida social percibida como la coexistencia en comunidad, donde se compartan valores humanos superiores. Este proceso ha de emanar desde las propias raíces de la sociedad, donde seamos parte integrante del presente, no exento de lógicas contradicciones y sobre las que debemos trabajar conjuntamente. Es de imperiosa necesidad garantizar la participación popular dentro de cada sector, sólo así se reafirmará el protagonismo masivo como expresión fiel, directa e incuestionable de la soberanía y la democracia, en la búsqueda del empoderamiento popular.

Apropiación de lo nuestro

No olvidemos la experiencia que, desde muchos rincones de este continente, ha puesto de manifiesto su importancia como ejercicio autónomo, soberano de amplia repercusión histórica en los procesos sociales gestados en el área. No somos sujetos ajenos a los cambios, de hecho nuestra naturaleza está constituida por esos mudajes continuos, responsables directos de los logros que como especie hemos alcanzado. Las transformaciones no pueden ser vistas siempre como amenazas. La esencia del hombre está en el cambio y es una verdad que le ha acompañado desde lejanas épocas y a la que no debemos renunciar.

Ahora bien, la cuestión gira alrededor de cómo podremos potenciar y promover los valores que sacudirán las viejas estructuras, para dar entrada a nuevas formas de hacer la política desde abajo. Generalmente el pueblo, capa social que más ofrece a la causa de las reivindicaciones populares, son los más desfavorecidos a la hora de recibir los beneficios, que, si nos detenemos a pensar, no constituyen ofrendas bondadosas, sino obligaciones que tendrán quienes asuman el poder. Sólo alcanzarán las revoluciones sociales una dimensión realmente movilizadora, cuando sean capaces de comprometer al pueblo, haciéndolos participes de modo directo en las decisiones que se tomen. El reto estriba en hacer de la política un tema de todos, que incentive la discusión diaria y que sea combativa ante todo tipo de subordinación o pasividad, males ancestrales que lastran la realidad de nuestra gente, acostumbrada por desgracia a que otros piensen y tomen las decisiones por ellos.

La defensa de la integridad nacional, los derechos y el respeto a la voluntad del pueblo son leyes inviolables, de estricto cumplimiento y las debemos defender a toda costa. Seres políticos somos todos: obreros, campesinos, artistas, intelectuales. Hay quienes invierten su tiempo infructuosamente, dedicados en cuerpo y alma a impedir que nuestra presencia política se haga sentir significativamente en la estructura societaria, los que abogan por el predominio de las actitudes individualistas, esforzados en acentuar las diferencias y quienes manifiestan sentirse aterrados ante la posibilidad de que la palabra justicia retome su valor original, como peligrosa utopía que haga temblar los intereses privatizadores.

Las fuerzas progresistas en América Latina han de cambiar los modos de actuar, para marchar a la par de los retos que se imponen en la actualidad y no debemos considerarlas como tareas de poca importancia. Debemos unir, en primer lugar, las propuestas que hagan confluir juventud y experiencia, con enfoques reales, pragmáticos y objetivos de lo que pretendemos lograr. El desafío se vislumbra entonces encaminado hacia la implementación de una participación popular que, desde instituciones primarias y vitales como la familia, la escuela o la comunidad, sean capaces de enseñar a las generaciones que vendrán a escuchar y ser escuchadas. En estas importantísimas entidades se recrean, a escala reducida, los elementos principales de la reproducción social, expresada luego con más amplitud.

El pueblo por el pueblo

Las organizaciones surgidas por iniciativa del pueblo serán los epicentros del bullir constante de opiniones, ideas, puesto que su objetivo radica en aglutinar a los sujetos y constituyen mecanismos de una impresionante pujanza, ya sea mediante la presencia de sindicatos, agrupaciones o movimientos sociales que lucharán por alcanzar las respuestas efectivas. Ese trabajo nos compete a todos y desde la cultura también podemos dar voz a las multitudes, pasando por encima de vanidades, egolatrías, y otros criterios prejuiciados.

“Tenemos que luchar por el sentido de la participación, ese desafío que la nueva derecha nos plantea de una lucha cultural, pero tenemos que verlo como la lucha por el sentido de la participación popular en todos los campos, incluso dentro de las formas institucionales existentes”. En tales circunstancias apremiantes, el papel del artista, del hombre de pensamiento creador y perspectiva sagaz está junto a las personas humildes, sencillas y ha de convertirse en un cronista por excelencia de todo cuanto sucede a su alrededor, para reflejar sus ideales, sufrimientos, batallas, derrotas y victorias. Se trata de poner la cultura en función de la democracia popular. Convertida en herramienta del crecimiento ideológico, para ser puesta en práctica como metodología que desde el teatro, la danza, la música, las artes visuales u otras formas, denuncien, eduquen y fortalezcan a nuestra ciudadanía, dándole útiles alternativas que les permitan crecer, ampliar su espectro de conocimiento, haciéndoles seres de profunda y sensible espiritualidad, donde se puedan diseminar los saberes, ponerlos al alcance de todos y que a un mismo tiempo estos resulten eficientes en el momento de convocar al cambio. Desde el arte haremos realidad la participación popular. Mediante la problematización se buscarán soluciones que nacerán en el interior del debate más constructivo y honesto. En los grandes teatros, en las calles, por los sitios más apartados y recónditos caminarán los creadores, mochila al hombro, sin importar la escasez de recursos, sin comodidades, lujos, así son más útiles, recogiendo el sentir de todo un pueblo, al que le ha llegado la hora de tomar el cielo por asalto, la hora de ser escuchado.

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