Bolivia: de dictaduras militares, dictablandas civiles y la paradoja señorial


Por Fernando Rodríguez Ureña * -.


La historia política contemporánea en Bolivia, nos muestra que venimos atravesando su periodo más largo de gobiernos democráticos. Finalmente alcanzamos por primera vez treinta y seis años de gobiernos democráticos y de estos, doce años de gobierno con un mismo presidente, electo consuetudinariamente. Evo Morales resulta siendo el campeón histórico de los presidentes electos democráticamente.

La historia política temprana de la Bolivia republicana nos muestra una colección de golpes de Estado, de los que ni el mismo Mariscal Antonio José de Sucre se libró. En un contexto de lucha por el control del poder, los denominados por Arguedas como los caudillos bárbaros, no eran sino militares, la mayoría de ellos antiguos realistas, quienes en su ansia por controlar los poderes regionales y desde allí el poder central, generaban las condiciones para producir connatos golpistas en los que las lealtades duraban lo que duraban los nuevos pactos de poder.

Muy bien señala Rene Zavaleta Mercado que Bolivia por mucho tiempo fue una forma semi estatal, pues la independencia, la guerra federal ni la revolución del 52 lograron consolidar un Estado moderno, dado que en todos los casos, esos hitos históricos que jalonaban la historia boliviana, tuvieron un actor central, el indio, que fue quien puso los muertos para acercarse a ser gobierno, pero en todos ellos, fueron traicionados como sujetos de dichos procesos, para convertirlos en actores secundarios de las oligarquías antinacionales que siempre estuvieron detrás de las bambalinas, para retomar impulso y volver al control de esa semi forma estatal, que en ese contexto, tiene la racionalidad de ser como es: una instancia desordenada y anárquica, susceptible de ser controlada por la fuerza generalmente de las armas.

Cuando los caudillos bárbaros cesaban en su accionar, entraban en escena los caudillos letrados, que no eran sino los propios oligarcas o sus representantes de clase, generalmente administradores y gerentes de las empresas transnacionales ligadas al gran capital internacional. Dicho de otra manera, empleados exitosos de los poderes económicos imperialistas. Junto a ellos, generalmente actuaban una caterva de traidores que se aliaban para mantener los privilegios menores, que les habían caído de la mesa de los patrones transnacionales. Estos generalmente provenían de una clase media, generalmente mestiza y odiadora y negadora de sus orígenes indígenas.

Entonces, las dictaduras militares no pueden ser entendidas como una forma de gobierno que responde a un grupo de militares enajenados ansiosos de poder y gloria, sino que resultan siendo nada más ni nada menos que una forma alternativa de control del poder estatal de las oligarquías locales en alianza con los intereses transnacionales que deciden tener en diferentes coyunturas el control de recursos naturales estratégicos o posiciones geopolíticas estratégicas, indispensables para su control hegemónico territorial.

Esas dictaduras, en los siglos XIX y XX, casi en su totalidad fueron militares, con la excepción del civil Linares, quien encabezaba la propuesta librecambista frente a los proteccionistas que buscaban un desarrollo económico de dentro hacia afuera, proyecto que no prosperó por las condiciones que imponía el mercado internacional a los intentos de proyectos de burguesía nacional.

Ahora bien, existieron diferencias entre las formas de las dictaduras militares que se hicieron del poder en Bolivia. En la segunda mitad del siglo XX, se produjeron doce gobiernos militares con profundas diferencias entre algunos de ellos. Desde gobiernos bonapartistas al estilo de Ovando, jugando permanentemente a dos manos, o el de Torres Gonzales, un militar con posiciones nacionalistas y con sesgos profundamente antiimperialistas, lo que terminó costándole la vida, o gobiernos a los estilos de Banzer y Barrientos, absolutos seguidores de la doctrina de seguridad hemisférica de los Estados Unidos, e incluso, gobiernos como el de García Mesa, de corte nacionalista, pero intensamente ligado al narcotráfico al igual que muchos oficiales y jefes militares, que convirtieron a la institución militar en un organismo que generaba condiciones para todo el proceso de producción de la cocaína, desde la ampliación protegida de cultivos de la materia prima, hasta la propia producción incluidas la protección de las rutas de contrabando de precursores y comercialización del estupefaciente.

En estos años, también se produjeron gobiernos civiles, resultado de la resistencia a las dictaduras. Y es necesario recordar que las políticas implantadas por algunos de ellos, como el gobierno constitucional de Barrientos produjo rebaja de salarios, despidos masivos, desaparición de dirigentes y masacres, en lo que se denominó el Plan de Mayo; o el de Banzer productor de masacres campesinas en el valle cochabambino, desaparición de dirigentes en la aplicación del denominado Plan Cóndor y medidas económicas lesivas a los intereses del pueblo boliviano; o los gobiernos de Jaime Paz con la privatización de empresas o el gobierno de Sánchez de Lozada, con la aplicación a ultranza del modelo neoliberal que significó despedir a veintisiete mil trabajadores mineros, suspender las garantías constitucionales mediante estados de sitio, así como pignorar nuestras empresas estatales estratégicas, por lo que pueden ser también calificados como gobiernos autoritarios o como solíamos categorizarlos, dictablandas, ya que su origen era democrático, pero sus medidas políticas y económicas y su forma de aplicación correspondían a modelos de fuerza, por el uso de la violencia institucionalizada que implementaban, sino nada más recordemos las masacres mineras del 65, las masacres campesinas de los 70 o las guerras del agua y del gas producidas entrando al siglo XXI.

Hoy, frente a los doce años de gobierno de un indio en el poder, las más conspicuas expresiones de lo que Zavaleta Mercado ha categorizado como la paradoja señorial, entendida como la terca primacía de una reducción histórica, oligárquica, ciega y ajena a los intereses de lo nacional popular, pretende implantar la matriz informativa que señala que Evo Morales es un dictador que pretende hacerse una vez más del gobierno.

Es en realidad esta oligarquía la que pretende volver a tener control de lo que considera su finca y sus pongos. Por eso les incomoda el indio soliviantado. Por eso quieren volver a manejar los recursos naturales estratégicos con que la naturaleza a privilegiado a nuestro país.

Lo que es indudable, es que en estos doce años Bolivia se transformó todo lo que no hizo en su historia republicana. Y no fueron las condiciones económicas resultado de los precios de las materias primas en el mercado internacional, sino esto ocurrió porque si bien el Estado es el summun del poder, es en la sociedad civil donde se gesta ese poder y esa sociedad civil, en sus expresiones mayoritarias constituidas por instancias indígena-campesino-populares, las que se hicieron poder sin mediaciones de otras clases, de las que desconfían porque casi siempre, los traicionaron.

Por eso, Zavaleta Mercado señalaba que Bolivia será india o no lo será, y con Evo Morales, más allá de los claro-oscuros de su gobierno, que los tiene como cualquier gobierno del mundo, es la Bolivia con su sujeto político indígena, la que se ha proyectado hacia el mundo, y esa es razón suficiente para que sea un gobierno que no tenga fecha de vencimiento.

No queremos una democracia liberal, tan venida a menos en todo el planeta, como expresión de la crisis del capitalismo.

Bolivianicemos nuestra democracia; hagámosla a nuestra medida y reafirmemos el ensayo sociológico político que es la revolución democrática y cultural cuyo objetivo y meta, es el socialismo comunitario, ratificando a su sujeto revolucionario: el indígena-originario-campesino y profundizando el proceso de cambio, materializando las las tareas inconclusas de su revolución económica y política.

La reelección de Evo Morales, es la garantía de lo expuesto.


*            Sociólogo. Militante Guevarista.


 

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