Guerra y sectores populares, 1812-1812


Por Gustavo Rodríguez Ostria -.


En el marco de la crisis de la monarquía española, la actual Bolivia vivió, entre 1810 y 1812, la intensidad de la guerra, con sus alternancias de vida y de muerte. Esos años, fueron de transición y de búsqueda de todos los sectores sociales y étnicos. Se acordaron alianzas, aunque contradictorias, que permitieron mantener a jaque a las fuerzas del virreinato del Perú. Pagaron caro su osadía. La población murió, sus líderes fueron perseguidos y ejecutados, los poblados saqueados y sus mujeres inmoladas. Este periodo está signado por profundas contradicciones tamizadas por desórdenes sociales, étnicos y regionales que le dieron el carácter de una verdadera guerra civil; en la cual los diversos actores sociales buscaron posicionarse ante la vacancia del poder español.

Indígenas, mestizos y cholos

Los indígenas por su peso numérico y la amenaza que golpeaba desde la memoria a las elites, fueron, luego de la gran rebelión de 1780-1781, activos en las luchas por el dominio del territorio altoperuano o charqueño. No fueron simples auxiliares, sino que enarbolaron nuevamente su propio proyecto. El cerco indígena aimara de La Paz en 1811 y revueltas conducidas por Juan Manuel Cáceres, convocaron a los indígenas de altiplano andino y los valles de Ayopaya de Cochabamba. Se lo acusó de actuar del lado de los indios y de “matar todo hombre de cara blanca”; es decir de retomar el programa de Tupac Katari. Desaparecería luego posiblemente ejecutado por los caudillos criollos de Cochabamba.

En cuanto a los mestizos y los “cholos”, un sector más pobre e indefinido racialmente que los mestizos, varias fuentes aluden que fueron vistos juntos en la contienda de esos años, sin que las mismas fuentes documentales permitan establecer con precisión el rol y objetivo de cada uno. Los comandantes insurgentes parecen en cambio pertenecer más bien al grupo mestizo y en varios casos ocuparon previamente a la insurrección puestos de mando intermedio en el aparato colonial. ¿Cuál era su propósito al participar en la guerra? Nuevamente las fuentes no permiten una apreciación definitiva. Cabe reparar, que ni mestizos ni cholos eran en los albores del siglo XIX un sector homogéneo, mucho menos cohesionado. Seguramente unos permanecieron pasivos, otros confeccionaron armas y uniformes; unos más se integraron en las tropas, pero desertaron en cuanto pudieron, y otro número permaneció en ella. El llamado ejército cochabambino, por ejemplo, repitió entre 1810 y 1812 características de las milicias coloniales, a la par que se apartó de ellas. Como mostró Juan Marchena para otros contextos geográficos, el vínculo miliciano-patricio-ciudadano se trizó para proceder a un reclutamiento en masa. Muchas veces la plebe se incorporó a la tropa en busca de una oportunidad económica o por una leva forzosa a la cual hubo resistencia, traducida en fugas masivas. La numerosa deserción, la indisciplina o la práctica del saqueo hablan de una compleja relación al interior de la milicia. No fue fácil para los oficiales de la aristocracia local o la del Ejército Auxiliar del Rio de la Plata que incursionó varias veces en la actual Bolivia entre 1810 y 1812, relacionarse con una masa volátil, que buscaba también sus propios intereses y los negociaban.

Aún resta una indagación más detenida sobre su conducta y cultura de guerra en los años analizados en esta obra y más allá; un relato que hasta hoy permanece omitido de los libros de texto, inundados de la literatura positivista y de una historia heroica que se escribe desde la presencia de los grandes terratenientes, altos burócratas y comerciantes blancos y criollos. La una investigación futura deberá reparar en otros sujetos históricos llámese indígena, mestizo o femenino, que vivieron en estado de guerra, con indecisiones, lealtades y adhesiones cambiantes desde los intersticios de la sociedad; como es la vida misma.

Mujeres en guerra

Salvo en el caso de Juana Azurduy y de La Coronilla, se trata de otra historia ausente de las conmemoraciones y para leer en clave de género los procesos de la guerra. Lentamente, en otros países, van saliendo y reconociéndose el rol jugado por las mujeres, donde fueron guerreras, espías, rabonas, cocineras, enfermeras y contrabandistas de armas. Por la rigidez de las estructuras patriarcales, y del modelo religioso virgen-madre prevaleciente en la sociedad colonial y de su marcada jerarquización que sostenían el poder de los varones, era preciso que la sociedad asegurara los controles para que las mujeres no se pusieran en riesgo y eludieran el restrictivo rol de esposa y madre sacrificada; pero lo hicieron.

Los salones y las tertulias de la sociedad cortesana, fueron para las mujeres de las élites lugares públicos de socialización e intermediación en los que se gestaban las ideas, se inflamaban los espíritus con la noción de patria y muchos políticos e intelectuales disfrutaban de la compañía de mujeres instruidas. Para las mujeres de sectores mestizos e indígenas, donde se vivía con mayor libertad, cumplieron este rol de sociabilidad las plazas y los mercados públicos. Allí se discutían las noticias, las complicaciones y las contradicciones que ella ocasionaba en su vida cotidiana, en su alimentación y la presencia de sus compañeros en tierras lejanas llevando la guerra.

Estamos muy lejos sin embargo de conocer cómo vivían las mujeres aquellos tiempos de duro conflicto. Los pocos datos disponibles, que ameritan una investigación mayor para superar un lamentable patriarcalismo historiográfico, permiten advertir que aunque las mujeres fueron excluidas de la política formal, algunas resultaron seguramente activas en espacios sociales intermediarios entre las esferas pública y doméstica, donde se discutían filosofías, se tramaban conspiraciones y se formalizaban alianzas. Y aunque dichas conversaciones fuesen efímeras y perecederas, tanto ellas como la correspondencia y las cartas, les permitían transmitir sus puntos de vista y jugar un importante rol como mediadoras de la incipiente arena política y constituirse en actoras, además el próximo escenario de las batallas, seguramente puso en entredicho el monopolio masculino de estas artes. Los ejércitos se movían al compás de las “rabonas”, encargadas de la logística. Los momentos de beligerancia son aquellos en los que impera el soldado ciudadano. Pero también es tiempo de crisis de valores cuando se quiebra la normalidad de las costumbres, se debilitan las normativas y las mujeres desbordan las fronteras de sus roles, maternidades y fidelidades.

En los íconos republicanos post independentistas, las mujeres fueron representadas como la estabilidad y la continuidad, mientras que los hombres el desafío y la ruptura. La mujer guerrera, salvo que fuese calificada de “ahombrada”, es inconcebible para la narrativa de la historia oficial. Reconocer su activa participación implicaba reconocer un acto racional, cartesiano o deliberado, mientras que a las mujeres solamente podían atribuírseles tener pasiones pasajeras, acorde a los postulados de la filosofía de la ilustración en vigencia. Se cumplía así con un rasgo medular de la cultura heroica, donde la riqueza de personajes femeninos que habitan la memoria colectiva fue transformada en mito, mientras que paradójicamente sus actuaciones reales no formarán parte de la historia política ni sus derechos de las repúblicas recientemente independizadas como Bolivia.

Un resultado que tarda

En efecto ni indígenas, ni mestizos ni mujeres obtuvieron ninguna recompensa de su importante presencia cotidiana, política y guerrera. Cuando el lenguaje republicano, que germinó entre 1810 y 1812, se dotó un 6 de agosto de 1825 de una forma estatal independiente llamada Bolivia, se pensó solamente en términos de varones de clase alta; letrados y propietarios. Eran los mismos ciudadanos varones y distinguidos de la colonia, solo que ahora estaban cobijados bajo el aroma de la República Aristocrática, el voto restringido y la democracia censitaria. Habría que esperar hasta 1952, nuevas luchas de por medio, para que emerja el voto universal y la ciudadanía sin depender del bolsillo, la piel o el sexo. Y hasta el 2006 para que las herencias de la colonialidad basada en el privilegio de raza y genero comiencen a derrumbarse.

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