noviembre 19, 2018

Dialéctica de la dependencia: lectura obligatoria para la izquierda latinoamericana


Por José Galindo*-.


Al parecer, las formas de explotación capitalista deben adecuarse a los entornos sobre los cuales actúan. Como es el caso de la Amazonía continental; donde la falta de capital, circulante y mercancía dieron paso a relaciones de producción particulares como “el habilito”.

Dialéctica de la dependencia, de Ruy Mauro Marini, es una obra fundamental para comprender el rol de Latinoamérica y el Tercer Mundo en la reproducción del capitalismo global. Hasta entonces, el marxismo ortodoxo era incapaz de explicar el porqué de las cosas de nuestro continente: su percibido retraso, su pobreza y depauperación, su dependencia económica y política, la explotación salvaje de sus trabajadores y demás características que aún nos aquejan y acomplejan. Sus páginas son un ejercicio para pensar el mundo con cabeza propia.

El trabajo en su conjunto constituye uno de los pilares del pensamiento político latinoamericano y también de la construcción de un Marx mestizo al que contribuyeron otros grandes como Mariátegui, Zavaleta y Ernesto Che Guevara. Es tal vez el trabajo más contundente en la discusión que abre Raul Prebisch con su trabajo El desarrollo económico de América Latina y algunos de sus principales problemas, y los debates dentro de la Teoría de la Dependencia en general.

El autor inicia la lectura alertando acerca de dos errores muy comunes entre los marxistas latinoamericanos: La sustitución de hechos concretos por ideas abstractas y la adulteración de conceptos marxistas para ajustarlos a realidades diferentes a las del capitalismo clásico. El segundo error siendo el más común, que lleva a interpretar la realidad latinoamericana de forma errónea, al no existir acá un capitalismo “puro” sino más bien uno con sus propias particularidades.

Aquello llevó al uso de conceptos poco apropiados para describir la realidad latinoamericana como “sociedades pre capitalistas”, etc. Para el autor, en vez de un pre capitalismo, lo que hay es un capitalismo Sui Generis, cuya naturaleza se ve distorsionada por su relación con los capitalismos “puros” de los países desarrollados, considerando la forma en la que se dio la integración de éste continente al mercado mundial.

Latinoamérica fue un centro productor de materias primas durante su periodo colonial, condición que al mismo tiempo hizo posible la revolución industrial en Europa y la propia constitución de un mercado mundial. Se articula al mismo recién cuando concluyen los procesos independentistas del siglo XIX, bajo condiciones objetivas que determinan de antemano su condición primario exportadora.

Concretamente, los nacientes Estados establecen relaciones comerciales con Gran Bretaña en condición de productores de materias primas e importadores de manufacturas, con consecuencias que perduran para casi todos éstos países hasta el día de hoy. Es desde este momento que se configura la dependencia de América Latina frente a Europa, donde las relaciones de producción de sus Estados formalmente independientes son modificadas desde el centro para prolongar y reproducir una dependencia de hecho.

De ésta forma, la sentencia de este razonamiento es que para romper su dependencia, nuestra región debe suprimir las relaciones de producción que la hacen posible: debe suprimir el capitalismo, so pena de perpetuar la dinámica del intercambio desigual que explica la súper – explotación del trabajador latinoamericano, así como la depauperación de la mayor parte de la población de éstos países.

El secreto del intercambio desigual

Pero primero se debe comprender la principal dinámica que reproduce la dependencia latinoamericana: el intercambio desigual, y para ello se debe aclarar el concepto de plusvalía relativa, que consiste en una desvalorización real de la fuerza de trabajo mediante la transformación de las condiciones técnicas de la producción. Esto no quiere decir que el objetivo de esta plusvalía sea incrementar la producción, sino el grado de explotación del trabajo, mediante la reducción del valor social de la mercancía producida por el trabajador. Con ello, también, desvalorizando los bienes-salario.

América Latina hace posible la acumulación de capital mediante la plusvalía relativa en Europa y su economía industrial cuando produce alimentos abundantes que permiten este fenómeno. Pero esto, para América Latina, quiere decir que el valor de su producción se ve reducido por las condiciones en las que hace el intercambio.

En términos generales, el intercambio desigual impuesto entre el centro y la periferia capitalista desde los tiempo de la colonia (primero a través de la violencia, luego a través de las leyes del mercado) descansa en que América Latina se ve obligada, por esto, a una mayor explotación del trabajador, para corregir los desequilibrios de su balanza comercial frente al centro.

La súper-explotación del trabajo

El desafío para Latinoamérica, por tanto, no es contrarrestar la transferencia de valor que hace hacia el centro, sino contrarrestar la pérdida de plusvalía que enfrenta por las condiciones de este intercambio, lo que la obliga a solucionar esta situación en el plano interno de sus economías: explotando más al trabajador. Y esto último, mediante tres procedimientos: aumentar la intensidad del trabajo; extender la jornada de trabajo y reducir el consumo del obrero debajo de su límite normal

El hecho de que la economía de Latinoamérica no sea capitalista en su forma más pura o desarrollada (industrial), no quita validez a las categorías usadas. De hecho, el carácter particular del capitalismo en la región, donde subsisten formas de explotación no capitalistas puras, hace que los rasgos formales del capitalismo se intensifiquen, debido a que el afán de ganancia es más desenfrenado mientras más atrasado sea el modo de producción existente. Así, al vasallaje y la esclavitud, se suma el hambre de ganancia.

Al parecer, las formas de explotación capitalista deben adecuarse a los entornos sobre los cuales actúan. Como es el caso de la Amazonía continental; donde la falta de capital, circulante y mercancía dieron paso a relaciones de producción particulares como “el habilito”.

Así, el movimiento del capital en el capitalismo dependiente de la periferia contiene sus propias particularidades que obligan al capital a adecuarse a las condiciones particulares de su entorno, donde su vinculación al mercado internacional le obliga a realizar ajustes en la organización interna del trabajo. Esto hace que se emprendan formas particulares de explotación del trabajador de acuerdo a las circunstancias, generalmente brutales.

El ciclo del capital en la economía dependiente

El ciclo del capital tiene varios momentos, de los cuales el autor cita dos: la producción de mercancías (donde se realiza la plusvalía) y la circulación de las mercancías. En Latinoamérica hay un divorcio entre ambos momentos, debido a que no se produce para un mercado interno (sabemos que en muchos casos este es insignificante, como en Bolivia) sino para la exportación. Ésta primera diferencia trastorna de por sí el comportamiento del capitalismo en comparación de cómo funciona en Europa, donde sí se produce para el consumo del mercado interno.

Esto hace innecesaria la condición del trabajador como consumidor (algo que sí pasa en el centro). Acá, por esto, el trabajador también puede ser explotado hasta la muerte, el hecho de que haya muchos otros con qué reemplazarlo agudiza el problema. Esta particularidad en el ciclo del capital se reproduce, o sienta las condiciones sobre las cuales se desarrollará la fase industrial de la economía capitalista de América Latina, así como las condiciones casi infrahumanas de su clase obrera durante la primera mitad del siglo XX.

La época de industrialización de América Latina coincide con una transformación productiva en los países del centro, caracterizada por una inmensa acumulación de capital luego de la Segunda Guerra Mundial que hace posible que estas economías centrales y sus corporaciones transnacionales busquen invertir en el extranjero, en la periferia, para realizar sus capitales.

La industrialización latinoamericana, así, se da en medio de una nueva división internacional del trabajo, donde América Latina sólo produce aquello que el centro ya no está interesado en producir. No es que supera su condición de dependencia por ya no depender enteramente de la producción de materias primas, sino que su dependencia adquiere una nueva forma, bajo un aparente salto industrializador que no afecta en nada su lugar en el mercado mundial. Es decir, se tiene un papel secundario de la economía latinoamericana, donde se produce bienes propios de la primera fase de la revolución industrial, quedando para el centro la producción de bienes de la segunda fase, como computadoras o electrónica. El desmontaje del modelo fordista de producción, que da paso al modelo neoliberal de ensamblaje descentralizado de las mercancías añade sólo mayor complejidad a la forma en la que funciona el capitalismo a nivel mundial, hoy por hoy caracterizado por la informalidad y la precarización extrema.

Latinoamérica, así, sufre condiciones objetivas que restringen su desarrollo capitalista clásico, siendo el caso de Brasil una excepción que aunque logra llegar a la industria pesada, aun así no puede producir bienes de la segunda fase de la revolución industrial hasta el siglo XX, ni de la tercera que vivimos hoy en día: la digital. Las economías del conocimiento son, pues, otro nombre para el centro del capitalismo global. No obstante, es claro que nada es seguro en el capitalismo, ni siquiera los lugares que ostentan los Estados del centro. China es el mejor ejemplo de la posibilidad de movilidad bajo ciertas condiciones en el capitalismo actual.


*            Politólogo


 

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