Lo amazónico: una racionalidad otra


Por Rosario Aquím Chávez-. 


Lo amazónico, jamás podría interpretarse desde la racionalidad de occidente, porque occidente, jamás sería capaz de sentir, ni de concebir la existencia social de estas gentes concretas, sino en el marco de sus patrones ahistóricos preexistentes.

Lo amazónico, es una racionalidad otra, precisamente, porque implica una forma distinta de pensar y sentir el mundo. El mundo para los amazónicos está centrado en el territorio, como una totalidad. ¿Y, qué es el territorio? El territorio no es propiedad, es libertad. Es el lugar donde se reconoce el conglomerado consanguíneo de las etnias, a partir de un antepasado común compartido; este reconocimiento pasa por la nemotecnia de la clasificación de la red de relaciones de parentesco, las reglas de iniciación, los ritos de grupo y la magia, cuya práctica cohesiona al grupo como voluntad “sagrada”.

El territorio, es el espacio donde actúan nuestras culturas de acuerdo a sus propios principios. Es la morada de nuestros ancestros, la tierra donde moraremos después de la muerte. Pero, el territorio no es solamente memoria, inscripción de esta memoria en la tierra, señales que recuerdan lo que uno es, y lo que ha hecho… el territorio es también vida. La tierra es alimento, el territorio son los animales, los árboles, los ríos. En el territorio, el río descarga sus ojeras líquidas por el peso de los años, testimonia con su mirada de agua, la genealogía de sus hijos. Porque el territorio es el devenir, es el tiempo.

El territorio, mantiene a la comunidad interrelacionada con las plantas, cerca de la mirada de los animales, del fluir de las aguas, en intimidad con el sol y las estrellas del firmamento. Su existencia está amarrada a la existencia de todos los seres; unos y otros se comunican: un sólo aliento los atraviesa, los afecta, en un mismo flujo espiritual. Esta conciencia de proximidad se manifiesta en la magia, que actúa, por mediación, sobre el espíritu de los seres, o más bien hace actuar a unos seres sobre otros.

El territorio es el origen, el comienzo, por eso el mito se refiere a éste, como a la referencia de una procedencia anterior. Porque el territorio es anterior a lo humano, a los animales, a las plantas, a la diferencia, a los signos y a la lengua. El territorio estaba antes de la propia muerte. La imagen de su espacio se acerca a la idea de infinito. No se pueden imaginar sus límites.

El territorio es la morada, es el ámbito de la comunicación, porque las poblaciones no solamente se distribuyen, sino que se comunican: se comparan, se interpretan e intercambian. La realización social se produce en un espacio determinado. Una comunidad es en un territorio concreto, una sociedad específica. La territorialidad, supone la creatividad social del espacio, la capacidad de producir un espacio propio. Lo que conlleva un conocimiento social del hábitat.

El cuerpo es parte del territorio, encierra la intimidad, es el territorio íntimo, que se descubre ante la mirada de los otros, que asemeja, que distancia. Carne-cuerpo, territorio vivo, que vincula a otros territorios, que los presiente o los contacta, que reconoce su escritura natural, anterior a toda lengua. La danza es esa comunicación entre los cuerpos, el medio a través del cual los cuerpos se desplazan, traspasan los límites de sí mismos y viajan al limbo, al encuentro con sus muertos.

El territorio, para el amazónico, no puede ser reducido a lo administrativo político, ni a su concepción geográfica, porque supone más que eso, supone la actualización de los circuitos y recorrido de caza, pesca, recolección, circuitos de actividad de selvicultura, de acumulación, de instrumentos y de alimentos distribuidos en la estrategia de la reproducción de la territorialidad.

En Bolivia, la “Marcha por el territorio y la dignidad”, develó esta otra racionalidad, esta otra forma de expresión de saber, de modo de conocer no europeo, un conocimiento colectivo articulado ritualmente por la transmisión simbólica. Su recorrido ha sido y es una huella territorial en resistencia, en el ámbito geográfico de nuestra nación, una inscripción que se comunica, a través de otros lenguajes.

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