noviembre 18, 2018

El drama de las bibliotecas particulares


Luis Oporto Ordóñez *-.


Una verdadera constelación de bibliotecas particulares centellea a lo largo de la historia. Unas se han extinguido, y a pesar de ello, como las supernovas brillan con intensidad en las retinas del imaginario colectivo. Otras han sobrevivido, refundidas en distintas bibliotecas. El destino de estas se torna incierto al momento de extinguirse la vida de sus propietarios, cerrando así un ciclo de vida de colecciones atesoradas con sacrificio, deleite y fruición. Muchas han desaparecido, pero otras continúan prestando invaluables servicios a la sociedad al haber sido transferidas a instituciones públicas. El desdén ha sido la constante histórica que ha determinado el destino final de las bibliotecas particulares, en todas las épocas de nuestra historia.

En la época Colonia, los funcionarios de la Real Audiencia de Charcas, los azogueros y un puñado de mujeres, no imaginaron el triste corolario de sus desvelos librescos. Las revelaciones de Daysi Rípodaz, son elocuentes:

“Si en La Plata había problemas para hacerse de una buena biblioteca jurídica tampoco dejaba de haberlos para deshacerse de ella. A la emergencia de la muerte, común a todos los poseedores de librerías en cuanto hombres, se sumaba para la mayoría de los funcionarios del tribunal la emergencia de un cambio (…) en el lugar de residencia como factor coadyuvante de eventuales diásporas librescas”.

Así, unos decidieron dejarlos en herencia, como lo hicieron el relator Segovia y el fiscal Miguel Martínez Escobar, subsistiendo la de éste en manos de su piadosa viuda y de su hijo “abogado homónimo de la Real Audiencia y sacristán mayor de la Iglesia Matriz de Cochabamba”, aunque el 5% de los libros fueron vendidos. Ante la inminencia del cambio de residencia, el fiscal Puerta y el oidor Porlier, prefirieron rematarlos, los de éste “en la almoneda, que es fijada en las puertas de su morada y en las cuatro esquinas de la plaza, y se realiza durante siete días; compran libros, entre otros, varios abogados, un par de escribanos, un canónigo, un médico escocés, y un vecino de Potosí”. Otros optaron por la venta, como la del oidor Palacios que fue “vendida íntegramente a un abogado por su viuda antes de marcharse con su hija a Lima, su patria”; en tanto el oidor Uriondo y Murquía fue vendiendo su biblioteca personalmente de manera paulatina. El escribano Juan José Toledo prefirió venderlos o darlos, “según sea factible para costear misas aplicadas a su alma y a la de su difunta mujer”. Dramático fue el caso de la biblioteca del oidor Ussoz y Mozi, encarcelado durante la rebelión de 1809 por orden del presidente de la Audiencia, Nieto, viéndose en la angustiosa necesidad de seleccionar de sus existencias las más valiosas para enviarlas a Cochabamba y “los dos tercios restantes”, venderlos “en bloque al comerciante Domingo Aníbarro”. En tanto que la biblioteca del inefable e ilustrado caballero José Flores, condenada al depósito mientras se sustanciara el juicio de residencia, sufrió la disgregación de sus libros, saliendo a la venta clandestina varios tomos, luego de su muerte, yendo a parar a las estanterías de altos jerarcas del Virreinato del Río de La Plata (Rípodaz, 1975: 519-521).

Antonio Paredes Candia relata las vicisitudes republicanas de las bibliotecas al desaparecer sus propietarios, muchas de ellas con destino parecido de sus antecesoras coloniales. Los ejemplos involucran a célebres escritores, que no imaginaban en momento alguno el triste destino de sus apreciadas colecciones y rarezas bibliográficas, causantes de sus desvelos:

“La hermosa biblioteca de Agustín Aspiazu (1826-1827) fue usada por su viuda como combustible para la preparación de api, en la antigua Calle Lanza”, provocada por el escondido resentimiento que cobijó la dama, al ver que el ilustre sabio, munícipe de la Alcaldía de La Paz (Costa Arduz, 2012) amaba más a sus libros que a ella y por esa pasión descuidó la economía del hogar. Cuando falleció aquel, su esposa ordenó a su lacayo ensacar los miles de ejemplares en cotencios cosidos. Luego de las exequias, la joven ayudante de la viuda le reclamó que no había comprado combustible para encender el fogón. La dama, con su mirada en el horizonte y una mueca de placer le respondió: “desde hoy vas a usar esos sacos para encender el fogón”. La niña descosió el primer cotencio y sacó las hojas de los libros y los fue extinguiendo por fuego, cada día. Desgraciada suerte corrió “la Biblioteca de Hernán Paredes Candia, rematada de cinco en cinco, de diez en diez, por un martillero ignorante”. La “Biblioteca de Don Antonio Gonzáles Bravo, reunida pacientemente, muchas veces privándose de lo indispensable, [fue] vendida casi al peso para deshacerse de cosas inútiles que llenaban la casa, de aquella mala gente que la heredó”. Muy parecido fue el destino de la “la Biblioteca de Don Modesto Omiste, que la vendieron a peso, ni más ni menos como si fueran papas o cebollas”. Pero la historia más lacerante es la de la Biblioteca de Ismael Sotomayor y Mogrovejo, que su mismo propietario se encargó de pignorar, quien “ya dominado por el alcohol, sacaba un volumen de su magnífica biblioteca e iba a ofrecerlo a alguien que le arrojaba unos pesos por el libro, destruyendo así poco a poco su obra” (Paredes Candia, 1981: 3).

Una biblioteca valiosa, irremediablemente perdida, fue la que coleccionó Gregorio Beeche, a la que el destino deparó un fin trágico. En 1929 su biblioteca tenía ochenta mil títulos que “fueron dispersados y repartidos en varios establecimientos de Chile, lo cual equivalió a su desaparición. Por supuesto que de ella no queda rastro. Fue una gran pérdida, sufrida en el extranjero, para la bibliografía boliviana” (Crespo, 2002: 85). Algo similar aconteció con la Biblioteca de Fernando Baptista Gumucio, exministro de Economía del gobierno de Hernán Siles Suazo (1982-1985). Como todo bibliófilo y por ello amante de libros, los mandó a encuadernar. Los tomos de su numerosa biblioteca llevaban una encuadernación que era a la vez obra de arte, en la que destacaban las “venas”, las referencias del autor y el título impresas en letras doradas a fuego, y al pie del lomo las iniciales de su propietario “F.B.G.”. Uno de esos ejemplares, una obra que circuló de forma casi esotérica en Bolivia, lleva el siguiente autógrafo que la autora redactó con cariño: “Para Fernando: por sus inquietudes intelectuales y su dedicación a la historia. Con el mayor afecto. La Paz, 5-4-2001”. Se trata de la obra de Marcela Inch C., “Bibliotecas privadas y libros en venta en Potosí y su entorno (1767-1822)”, publicada in extenso, curiosamente, en la revista Paramillo (No. 19/2000), encuadernada por ello como separata, lo que explica que no lleve el pie de imprenta.

Lo notable es que su propietario a tiempo de entregarla al encuadernador adicionó al volumen resultante la fotocopia de una ponencia, densa y sustanciosa, presentada por Daisy Rípodaz Ardanaz (Argentina), al II Congreso Venezolano de Historia, titulada “Bibliotecas privadas de funcionarios de la Real Audiencia de Charcas”, impresa en 1975. Pero hay algo más, ese volumen convertido ya en pieza rara, adiciona otro documento: el recorte original de una reseña firmada por Alberto Crespo Rodas, impresa en el suplemento especializado de cultura (Literaria) de algún periódico boliviano (Sucre o Potosí) con el sugerente título “Libros en Potosí al final de la Colonia”, que no es otra cosa que el comentario a la obra de Marcela Inch.


Bibliografía:

  • COSTA ARDUZ, Rolando (2012): Historia de la municipalidad de La Paz. La Paz, Concejo Municipal de La Paz.
  • CRESPO, Alberto (2002): Recuerdo crepuscular. La Paz, editorial Garza Azul.
  • PAREDES CANDIA, Antonio (1980): “Anécdotas de Bibliotecas”, en: Presencia Literaria, 30 de agosto.
  • RÍPODAZ, Daysi (1975): “Bibliotecas privadas de funcionarios de la Real Audiencia de Charcas”, ponencia presentada al Segundo Congreso Venezolano de Historia. Caracas. (Memoria del II Congreso Venezolano de Historia).

 

*            Magister Scientiarum en Historias Andinas y Amazónicas. Docente de la Carrera de Historia de la UMSA. Presidente del Comité Regional de América Latina y el Caribe del Programa Memoria del Mundo de la Unesco-Mowlac.


 

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