Apuntes sobre la democracia en Bolivia y memorias de un 21 de agosto


Por Carla Espósito Guevara *-. 


El relator el Relator de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH),  para Bolivia, Colombia y Venezuela, Francisco Eguiguren Praeli, llegó al país la pasada semana para verificar la situación de la democracia y los Derechos Humanos en Bolivia, bajo una gran expectativa, sobre todo en los sectores de oposición. Con ese fin se reunió con varios interlocutores, entre ellos, opositores, como Tuto Quiroga y escuchó libremente diversas voces para tener un panorama general de la situación en el país.

Contra aquellas voces que esperaban lo contrario, esta visita, lo que dejó claro fue el respeto a los derechos humanos que existe en Bolivia, la vigencia de la libertad de expresión y la vitalidad de su democracia. En el caso de la libertad de expresión, Eguiguren manifestó que en Bolivia existe la posibilidad de “hablar, opinar, criticar con bastante libertad” y la prueba fueron las distintas movilizaciones ciudadanas contra el 21F. Resaltó, además, que se registraron avances en los últimos años en la aplicación de políticas sociales, en el marco de la construcción de una mayor equidad, factor no siempre tomado en cuenta como un indicador de la vitalidad de una democracia, para los demócratas liberales. Una de las invitaciones más interesantes de la visita del Relator fue distinguir entre un estado de derecho pleno y una dictadura, algo que la posición no parece distinguir claramente.

El informe del Relator de la CIDH, resulta fundamental en el marco del discurso político desplegado por la oposición en Bolivia, pues no olvidemos que una de sus principales consignas, si no la más importante, es que Bolivia vive una supuesta dictadura. Con el informe de Eguiguren, esta consigna perdió total vigencia y sentido. Sin duda su informe dará un giro importante a los debates sobre el sentido de la democracia en Bolivia y necesariamente obligará a la oposición a replantearse sus consignas y sus aspiraciones heroicas.

En efecto el debate político hoy en Bolivia versa sobre las diversas interpretaciones de la democracia, para unos, como el oficialismo, democracia significa fundamentalmente participación política de los sectores antes excluidos, como indígenas y campesinos, significa democracia social, reducción de pobreza y cierre de desigualdades, mientras que para la oposición significa alternancia y la ausencia de ésta definiría una dictadura, ya que el respeto a los derechos humanos, con este informe, quedó fuera de discusión.

En medio de las limitaciones que plantea la lectura sobre la democracia que tiene la oposición, no es poca cosa que hoy estemos discutiendo participación, alternancia, votaciones, referéndums y no la diferencia entre vivir o morir si digo lo que pienso.  Entonces el informe de Eguiguren además de su importancia política, tiene una gran relevancia histórica, sobre todo para las generaciones más jóvenes, en tanto nos recuerda que en una dictadura las posiciones disidentes son detenidas, son asesinadas, son desaparecidas y por tanto es abusivo y atrevido llamar este gobierno dictadura.

El informe fue presentado públicamente, causalmente un 21 de agosto, justamente el día en que Bolivia recuerda los 47 años del fatídico golpe de estado de Hugo Banzer Suarez, quien ocupó el poder luego de derrocar al presidente Juan José Torrez, promotor de la asamblea popular, la experiencia democrática más avanzada de nuestra historia, y de haber masacrado previamente a obreros y estudiantes en el cerro laikakota, dejando durante sus 7 años de gobierno, cientos de muertos, desparecidos y torturados que hasta hoy piden resarcimiento y una herida histórica que no termina de cerrar.

Entre el 21 de agosto del 1971 y el 21 de agosto del 2018, pasó mucha agua bajo el rio y este país es definitivamente otro. En 1971 se masacraban obreros y estudiantes, hoy los obreros, los estudiantes y los indígenas son los constructores y protagonistas de una democracia joven, con luces y sombras, pero una democracia al fin, que se construye a su manera cada día en medio de sus contradicciones, como debe ser. Hoy no hay torturados, no hay desaparecidos, hay libertad de expresión, menos pobreza y menos desigualdad. Los 47 años entre ambas fechas y la sangre derramada, no pasaron en vano afortunadamente.


*  Socióloga.


 

 

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