Margot: el cuerpo político


Por Rosario Aquím Chávez-.


Hace una semana, murió Margot, una compañera transgénero. Ella pertenecía al Colectivo de los Adultos Mayores TLGB. Margot murió de cáncer. ¿Por qué la muerte de Margot, trasciende el espacio privado, hacia lo público? Porque está relacionada con un cuerpo que bordea los límites del orden corporal predominante. El cuerpo trans de Margot, hace explícito que la exclusión se relaciona intrínsecamente con la modificación de su cuerpo en un sentido no previsto por la norma sociocultural de género.

En el hospital donde estuvo internada por largo tiempo, era notorio el trato diferencial del que era objeto tanto por el personal médico como por sus familiares. Los familiares con frecuencia se referían a ella, por su nombre masculino; la violencia llegó a tal grado, que incluso uno de los familiares expresó antes de su fallecimiento: “naciste macho y vas a morir como macho”. Acto seguido, se llevaron sus ropas femeninas y en su lugar, le trajeron “ropa de hombre”, sin ningún respeto ni consideración de la humanidad de Margot que agonizaba.

El cuerpo de Margot, hasta el último instante de su expiración final, fue una interpelación, una afrenta, una reivindicación de identidad. Lo que estaba allí, postrado, frente a los médicos, familiares y amigos, era la construcción radical de un cuerpo político. Un cuerpo, cuyas acciones, desafíos y luchas siempre estuvieron atravesadas por la pregunta sobre la corporalidad viable en una sociedad como la actual y sobre la posibilidad de resistencia frente al poder y sus formas de dominación, tanto en el plano personal como en la acción colectiva.

¿Cómo es qué la modificación del sexo y/o el género impactan aún en el momento de la muerte? ¿Cómo es que lo transgénero pasa de ser una cuestión estrictamente personal a una demanda de inclusión y de derechos en el ámbito social?

El cuerpo trans, se convierte en un espacio político que reitera sus denuncias aún desde el silencio eterno de la muerte. Un tema crucial para el orden social vigente, porque pone de manifiesto una vez más, la grotesca relación entre cuerpo y poder, cuestionando las lógicas que subyacen a los procedimientos y normas instaurados para la modificación corporal; a la vez que pone en cuestión las restricciones de una ciudadanía fundada en el reduccionismo del dimorfismo de género.

El cuerpo frío de Margot, en espera de ayuda económica para ser retirado del hospital, reclama también sus derechos a una vejez digna, a una muerte digna, a una buena salud, accesos de los que no pudo gozar en vida, por que el sistema público aún no está adecuado para cubrir intervenciones de este tipo. Los Adultos Mayores TLGB, no existen, para el sistema público de salud. La muerte de Margot, en este sentido, no es cualquier muerte; se convierte en exigencia, en imperativo, en compromiso ético para quienes, como ella, se enfrentan cotidianamente con la violencia transfóbica del poder y sus instituciones.

Este cuerpo ahora sin voz, que pone en tensión las formas como el sistema actual, maltrata y violenta el cuerpo trans, que en su búsqueda de transformación insiste en la autonomía de vivir de acuerdo con la singularidad; reivindica no sólo la construcción del cuerpo que quiere, sino también la posibilidad de hacer de sí mismo el sujeto de su propia historia tanto personal como colectiva.

En la biografía de Margot, en su subjetividad particular y única, se entrecruzan cuerpo y poder, en la lucha por la dignidad de la vida, por la inservidumbre corporal, en aras de una práctica real de libertad.

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