¿Hacia dónde se dirige la nueva crisis argentina?

El país modelo de la nueva derecha latinoamericana cruje. Mauricio Macri, que supo representar en Argentina la experiencia regional más exitosa de los nuevos partidos conservadores que se muestran modernos y ‘aggiornados’ al siglo XXI, hoy sufre la incertidumbre sobre su futuro.

La Alianza Cambiemos logró algo que la mayoría de sus pares en el continente no pudieron: se impuso en elecciones libres, no sólo en las presidenciales de 2015, sino que ratificó ese triunfo en las legislativas de 2017. Cerró así el ciclo de gobiernos progresistas que implicaron las presidencias de Néstor Kirchner y Cristina Fernández.

De esta manera parecía encaminarse cómodamente a una reelección el año próximo, sin embargo un modelo neoliberal sustentado en el endeudamiento y la especulación financiera desnudó la fragilidad de la estructura económica argentina.

La devaluación del peso, que ya es superior al 100% en lo que va de 2018, una inflación que rompió todas las expectativas y la caída de la actividad industrial, impulsaron al Ejecutivo a tomar medidas de ajuste cada vez más radicales. Estas tienen su piedra de toque en el acuerdo con el Fondo Monetario Internacional (FMI), anunciado en mayo, y que ahora condiciona cualquier decisión en materia económica a fin de garantizar el desembolso total de los 50.000 millones de dólares pactados.

De hecho, esta semana y ante la escalada del dólar –que superó los 40 pesos– se anunciaron nuevas medidas económicas que incluyeron un impuesto a todas las exportaciones (hasta ahora solo existían para algunos sectores del agro) y un adelanto del dinero del FMI. No obstante, y a pesar del respaldo de Donald Trump a Macri, el ministro de Hacienda, Nicolás Dujovne, no logró una respuesta positiva de la entidad financiera. Al menos, por ahora.

“No puedo dar tiempos. Pretendemos que sea votado en el ‘board’ de segunda mitad de septiembre”, declaró Dujovne luego de reunirse con la titular del Fondo, Christine Lagarde. Por su parte, este viernes el presidente hablóen rueda de prensa y señaló que “el acuerdo con el FMI” va a “dar tranquilidad” pero también es necesario aprobar el presupuesto planificado para 2019.

Aquí se plantea la necesidad de colaboración de distintos actores políticos ya que este debe ser debatido en el Congreso Nacional, donde el oficialismo no tiene mayoría automática para sancionar la ley.

Malestar social

En este contexto, se empezaron a ver en Argentina emergentes de una crisis social todavía incipiente pero que puede estallar en cualquier momento. El mismo lunes que el presidente y sus funcionarios anunciaron nuevas medidas de ajuste en la ciudad de Buenos Aires hubo cacerolazos de protesta.

Rechazaban las propuestas para alcanzar el llamado ‘déficit cero’ –es decir que no se gaste más dinero del que ingresa a las arcas públicas–, entre las que se cuenta la reducción del Gabinete nacional que implicó la eliminación de ministerios históricos como Salud y Trabajo.

A su vez, en distintos puntos del país hubo intentos de saqueos a supermercados. El hecho más trágico se dio en la provincia de Chaco, al norte del país, donde Ismael Ramírez, de 13 años, murió de un balazo en el pecho en el marco de la represión policial. Por este motivo, la cúpula de las fuerzas de seguridad en esa ciudad fue desplazada en el transcurso de la semana.

Como contracara, la ministra de Seguridad, Patricia Bullrich, denunció que estas acciones estaban planificadas por opositores. En entrevista con radio La Red, afirmó que hay “una especie de guerra de guerrillas, de estar por todos lados para generar incertidumbre”, pero añadió que el Gobierno va a “responder con autoridad”.

El fantasma de las crisis anteriores

La historia argentina está atravesada por crisis económicas cíclicas. El economista Martín Kalos había señalado durante la primera corrida cambiaria de mayo que estas se deben, en parte, a que la estructura productiva “no ha cambiado en las últimas décadas e incluso se ha profundizado”. Esto genera una “necesidad continua y perpetua” de dólares que cuando no pueden ser obtenidos por exportaciones, inversión extranjera directa o deuda, “se vuelve a entrar en crisis”.

En esto coincide el sociólogo y profesor de la Universidad de Buenos Aires Rolando García. “La restricción externa no es algo que haya nacido con el macrismo sino que se arrastra a lo largo de los años y tiene que ver con las características de nuestra economía y su vínculo con el mercado mundial”, explicó en comunicación telefónica. No obstante, aclaró que “nos encontramos frente a lo que sin duda va a ser una crisis de deuda”, es decir, “la imposibilidad del Estado argentino de afrontar sus compromisos”.

“Eso no quiere decir que vamos a entrar en ‘default’ hoy, sino que el Gobierno montó una propuesta económica que exacerbó la ya presente fragilidad externa del modelo argentino”, completó.

Ahora bien, el escenario actual ha llevado a distintas especulaciones sobre qué características puede tener en esta ocasión. La referencia más cercana es el año 2001, cuando el país vivió la peor crisis de su historia en el marco de una pobreza que rondaba el 50% y una desocupación que superaba el 20%.

A pesar de ello, son varios los especialistas que han puesto en duda que la crisis se resuelva con características similares a la de 17 años atrás. Así lo señaló en su cuenta de Twitter el licenciado en Economía, Santiago Bulat, quien enumeró una serie de diferencias importantes.

Entre estas se destaca, por ejemplo, que mientras en 2001 el 65% de los depositos bancarios estaban en dólares, hoy apenas son el 23%. Algo similar sucede con las deudas de los bancos privados. Mientras que en el 2004, cuando todavía se sentían los efectos de aquella hecatombe económica, “la deuda de privados era cercana a 90%”, en el primer trimestre de 2018, se aproxima al 26%.

Desde su punto de vista, actualmente hay “una crisis de balanza de pagos que derivó en una corrida ‘cambiaria’, no ‘bancaria'”.

Para García “hay una gran diferencia con la situación de 2001 básicamente porque en ese momento se configuró una crisis centrada en el atraso cambiario, porque el tipo de cambio estaba fijado por ley”. Cabe recordar que en aquel entonces existía lo que en Argentina se llamó la “convertibilidad”, que estipulaba que un peso equivalía a un dólar. Esto obligaba, en teoría, a que el Estado tuviera la suficiente cantidad de dólares en reservas para garantizar esa paridad. Ante la imposibilidad de solventar eso, el modelo estalló.

Sin embargo, existió una crisis anterior, a fines de los años ’80, “que fue una crisis de deuda también, donde el Estado se quedó sin posibilidad de intervenir en el tipo de cambio” y se desató una hiperinflación. El sociólogo explica que la economía argentina “era muy distinta en ese momento y la relación de la población con los dólares también” ya que “la idea de la compra minorista no existía”.

De todas formas, “lo fundamental” de esa crisis tiene puntos en común con lo que sucede actualmente, donde el Estado no tiene capacidad de afrontar sus compromisos de deuda, sostener el tipo de cambio y a la vez “contentar a los sectores capitalistas que reciben subsidios”. Es entonces que “la disputa entre estos sectores y el capital financiero genera un vaciamiento de la capacidad estatal de intervención”.

Así se “arrastra el tipo de cambio hacia un desbarranco que impacta en los precios”, apuntó el entrevistado, y consideró que “es una situación parecida a la que podemos vivir si se profundiza la política del Gobierno actual”.

Sin embargo, se mostró cauto y recordó que “la hiperinflación es algo muy drástico, muy monstruoso” por lo que hoy “es difícil aseverar que nos va a conducir a eso, pero sin duda hay que tener en cuenta que los factores estructurales de la economía argentina siguen siendo los mismos y no se puede descartar ninguna salida de crisis”, concluyó.

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