Lorca, el sueño de verano y el balcón del Tamarit


Por Miguel Ángel Ortega Lucas *-.


Hay que saltar –nos dice la voz de Federico García Lorca–. Hay que enfrentar lo que la noche del verano espera revelarnos 


He cerrado mi balcón

porque no quiero oír el llanto

pero por detrás de los grises muros

no se oye otra cosa que el llanto.

En la Huerta de San Vicente, en el paraje del Tamarit, en lo que antes suponía la frontera entre la vega de Granada y la ciudad –en lo que hoy es el parque que lleva el nombre de ese muchacho–, hay un balcón al que regresaba cada verano Federico García Lorca.

Es un balcón desde el que divisa la huerta y el cielo, la siesta atronadora de las cigarras y el titilar de los astros a la noche, como “panderos de cristal” hiriéndola. El día se desperezaba frente a ese balcón hasta el crepúsculo, con su luz escandalosa, y a pesar del calor, a pesar de la brisa nocturna aliviando el marasmo de los corredores, Lorca debía cerrar el balcón para no oír “el llanto”.

De quién era ese llanto es algo que podemos intuir sin mucha dificultad, en su caso: no venía de más allá del balcón sino de adentro en realidad, de este lado de los muros de su conciencia. Pero ahí, en la vega que se desplegaba ante él, Lorca otorgaba ese llanto (no tenía otra opción: era su fatalidad, su salvación y su camino), de muy distintas maneras, a todos los avatares que comparecían en su obra. Todos distintos, todos el mismo: ángeles caídos en la trampa de una frustración, de una injusticia, de una quimera que sólo lo era por la prohibición milenaria de los que nunca quieren que el sueño (de verano) se imponga a la dictadura de la presunta realidad.

Podemos imaginar que los mil panderos de cristal que herían como cuchillos la madrugada de los gitanos eran testigos ciegos de ese llanto secreto en la Huerta de San Vicente, y que al vislumbrar esos cuchillos Federico García Lorca reconociese el fulgor de los puñales de una reyerta a vida o muerte siempre a punto de estallar. No escribía atado a un tiempo concreto, pero de un modo extraño todo el paisaje que conforma sus tragedias parece transcurrir en la canícula: ahí donde las alegrías pueden ser más luminosas, y los encierros más opresivos.

En Yerma (1934) el paisaje es descaradamente exuberante y fértil ante los ojos de esa mujer que sufre un ostracismo secreto (siempre, siempre hay un secreto a punto de estallar) por el hecho de no poder concebir: pena y envidia hasta de los lirios del campo que sí pueden al menos multiplicarse (pena porque una mujer no era -¿es?- una mujer si no puede hacer hijos: el castigo social parece aquí sólo la consecuencia de una maldición divina, para según qué lugares y gentes). En Bodas de sangre (1933) el colorido mítico queda amordazado de continuo por una sobriedad de luto inminente, de miedo anticipatorio, como si todos supieran en el fondo que lo que debiera ser una celebración debe acabar en sacrificio; como si la tierra ardiente de los campos, bajo un sol implacable, no dejara esperanzas a la noche compasiva.

En La casa de Bernarda Alba (1936) el luto es la ley indiscutida, y el verano un infierno literal. Alguna de las hijas anhela en voz alta los días de lluvia, cuando la vida se apaga en los campos y las calles: porque al menos en el invierno hay una rima entre la tristeza exterior y la interior. Esa melancolía es soportable. Lo intolerable, el desamparo que puede ahogar, es sentir cómo bulle la vida en el mundo exterior a sangre y fuego mientras nosotros seguimos encerrados, confinados a la nada, impedidos de participar en la fiesta. El verano puede resultar una época mucho más tétrica de lo que se suele decir: el que se siente solo, en verano lo siente de manera criminal.

Tras los grises muros de cualquiera de estos corazones no se oye otra cosa que el llanto.

Pero el llanto es también la llamada que convoca, como otra campana nocturna o señal en la torre de la Vela, para el encuentro de aquello que nos está prohibido pero nos espera con la misma fuerza de lo inevitable: también los dones que nos esperan son fatales, en sentido estricto; no sólo las tragedias. Y si hay un mantra (secreto) que Lorca invocaba al escribir durante aquellas noches en la Huerta de San Vicente era el de la desobediencia: desobedecer las leyes funestas de la sociedad para honrar a las leyes invisibles de la verdad que lo gobiernan todo, y contra las que nada podrá nunca ningún decreto perverso dictado por nadie.

¿Saltaría Lorca alguna noche de ese balcón, clandestino, para reunirse con alguien, así como huyen los amantes de Bodas de sangre en la misma noche de la ceremonia? Soñaría con hacerlo al menos, más de una vez –estamos seguros–, en esas noches de verano, delirando entre la vega y las sombras de candil azul del Albaicín.

¿Qué es aquello que reluce

por los altos corredores?

Cierra la puerta, hijo mío,

acaban de dar las once.

Acaban de dar las once; no se oye, entre el Sacromonte y la vega de Granada, otra cosa que el llanto: pero “la noche llama temblando / al cristal de los balcones”.

Hay que saltar –nos dice aún, como un susurro de oráculo, la joven y antiquísima voz de Federico García Lorca–. Hay que enfrentar con el pecho abierto todo aquello que la noche del verano espera revelarnos, acechando tras las esquinas del silencio y el chorro silente del aljibe. En el teatro lorquiano el verano puede ser el templo de la destrucción; en la poesía puede ser el de la salvación: siempre es el de la rebelión, como si la noche del verano (“toda su poesía parece estar escrita de noche”, dijo Félix Grande sobre Lorca) supusiera el territorio del sortilegio que puede cambiarlo todo.

La noche no quiere venir

para que tú no vengas,

ni yo pueda ir.

Pero yo iré,

aunque un sol de alacranes me coma la sien.

Pero tú vendrás

con la lengua quemada por la lluvia de sal.

La noche acabará llegando y será inevitable (fatal) que todo aquello que debe suceder suceda en la hora en punto del corazón en llamas.

Todo puede estar en contra; pero la fe será imbatible. Adela se encontrará con Pepe el Romano cuando todas duerman. Leonardo y la Novia escaparán a los montes en mitad de la fiesta, consumando el sacrilegio. En cualquier taberna en que llore la guitarra, en los contornos de la luna, en la alucinación de la carretera y el olivo, en las alcobas donde suena la sangre y verte desnuda es recordar la tierra, algo decreta que nos encontraremos.

Pero depende de nosotros. De si queremos seguir encerrados escuchando el llanto a solas, el silencio goteando en la madrugada sin nadie, o estamos dispuestos a saltar del balcón para reunirnos con aquel otro destino posible.

(¿Seremos valientes? ¿Nos atreveremos? ¿Estarás dispuesta?)

Yo no quiero más que una mano,

una mano herida, si es posible.

Yo no quiero más que una mano,

aunque pase mil noches sin lecho.


*            CTXT.


 

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