abril 19, 2019

¿Atrás? Ni para tomar impulso


Por Oscar Silva-.


El imperio contraataca podría ser la frase que de inicio a un análisis de la situación en la que actualmente se encuentra Latinoamérica. La “Patria Grande” se encuentra acechada, atacada y agredida, según el caso, por los intereses imperiales a través de sus lacayos locales y no está alejada la posibilidad de una acción directa del Tío Sam en estas nuestras tierras.

Colombia, Argentina, Chile, Perú y, desde luego, Brasil, con sus giros hacia la derecha, en algunos casos casi por inercia, tal el caso colombiano, u otros a través de acciones de intimidación y sabotaje político como en el Brasil, le han permitido levantar la cabeza a la alicaída derecha latinoamericana, un realineamiento en sus posiciones y acciones y, desde luego, al rediseño de una acción estratégica de desestabilización de los gobiernos populares del continente.

Durante el 2018, e incluso antes, Venezuela fue, y con seguridad sigue siendo, el objetivo principal de este despertar reaccionario continental. La revolución bolivariana ha pasado casi todas las fases del accionar reaccionario, desde la guerra económica, la guerra mediática, la guerra diplomática, el sabotaje, la generación de violencia interna, el terrorismo, restando únicamente la acción directa a través de la intervención militar que tampoco hay que darla por descartada.

Obviamente, no es el interés del grupo de Lima o de sus amigos de la Unión Europea, la situación política o económica de Venezuela, menos los derechos humanos o la huida de sus ciudadanos. Si fuera así, casos mucho más dramáticos presentan países como Colombia, Honduras o Guatemala; sin embargo, sobre estas reales crisis humanitarias no dicen absolutamente nada.

El caso boliviano es particular en todo este contexto. Exitoso en economía peleando los primeros lugares de crecimiento en el continente en los últimos cinco años, con una envidiable estabilidad política y social, pero firme en su posición antimperialista y de militante apoyo a los gobiernos populares y revolucionarios del continente, se ha constituido en un país digno de análisis.

Evo Morales, en sus trece años de gobierno, ha logrado demostrar que es posible gobernar junto al pueblo, sin depender de los dictados del imperio, a través de la embajada gringa, ni del Fondo Monetario Internacional ni del Banco Mundial. Esta situación ha puesto en una posición por demás incomoda a la oposición, tanto interna cuanto externa, puesto que no han podido articular un discurso coherente para poder enfrentar o cuando menos mostrar una alternativa al gobierno del Movimiento al Socialismo.

Las banderas de una supuesta defensa de la democracia y lucha contra el autoritarismo, que ha pretendido levantar una oposición errática y mediocre, caen por su propio peso, dentro de un estado cuyas instituciones democráticas funcionan plenamente y donde la libertad de expresión y de protesta incluso ha rebasado los límites permitidos “democráticamente” en muchos países que se reclaman a sí mismos como baluartes de la democracia.

Empero, si aparentemente no existe forma de que la oposición levante la cabeza en Bolivia, ni siquiera bajo la guía de sus pares externos, no es momento para hacer concesiones ni menos para bajar la guardia. La estrategia opositora seguramente acudirá a cualquier forma, sin descartar la violencia, para desestabilizar el proceso de transformación histórica que vive Bolivia.

Las elecciones primarias están poniendo al desnudo las verdaderas intenciones opositoras y sus falsas posturas pseudodemocráticas y el escenario se ira clarificando mucho después de estos inéditos comicios, ya rumbo a las elecciones generales.

Ahí radica la importancia de seguir avanzando en la participación de los sectores populares, en no retroceder en ninguna de las medidas que benefician al pueblo, en no dar concesiones a los sectores reaccionarios y opositores, en radicalizar la lucha contra la corrupción y hacer evidentes sus sanciones, en fortalecer las instituciones democráticas bajo una visión revolucionaria y seguir avanzado en el desarrollo de las asignaturas pendientes como la implementación del Sistema Único de Salud, la reforma de la justicia y en garantizar la seguridad ciudadana, además de otros temas que se encuentran pendientes.

A esta altura no se puede pensar en dar ni un paso atrás, ni siquiera para tomar impulso. Esa es una responsabilidad revolucionaria.

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