marzo 22, 2019

El valor de la democracia representativa


Por Antonio Lorca Siero-.


Como aporte sustancial derivado del movimiento burgués, la democracia representativa trajo un cambio radical no solamente en la forma de gobernar, sino en la sociedad misma. La simple referencia a la idea de democracia parecía remitir al pueblo como conductor directo de su propio destino, llamaba al ejercicio de los derechos, a las libertades y suponía la ruptura con la tradición representada por la sociedad estamental. Para su desarrollo ideológico, el proyecto contaba con el respaldo de la fuerza del capitalismo, que colocaba el capital como nuevo valor conductor de la tercera revolución social, dispuesto a superar la fuerza de la violencia y la fuerza de las creencias, para dar un paso adelante en el proceso de civilización. Las nuevas sociedades desarrolladas aparecen dirigidas desde la ideología capitalista en el plano del pensamiento, en el terreno real por el mundo del dinero producido por las empresas, jurídicamente por el Derecho positivo y políticamente por la democracia representativa.
La democracia solo era una idea política que mantenía en plena vigente la tradición del elitismo, y el término representación lo dejaba claro —quienes mandaban eran las elites—.

Con la estrategia de la democracia representativa, como parte del instrumental político de la nueva fuerza dirigido a mantener el orden, se hizo creer a las masas que a través del voto pasaban a ser las auténticas protagonistas de la política, cuando en realidad su papel se limitaba a dar el visto bueno a un guiso previamente cocinado. Por tanto, la tercera revolución social había quedado inconclusa —y en tal estado continua—, porque aunque el capitalismo parecía conceder al pueblo la posibilidad de autogobernarse, simplemente resultó ser una promesa vacía de contenido real. De otro lado, era sospechoso que el capitalismo viniera defendiendo con tanto interés su democracia, seguramente solo pensaba en el beneficio mercantil. Actualmente se ha puesto en evidencia que la democracia representativa no es más que un productoideado por el capitalismo para mantener fundamentalmente el orden del mercado y animar al consumismo de las masas para sostener el negocio del capital sin levantar suspicacias.

Ya en su terreno, la democracia representativa modificó las reglas de funcionamiento de la política y estableció las bases de la nueva legitimidad. Generalmente a través de las urnas, los electores validan una ideología que se coloca en la línea de salida como la etiqueta de partido y de allí surgen los destinados a ejercer el poder estatal aprovechando adhesiones ideológicas masivas. Este es el instrumento de legitimación del ejercicio del poder actual consensuado por la sociedad —no desde la racionalidad, sino al amparo de las creencias—, algo provisional y que no goza de total garantía, puesto que puede ser falseado utilizando diversas vías. Pese al electoralismo no se puede evitar que se produzcan anomalías democráticas. Por ejemplo, cuando la legalidad constitucional permite sortear la legitimidad electoral para que se acceda al ejercicio del poder por la vía del atajo. Otras veces surge un movimiento atípico que toma la delantera electoral sin que se sepa quien le ha colocado allí. En casos extremos la dictadura, la tiranía o el totalitarismo, todos ellos instalados por vía democrática, se sitúan en los centros de poder legalmente. Y como denominador común, la democracia representativa nunca tiene reparos en acudir al Estado policial para socavar la libertad, la intimidad, los derechos y la individualidad, burocratizando la existencia, aunque sosteniéndose en la antinomia de declararse protectora de los derechos y libertades —interpretados a conveniencia del que gobierna— para guardar las formas. De manera que a veces la evidencia está ahí, ya que la legitimidad desde la legalidad se encuentra con el problema de la legalidad burlada , puesto que está sujeta al imperio de la ley, que luego se fabrica, cuando interesa, por la vía del decreto .

En base a la intervención de las masas en el modelo político electoral, la democracia representativa ha permitido que quedara plenamente definida la profesión de político, abierta a la posibilidad de que todos puedan incorporarse a ella. Para el acceso a la profesión basta con hacer carrera en un partido, a través del merito o los contubernios, lo que abre la oportunidad para dar el salto al poder. Pudiera ser este sentido de la política, junto al derecho de expresar preferencias ideológicas a través del voto, el otro atractivo de masas que ofrece la democracia representativa, por cuanto permite a cualquier persona formar parte de la minoría gobernante, aunque no como representante directa de las masas, sino de un partido. En el fondo, este planteamiento aporta una nueva falacia, parecida a la del voto, puesto que la vía de acceso a la primera línea de la profesión se guía no tanto por el mérito como por intereses ocultos. Aunque se trate de una ingenuidad, cuanto menos el ciudadano puede sentirse confortado por el avance del progreso político, ya que alguno de los suyos, y no del estamento tradicional, está destinado a gobernarle. Históricamente, la ruptura del modelo estamental, al poner al alcance de todos el acceso al poder, aportó otro aliciente más para crear en las masas ese sentido de autogobierno, que no ha llegado a ser realidad.

Para no romper con la tradición, desde el primer momento de la democracia burguesa ya se dejó claro que una vez elegido democráticamente el gobernante caminaría porlibre, puesto que se trataba de ejercer la representación de sus conciudadanos —realmente del partido que le ha situado en el poder —sin sujeción a mandato imperativo. Por tanto, no estaba obligado a guardar fidelidad a los electores, mas sí a su partido, que era realmente quien le había colocado en el estrado. La implementación de la nueva forma de hacer política se ha estructurado como una carrera personal por llegar a ocupar un lugar en la plantilla oficial de los ejercientes del poder estatal arropado por un grupo de intereses políticos. En cierta manera se trataría de un poder autónomo respecto de los votantes y dependiente del partido. La cuestión es entrever donde reside la fuerza material que soporta el partido político, porque no existe poder sin una fuerza real que lo respalde. Pese a la fuerza que otorga el voto, no es más que un conjunto de adhesiones ideológicas temporales carentes de soporte real, porque son simples propuestas para realizar ideas dirigiendo el aparato estatal cuyo funcionamiento está sometido a la norma jurídica.

Los encargados de oficiar la política suelen ser el producto resultante de un proceso en el que el partido propone a los electores una serie de personajes que se han situado en el orden jerárquico del grupo atendiendo a méritos inespecíficos para la ciudadanía a fin de que le otorgue su apoyo ideológico a través del voto. A veces, la política dirigida por el capitalismo se puede evidenciar en el mismo marco del partido. Cuando el propio partido no se entrega abiertamente a los intereses capitalistas se busca un candidato fiel a los intereses dominantes y se le coloca en la escena, los militantes, al igual que sucede con los votantes se dejan conducir por la verborrea del candidato, a menudo hablando de progreso y utopías, pero detrás de él solo se encuentra la fuerza real capaz de colocarle en la escena. Para ascender en el nuevo modelo de política parece necesario contar con dotes de buen vendedor ante las masas, pero quizás más importante sea venderse como fiel seguidor de las ideologías del momento y estar apadrinado por la dirección del capitalismo.

Lo que queda claro es que, tras la sistemática electoral, con la democracia representativa el pueblo no gobierna, simplemente es gobernado, pero se insiste en crear la ficción de que es soberano. El centro de atracción ideológica, llamado partido, carece de consistencia material, al ser una agrupación de intereses ideológicos con fines electorales para gobernar un Estado temporalmente. Teniendo en cuenta que pese a la estructura política del Estado de Derecho y la democracia representativa, junto con las elecciones periódicas en las que participa la ciudadanía, no parecen argumentos convincentes para considerar que el sistema de gobierno sea como parece ser. Por tanto, si el partido gobernante carece de fuerza real en sí mismo, porque se la prestan el capitalismo y los votantes, cabe formular ahora la pregunta, ¿quién mueve los hilos?.

Sobre el papel, la política tal como viene siendo planteada se conduce a saltos de elecciones regladas, coordinadas por partidos y teóricamente dependientes de la voluntad del electorado, resultando que tanto unos como otros no disponen de fuerza real. Aquellos, porque carecen de fuerza propia, ya que se amparan en una ideología dependiente de la calidad que desee darla el electorado en orden a su desarrollo; es luego, si son elegidos, cuando la fuerza de la ideología votada permite que el partido asuma el control de las funciones institucionales que otorga el poder del Estado. En cuanto a los votantes, han renunciado a su fuerza natural como colectivo social en favor del capitalismo, en cuanto fuerza social y del Estado, como poder institucional a la sombra de la legalidad. Quien tiene la fuerza real capaz de mover la sociedad es el capitalismo y así se le reconoce, de manera que, en definitiva es el único que dispone de la capacidad efectiva de gobernar, aunque no tenga poder legal para ello —pese a que lo tenga real—, ya que corresponde al Estado. No es el pueblo el que elige a sus gobernantes, sino el capitalismo, el pueblo solamente los valida incautamente, mientras se le anima a intervenir en la política a través del viejo mito de la democracia .

Actualmente, practicar el oficio de la política consiste en llegar a ejercer el poder general depositado en el Estado a través del formalismo electoral, pero la clave del ascenso no está tanto en los electores como en el quien maneja el panorama político. Aquí entra en escena ese otro poder en la sombra que suele llamarse el Estado profundo. En todo caso, quien en último término posiciona a los elegidos no es el electorado ni incluso el partido, sino el capitalismo, porque es la fuerza que permite poner en funcionamiento la sociedad atendiendo a la resolución de sus necesidades vitales a través de la circulación del dinero. Los políticos, de cualquier ideología —incluidos los llamados anticapitalistas—, han de contar con la aprobación del conglomerado de intereses económicos dirigido por la ideología capitalista. Es este quien coloca en la escena política, del signo ideológico que sea, a quienes deben llevar la dirección de la política de los distintos países, para que simplemente sean ratificados por los electores. Lo de la democracia representativa no pasa de ser un simple formalismo político para cubrir las apariencias.

Casos concretos de que alguien mueve los hilos , al margen del juego de la democracia, de las legitimidades y las legalidades proclamadas por el sistema se observan sin mayor dificultad. Puede citarse algún que otro personaje que ha agotado su carrera política y de improviso se le resucita en la escena y se le coloca en primera posición, en virtud de un pacto oculto con los intereses dominantes. Tal vez otro personaje populista aparezca en el escenario al margen de la clase política, pero con el respaldo del dinero, y se imponga al partido por decreto del capitalismo. Acaso venga otro debidamente apadrinado por el capitalismo que haya que colocar al frente de un país contra viento y marea, porque es manejable. O conforme a la legalidad, un gobernante puede sustituir a otro legítimamente elegido por el pueblo y ocupar su puesto siguiendo la vía rápida. Sin entrar en detalles, tales ejemplos, ausentes de sentido democrático, pueden observarse en el plano real, y solo encuentran explicación si la marcha de la política depende de algo más que de la democracia representativa.

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