agosto 24, 2019

Vieques y las lanchas, 20 años después


Por Julio A. Muriente Pérez *-.


La más reciente crisis en el transporte marítimo entre la islas puertorriqueñas de Vieques, Culebra y la Isla Grande (Puerto Rico), es una muestra elocuente —y escandalosa— de cuán abandonadas han permanecido estas comunidades de miles de puertorriqueños/as, víctimas del desdén, la indiferencia y la irresponsabilidad de continuas administraciones gubernamentales, por décadas. Ello ocurre apenas unas semanas antes de que se conmemore el vigésimo aniversario de la muerte violenta del puertorriqueño-viequense David Sanes Rodríguez, el próximo 19 de abril, víctima de una bomba lanzada por un avión de guerra estadounidense, que generó la más extraordinaria movilización nacional e internacional en favor de la paz y la desmilitarización de Vieques.

Una de las contribuciones más importantes de aquellos años intensos de lucha por la paz, fue la presentación de un plan integral para el desarrollo de Vieques, preparado por un grupo de profesionales altamente capacitados en diversos campos de la planificación, administración y coordinación económica y social. Estaba concebido para transformar profundamente a la también conocida como Isla Nena, una vez cesaran los bombardeos y le fueran devueltas las tierras ocupadas al pueblo viequense.
De haberse implementado dicho plan, Vieques se hubiera convertido en un cuerno de abundancia material, social y espiritual. Finalmente se hubiera hecho justicia con estos miles de compatriotas.

Pero no fue así. Por el contrario, luego del anuncio oficial del cese de bombardeos y de la salida de la marina estadounidense de Vieques en mayo de 2003, las isla y su población fueron abandonados a su suerte. Era una especie de castigo, por haberse atrevido su pueblo, y todo el pueblo puertorriqueño, a enfrentar con tanta osadía a los todopoderosos ocupantes.

Administración tras administración gubernamental miraron hacia el otro lado. La insensibilidad no tuvo límites. Salud precaria, cero desarrollo económico, abandono educativo y cultural, ningún apoyo para recomponer, aunque fuera parcialmente, la calidad de vida de unos pueblos que han sufrido como ningunos otros en Puerto Rico desde mediados del siglo veinte. Mientras tanto, extranjeros adinerados se han ido haciendo dueños de las tierras, los comercios, las residencias. El narcotráfico plantó bandera, la incidencia criminal y la violencia se dispararon, la emigración se acentuó.
No se trata meramente de un problema de transporte. Se trata de la vida, de la salud, de la alimentación, de la cultura, de la dignidad y la felicidad a la que tienen derecho pleno estos compatriotas. Se trata de asumir un sentido elemental de responsabilidad, ese que ningún gobierno ha asumido en los pasados veinte años; y aun antes.

Este es uno de los países que más carreteras y automóviles tiene en el planeta, por kilómetro cuadrado. Hay millones de dólares para tapar los hoyos de las carreteras, para tirar asfalto aquí y allá. Hasta hay cientos de miles de dólares para enviar aviones y barcos en plan pretendidamente humanitario.

Pero no hay dinero para garantizar el elemental derecho a la transportación —y a la vida de digna— de miles de compatriotas en Vieques y Culebra. Y en estos días menos, que parece que unos y otros solo están pendientes al comienzo prematuro de la campaña electoral de 2020.

La solución sería sencilla, en el corto plazo, en lo que respecta al transporte. Lo que se requiere, primero que todo, no es dinero sino sensibilidad y compromiso social.

Que se busque el dinero necesario, donde sea. Si hay que endeudarse, esta sería una deuda que valdría la pena; y que todo el pueblo aplaudiría. Como se aplauden los actos de justicia.


* Catedrático UPR y dirigente del Movimiento Independentista Nacional Hostosiano (MINH) de Puerto Rico.


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