abril 22, 2019

Los cien días que conmovieron a México


Por Armando Bartra-.


El mayor desafío de la Cuarta Transformación, es sacar a México de la pendiente del neoliberalismo. Es frenar la locomotora infernal que a fines del pasado siglo pusieron en marcha los tecnócratas rapaces, la clepto burguesía parasitaria y las trasnacionales gandallas. Es atajar la corriente turbulenta y cenagosa que nos lleva al abismo; que nos arrastra a una crisis terminal y sin retorno.

Y hacerlo ahora, cuando aún estamos a tiempo.

El mandato del nuevo gobierno no es, entonces, acabar con el capitalismo en general, con el capitalismo como “modo de producción”. La tarea de López Obrador y su administración es ponerle coto al mercantilismo salvaje, desalmado, inclemente que imperó durante los últimos treinta años. Es desmontar el capitalismo canalla que se impuso en nuestro país desde fines de los ochenta del siglo pasado.

Y el mercantilismo absoluto no es solo un modelo de desarrollo al que se puede renunciar así nomás. En las tres décadas de su imperio, el neoliberalismo dejó la marca de la bestia en nuestras leyes, nuestras instituciones públicas, nuestras relaciones sociales, nuestras estructuras económicas, nuestro imaginario colectivo. La Cuarta Transformación tiene que sacarles el chamuco, tiene que exorcizarlas, tiene que regenerarlas. Tá cabrón.

Está muy cabrón. Sí. Pero en los primeros tres meses del nuevo gobierno —en los cien días que conmovieron a México— quedó claro que la Cuarta va.
Y va con el acelerador a fondo. Como que después de doce años de forzada espera, a Andrés Manuel ya le andaba por gobernar.

Así que desde el tres de julio del año pasado, fecha en que se reunió con dos cientos o trescientos futuros colaboradores, el de Macuspana se olvidó de la campaña y se puso a pregobernar. Más de tres horas de instrucciones puntuales y precisas de lo que el recién electo esperaba de cada Secretaría, de cada paraestatal, de cada organismo descentralizado, de cada funcionario… y del chofer, y del portero y hasta del perico…

Pude constatar ese día lo que me parece la mayor virtud del hoy presidente: su habilidad para auto transformarse radicalmente de la noche a la mañana. La capacidad, política por excelencia, de amacharse en los principios, pero procurándolos de diferente manera conforme se modifican las circunstancias. Lo que no cambia en él son las convicciones y el estilo, pero sí todo lo demás. Y algunos no lo entienden: “Cómo pude conversar con los capos de la oligarquía. Cómo le alza el brazo a los gobernadores más impresentables…”.

Pero es que no es lo mismo construir un movimiento, que formar un partido, que encabezar una campaña electoral, que gobernar un país… Alguna vez escribí que Andrés Manuel era pata de perro; hoy digo que también es camaleón: un David Bowie de la política, tan pasmoso en sus transformaciones como el creador de Space Oddity.

Y desde el primero de diciembre, un día sí y otro también, están ocurriendo cosas importantes en los más diversos ámbitos. Actos de gobierno de trascendencia económica, de importancia social, de relevancia política, de valor simbólico… o todo a la vez.

Pasmosa combinación de jabs, uppercuts y eventuales ganchos al hígado, que tienen al otro peleador contra las cuerdas; o mejor: sucesión de bolas y strikes que preparan el ponche, el tercer out y el cambio de terreno. Rápida sucesión de acciones precisas y contundentes que vistas en conjunto apuntan a una reconfiguración del Estado mexicano, y por esa vía a una recomposición del país todo… Cuando menos hasta donde un país es reformable por puros actos de gobierno, pues otros cambios tendrán que venir de la sociedad y son responsabilidad de nosotros. Son responsabilidad de los de a pie.

Dado que tenemos una tendencia a clavarnos en los árboles —cada quién en el suyo; en su personal, entrañable e intransferible arbolito: el arte, la ciencia, el medioambiente, el género…— trataré de ponerlos todos juntos y mostrarles el bosque. Un bosque por cierto muy frondoso.
Déjenme, pues, recordarles una veintena de quiebres, de virajes, de golpes de timón. No promesas y compromisos de campaña sino realidades en curso, acciones contundentes y transformadoras, cada una trascendente en sí misma y todas juntas apabullantes.

Empiezo por algunas de relevancia económica y ambiental. Ahí tenemos la decisión, plausible por razones sociales, ecológicas y financieras, de cancelar el Nuevo Aeropuerto de la Ciudad de México en el Lago de Texcoco, y a cambio de esto ampliar el de Santa Lucía e integrarlo con el actual y el de Toluca.

Tenemos también la suspensión de las rondas y licitaciones de Pemex y de la Comisión Federal de Electricidad, por las que a partir de la reforma energética de Peña Nieto se cedían a los particulares cuantiosas rentas. Decisión que se complementa con la recuperación de nuestra soberanía energética, incrementando la capacidad de refinación de petróleo mediante la construcción de una nueva planta en Dos Bocas, Tabasco, y la reactivación de las demás; al tiempo que se refuerza la capacidad generadora de la Comisión Federal de Electricidad. Está también la prohibición de la técnica de fractura hidráulica de esquistos, conocida como fracking, y que en Estados Unidos se emplea para la extracción de hidrocarburos, con altos costos ambientales.

En otro ámbito, tenemos la prohibición de las semillas transgénicas, que en el caso del maíz amenazan la diversidad genómica y con ello nuestra capacidad de adaptación al cambio climático. De trascendencia para el agro y en particular para los campesinos, que desde las reformas de Salinas quedaron descobijados, es la fijación de precios de garantía atractivos para pequeños productores de maíz, frijol, arroz, trigo y leche.

Para los asalariados es una excelente noticia la de que, rechazando el sofisma de que tiene efectos inflacionarios, se haya decretado un aumento sustancial de los salarios mínimos generales. Incremento que es del doble en la franja fronteriza con EE.UU., y que ya provocó luchas —a veces exitosas— por lograr aumentos por parte de quienes ganan más del mínimo. Se comienza a hacer efectivo el combate a la omnipresente y polimorfa corrupción, empezando por el saqueo de Pemex, de la Secretaría de Salud, de la Comisión Federal de Electricidad…

El Presupuesto Egresos de la Federación recién aprobado y la estrategia económica de la Cuarta Transformación se orientan a darle un fuerte impulso al crecimiento, a la creación de empleos y a la inclusión productiva mediante políticas de fomento agropecuario e inversiones en infraestructura destinadas principalmente al sureste socialmente rezagado y expulsor de población. Tienen este propósito el millón de hectáreas de árboles frutales y maderables del programa Sembrando Vida, el Tren Maya, el Corredor Transístmico, la refinería de Dos Bocas. Megaproyectos que algunos descalifican en automático por el hecho de serlo.

De relevancia económica y valor simbólico es la drástica reducción de sueldos y prestaciones de la alta burocracia gubernamental. Y en el caso del jefe del ejecutivo federal: la salida de Los Pinos, la disolución de la Guardia Presidencial, la venta del avión y otros vehículos, la reducción al mínimo de los gastos de representación, los vuelos en clase turista, el Jetta blanco…
Otras acciones son de relevancia social y política. Para empezar, la derogación de la Reforma Educativa punitiva que impuso el gobierno anterior, y la propuesta de otra reforma de auténtica relevancia pedagógica y concertada con todos los actores.

Justos, necesarios y estratégicos con vistas a la inclusión de varios millones de jóvenes hoy marginados, son los programas de becas para estudiantes, las cien escuelas superiores ubicadas en poblaciones pequeñas y los apoyos para el aprendizaje dirigidos a quienes quieren capacitarse en el trabajo. Sector fundamental en una sociedad como la mexicana que ya envejece, y excluidos y marginados como muchos jóvenes, somos los adultos mayores, ocho millones de los cuales recibirán pensiones significativas y dignificadoras.

Para los indígenas —que al decir del EZLN ahora sí están en guerra con el mal gobierno— es fundamental la iniciativa de Ley que, con base en nuestra adhesión al Convenio 169 de la OIT, regulará el derecho de los pueblos originarios a la consulta previa, libre e informada. Además de una reforma al artículo segundo de la Constitución para que se les reconozca como sujetos de derecho público.

Las vallas metálicas y gases lacrimógenos conque el gobierno de Peña Nieto se despidió de los migrantes centroamericanos, contrastan con el trato digno conque ahora se les recibe y con las visas humanitarias que se les otorgan.

El drama de los ausentes a quienes buscan sus familiares, comienza a tomarse en serio con la conformación de una Comisión de la Verdad para el caso de Ayotzinapa, y la atención efectiva a las víctimas y en particular al tema de los desaparecidos. Para quienes nos hemos pasado la vida gritando “¡Presos políticos, libertad!” Es fundamental el reconocimiento por el nuevo gobierno de que hay en nuestro país personas injustamente encarceladas, y su paulatina liberación.

Y, por sobre todas las cosas, está la decisión de López Obrador de ponerle punto final a la sangrienta y estúpida guerra contra el narco iniciada por Felipe Calderón y continuada por Peña Nieto. Cruenta conflagración a la que habrá de sustituir una política de paz y seguridad, operada por la naciente Guardia Nacional: una inédita fuerza pública de carácter policiaco y mando civil pero disciplina militar.

En cuanto a la relación de México con el mundo, es para ponerse de pie y aplaudir, la recuperación de nuestra política exterior de autodeterminación de los pueblos, no intervención en los asuntos internos de otros países y solución pacífica de las controversias. Rescate histórico de nuestra tradición diplomática que nos ha permitido mantener una posición vertical en la difícil crisis venezolana.

Quizá no todas estas acciones nos gusten, y posiblemente quisiéramos que fueran más. Pero hay que ser muy mezquino o muy ciego para negar que los cambios van.

Y que van en la dirección que desde siempre hemos preconizado los de izquierda. Cambios que por décadas reivindicamos desde diferentes trincheras y a través de diversos movimientos sociales. Y que ahora se están logrando porque, finalmente, decidimos unirnos para luchar juntos por un cambio de gobierno.

El que no entienda que lo que hizo la diferencia es haber impulsado decididamente la vía electoral, es que no quiere entender… O que se hizo a un lado cuando se trataba de dar la lucha cívica y ahora que ganamos tiene que descalificarlo todo.

Y es que se ha de sentir feo no haber estado ahí: primero dando la batalla electoral y luego celebrando con todos la noche del primero de julio. Pobres.
Lo que no quita que la crítica, venga de donde venga, es parte sustantiva de la Cuarta Transformación.

En lo que mi toca, hay una idea de López Obrador que no comparto, una acción de su gobierno que me parece equivocada, un problema del proyecto al que aún no se ha dado solución y un silencio del presidente que acaba por ser escandaloso, atronador.

La idea que me parece discutible es que dado que las organizaciones gremiales y civiles fueron corporativizadas y cooptadas por los gobiernos del PRI y el PAN, las acciones y recursos del nuevo gobierno deben dirigirse y entregarse directamente a los destinatarios en lo individual. El diagnóstico me parece certero, la solución no. En pro de la brevedad reviro con un epigrama:

La mayor riqueza de una sociedad es su organización. El peor crimen de los anteriores gobiernos fue haberla pervertido. El mayor error del gobierno del cambio sería tratar de suplantarla. La mayor tarea de la sociedad en movimiento es regenerarla.

La equivocación encuentro es haberse dejado deslumbrar por el anuncio de una cuantiosa inversión de la Nestlé, sin atender a los sólidos argumentos de los caficultores en el sentido de que la trasnacional quiere cafés malos y baratos para hacer solubles, mientras que nuestro grano aromático tiene calidad de exportación, genera divisas, proporciona millones de empleos y al ser mayormente bajo sobra y biodiverso es ambientalmente virtuoso. No se trata de sacar del país a la gran corporación agroalimentaria, porque ciertamente necesitamos inversiones, sino de apoyar en serio a nuestra caficultura. Por fortuna parece que el gobierno ya rectificó.

El problema grande que encuentro en el proyecto, es que ciertamente en un país empobrecido y polarizado, la primera tarea de un gobierno de izquierda es la redistribución progresiva del ingreso mediante políticas públicas; una redistribución que no debe ser puramente asistencial sino también productiva, y que para ser sostenible requiere de un crecimiento significativo de la producción.

Ahora bien, desde hace tres décadas nuestra economía casi no crece y por lo que se ve así como vamos el nuevo gobierno tendrá dificultades para hacerla crecer lo suficiente.

En el Cono Sur del Continente tenemos ejemplos de gobiernos de izquierda que se legitimaron gracias a que, mediante la redistribución del ingreso, redujeron significativamente la pobreza y procuraron el bienestar, pero que en cuanto terminó la bonanza fueron desertados por las mayorías. Nosotros no tenemos el entorno mundial favorable que ellos tuvieron en el arranque del siglo. Aun así necesitamos crecer si queremos que el bienestar que comenzaremos a procurar con los nuevos programas sea sostenible.
Pero para esto se necesita inversión. Y la que tenemos a la mano es la inversión pública, que en México está muy acotada por una ínfima recaudación. La conclusión insoslayable es que hace falta una reforma fiscal. Es decir, que los ricos paguen más.

Si se los dices de arranque los magnates te desfondan la economía o de plano no te dejan llegar a la Presidencia. Pero tarde o temprano —de ser posible antes de tres años— habrá que decirles que se aumentan los impuestos. En particular el que les duele, que es el impuesto sobre la renta. Y a ver a como nos toca.

El silencio que me parece atronador, escandaloso, es la injustificable negativa de López Obrador a tomar posición respecto del aborto. Peor para él. Por fortuna su gobierno no guarda silencio y por boca de la Secretaria de Gobernación, Olga Sánchez Cordero, ha dejado claro que la Cuarta Transformación defiende el derecho de las mujeres a decidir sobre su cuerpo y que se legislará su derecho a interrumpir el embarazo durante las primeras doce semanas. Y si Andrés Manuel de eso no quiere hablar… Pues que no hable.

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