junio 16, 2019

Cultura y saber político


Por Rosario Aquím Chávez-.


En este ensayo quiero reflexionar sobre la cultura política, entendida ésta como la vinculación de un saber político con un agenciamiento concreto de poder. El saber político, (a diferencia del discurso de los políticos, que es más bien ideológico y que persigue convencer, legitimar, integrar) está vinculado con el uso y la práctica. Es un saber no dicho, trasmitido a través de las conductas; y que se aprende por experiencia. Este saber se encuentra conectado con instituciones políticas: partidos, organizaciones, agrupaciones, núcleos, el Estado, aparatos de estado y aparatos militares.

Nuestros estados, en América Latina, según algunos autores, se caracterizan por ser burocrático-autoritarios o de contra insurgencia, se basan en liderazgos tecnocráticos de élites profesionales que excluyen social y económicamente a los sectores populares. Son aparatos de profundización del capitalismo y vía de inserción del capital internacional. De hecho, el estado forma con el capital internacional un dúo en el poder, cuyo rol es mediar con la conflictividad social, con la subversión popular, para garantizar las operaciones del gran capital. Los movimientos sociales, sus luchas reivindicativas, son la peor amenaza para este tipo de estado. Cuando la amenaza se presenta, se activa todo el poder coercitivo estatal y toda la capacidad mediadora de las instituciones de secuestro. En el caso particular del Estado Boliviano, el saber político, sabe acerca del manejo de situaciones determinadas en función de objetivos preestablecidos; esta práctica política busca inducir cambios en los comportamientos de la gente poniendo en operación un conocimiento empírico de las conductas de la propia gente, no otra cosa son las 37 reformas constitucionales que el país aprobó en 1994, resultado de la voluntad política de los principales partidos y que han tenido su impacto en el habitus cotidiano de la ciudadanía.

El deseo de modernizar el estado y de fortalecer la democracia mediante la profundización de reformas institucionales ha dotado al país, según algunos analistas, “de condiciones de estabilidad y gobernabilidad” (1). Esta estrategia retórica, oculta sin embargo, las practicas políticas de los sujetos concretos que se han expresado desde tiempos remotos en los enfrentamientos y las luchas (guerra por el agua en Cochabamba, guerra del gas, las manifestaciones de Achacachi contra la Ley INRA, los reclamos de los indígenas por territorio y dignidad, los acontecimientos sangrientos de octubre, el cerco de junio, etc.).

Al discernir, el saber político sobre lo posible y lo utópico, descartando lo segundo en función de lo viable, es decir, de la opción probable, se vuelve conservador; porque pretende mantener las reglas del juego tal como están. En estas condiciones puede aceptar un cambio de actores, de personajes y de líderes, (como de hecho lo hace, en los procesos de negociación) pero no acepta otras reglas, puesto que esto implicaría otro juego. Lo que supone un riesgo no aceptable.

En casos extremos, de crisis, como la que vivimos actualmente, de radicalización de las movilizaciones, de descontento, de estancamiento de las instituciones, el saber político del Estado puede aceptar incluso la modificación de algunas reglas, pero de tal forma que no cambien en esencia el juego de poder. Se trata de mantener la dominación a toda costa. Incluso en el caso donde el estilo de hacer política encubre las verdaderas pretensiones.

El saber político conoce las instituciones en las que se mueve; el funcionamiento de las mismas, sus engranajes, sus instrumentos, sus dispositivos y disposiciones, en fin, conoce el escenario en el que ejerce su dominación, y sabe con que lealtades cuenta a la hora de disciplinar las fuerzas. Como decía Weber, el estado es una construcción a partir de la dominación. Lo que importa en este tipo de construcción política es el sentido del hecho, el sentido puro de la acción. Lo racional es aquellos que tiene un sentido y está orientado a un fin. La dominación conlleva una aceptación relativa de los dominados, de ahí que la institucionalización y sus mediaciones impliquen una lógica de dominación que se expresa en el estado político como expresión de la conflictividad. El poder, para Weber es la posibilidad de imponer la propia voluntad sobre la conducta ajena. Este saber político es un tipo de saber concreto, pertenece a una clase determinada: la clase política.

Esta clase política, es, en relación a un Estado. En Bolivia, este Estado, es colonial. Bolivia nace a la vida independiente en 1825 conformada sobre la base de la administración colonial. Por eso podemos decir que el Estado boliviano, en cuanto aparato administrativo, político e ideológico no nace en 1825 con la independencia, sino que ya estaba conformado como tal antes; es una herencia colonial. Los orígenes del Estado boliviano tienen que ver con la conquista. Los españoles no sólo llegan armados con arcabuces, espadas y lanzas, montados en caballos, acompañados por el discurso religioso cristiano, sino que su arma principal era el aparato estatal.


1 R.A. Mayorga, 1999: 349-350

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