mayo 27, 2019

El mundo al revés


Por Julio A. Muriente Pérez *-.


Así definía una analista internacional de Telesur el despropósito promovido —sobre todo durante los pasados meses— por el gobierno de Estados Unidos contra la República Bolivariana de Venezuela, que cada vez con mayor frecuencia, pareciera sufrir más una obsesión desquiciada que tener una intención mínimamente razonada, aunque fuera injusta y equivocada.

Tanto así, que Washington ha provocado una agria controversia con sus cómplices europeos, al pretender legitimar la llamada legislación de alcance extraterritorial (Ley Helms Burton), que constituye un flagrante atentado contra la soberanía nacional tanto de sus amigos como de sus enemigos. Todo con tal de hacerle daño a Cuba, de castigarla por ser aliada de Venezuela. Y de lanzar un zarpazo contra Nicaragua, porque en sus palabras, estos tres países son una suerte de triángulo del mal que hay que borrar del mapa. Todo para recordarle al mundo que ellos son los dueños del universo, reviviendo el anticomunismo más primitivo y lo peor de la llamada guerra fría.

Ya no disimulan. El pasado 30 de abril, cuando se escenificó la chapucería golpista más reciente encabezada por sus monigotes, los más altos funcionarios del gobierno de Estados Unidos se la pasaron todo el día enviándole instrucciones a esos subalternos en Caracas, echándole leña a la hoguera mediática, mintiendo, inventando, amenazando, en fin. Han de haber sufrido una gran frustración al final de la jornada golpista, luego de que el gran dirigente Leopoldo López terminara refugiándose heroicamente en las embajadas de Chile y España; que la base aérea Carlota se mantuviera incólume frente a los ataques arteros de los golpistas; que apenas un puñado de soldados fueran persuadidos por los sediciosos, de los cuales numerosos denunciaron que habían sido engañados y el resto terminó refugiado en la embajada de Brasil; que todo aquel griterío violento se hiciera sal y agua.

¿Qué pasó con el respeto a la soberanía nacional, que se supone sea piedra angular en la relación civilizada y respetuosa entre Estados nacionales, irrespectivamente de sus coincidencias o diferencias? ¿A dónde fueron a parar la Carta de la ONU y los acuerdos internacionales en los que se afirma y reafirma el derecho a la autodeterminación, el llamado a luchar por la paz y la concordia entre pueblos y países? ¿Qué fue de la suerte de aquellas palabras lapidarias del gran mexicano Benito Juárez, cuando afirmó que “el respeto al derecho ajeno es la paz”?

¿Cómo es posible que presidentes de diversos Estados estuvieran celebrando e instigando, como si tal cosa, la escandalosa violación a la independencia de Venezuela Bolivariana; regocijados con los encapuchados armados de piedras, bombas molotov y armas de fuego; entusiasmados con que los militares traicionaran su patria y su honor; promotores de la violencia más descarnada? ¡Todo eso en nombre de la democracia!

Los principios y los acuerdos, todo, ha sido lanzado al cesto de la basura, para dar paso a la ley del más fuerte y abusador. A validar el pretendido derecho de las grandes potencias a imponer su voluntad, sin importarle las consecuencias. Por eso sienten que no tienen que darle explicaciones a nadie cuando intentan rendir por hambre y amenazar a la Revolución Bolivariana. Ese es, piensan con absoluta certeza, su deber. No por casualidad han llegado a la insolencia de decir que la Doctrina Monroe está vigente en pleno siglo veintiuno.

En efecto, quieren poner el mundo al revés, para que prevalezcan la injusticia, el saqueo de nuestras riquezas y la desigualdad. Tanta locura debe enfrentarse, como dijera el presidente Maduro, con temple de acero. Con absoluta firmeza. Advertidos de que a este enemigo del siglo veintiuno lo mueven el odio y la codicia.

No hay de otra.

* Catedrático Universidad de Puerto Rico y dirigente del Movimiento Independentista Nacional Hostosiano (MINH) de Puerto Rico

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