agosto 20, 2019

Lo amazónico: otra convivialidad (II)


Por Rosario Aquím Chávez * -.


Para los Tsimane, JÄJÄBÄ, es el guardián que vigila y protege los animales. IYADYE’ y CUJIJ son los protectores de las aves. IDOJORE’ es el guardián de los peces. Estos seres, son los encargados de liberar a los animales, cuando el cazador tsimane se dirige a ellos con respeto y les hace una petición para obtener su permiso y su ayuda para cazar lo necesario para alimentar a la familia. Es a través de esta relación profunda entre tsimane y guardianes de los animales, que se lleva a cabo la práctica de la caza.
Asencio Tayo, de la comunidad tsimane El Triunfo, nos cuenta de esta manera su relación con los guardianes de los animales:

“Los animales tienen amos. Si nosotros los cazamos en vano o herimos animales, el amo se enoja porque el animal llega herido; se enoja el amo y hechiza a la gente que lastima a los animales. Si los ancianos enferman, ellos curan y tienen remedios preparados para esa enfermedad y también van donde COCOJSI’, con él hace curar y el COCOJSI’ recomienda. Él sabe qué hizo mal a los animales, llegan heridos donde su amo. —‘Nunca más tienes que hacer eso’—, dice el COCOJSI’, no se pueden herir en vano a los animales”.

Pero los guardianes de los animales, no son los únicos que habitan la selva, también está O’PITO, que castiga a las personas que no obedecen las pautas culturales. Y están DOJITI y MICHA’, los dos hermanos que crearon el universo Tsimane: Dojity (Duik) es “el peleador creador que pone al mundo en su lugar a medida que viaja, y su hermano Micha’ (Mitcha) mucho más juicioso y con una vida de familia entre sus dos esposas. Luego de muchas peregrinaciones, Dojity, siempre soltero, llega donde su hermano y se propone robarle una de sus mujeres, huyendo con ella hasta el fin del mundo, al oeste, en las montañas. Desde entonces, viven cada uno en uno de los confines del mundo” [1].

Cuenta el mito que:

“Cuando el tiempo no tenía apuro y los astros eran gente …la tierra era plana y se hundía constantemente, daba vueltas y se volcaba. DOJITY (un astro que había bajado a la tierra) decidió mejorar la tierra porque pensaba que faltaban cerros para equilibrarla y evitar que se volcaran.
Ordenó al pájaro carpintero que volara sobra la tierra como todavía lo hace: en forma de olas por arriba y por abajo. Así se formaron cerros y serranías y la tierra se equilibró.

Una vez arreglada la tierra DOJITY decidió hacer a la gente.
Con sus manos preparó barro y creó a los Tsimane, por eso son tan finos y fuertes.

Luego escogió varias maderas y trabajó con machete. De madera balsa hizo a los blancos y del árbol del tajibo hizo a los negros. Así empezó la gente. Cuando tuvo hambre tomó un arco y flechas, cazó algunos monos, hizo fuego y se los comió asados. Cuando terminó sopló diciendo: “que las generaciones futuras hagan así’, y desde entonces, cuando los Tsimane tienen hambre, cazan algunos monos” [2].

Es por ello que, cuando los TSIMANES necesitan extraer frutos silvestres primero tienen que solicitar permiso, también a los guardianes de los árboles frutales, porque según la mitología, ellos eran gente que fueron transformados en lo que actualmente son, por voluntad de los creadores DOJITI y MICHA’. Cuando los ancianos hablan de la coexistencia de los frutos silvestres y los animales que se alimentan de ellos, saben que estos animales antes también habían sido gentes.

Felipe Mayer Roca, de Tacuaral del Matto, nos cuenta sobre esta interrelación:

“Mo´ yicdye´ jamjemoñeräjjecacmo´ sacacdye´ jemoñeyu´tacdam´ vejdyespajquinejcoi´ chibi´ därä´can in chime´ mo´ pen chäsheban´si´ jamjemoñe´jeque´mo´sacacdye´pajquijamachi´joi´väshmo´” [3].

“…eso viene de muchos años, de Dioses de los caimanes: DOJITI y MICHA’ había pillado una gente que estaba comiendo fruta, y estaban sacudiendo los gajos, así que él los transformó en monos silbadores, entonces sigue la idea hasta ahora de cómo se saca la fruta. Los que estaban comiendo frutas, ellos eran gente, pero cuando llegaron DOJITI y MICHA’, ya le hizo transformar en los monos silbadores”.

Mauricio Maito, de San Antonio nos amplia un poco más la relación con la agricultura:

“Los ancianos antes de tumbar (talar) un palo (árbol) le hablan al Mapajo o al Bibosi. Cuando quieren tumbar, ellos se pintan su cara con el fruto de la bi que tiñe la piel color negro y recién tumban el palo, porque el amo del palo lo busca; vigila, seguía al que tumbaba (VOSHINA) y cuando estaba cayendo el palo gritaba: —‘que se escape el amo’—. Si el amo muere aplastado con el palo, el trabajador también muere. El amo del monte, si el agricultor no cuida sus sembradíos, lo castiga, el sembradío se friega”.
Y Felipe Mayer, nos complementa la información aclarando que:

“…todos los comunarios participamos de la recolección de frutos, hombre, mujeres y niños que vivimos acá en el monte, en el centro del monte, esto depende de la fruta y la especie de la fruta. Porque hablamos de MAJO, y aquí se encuentra un poquito lejano; de OCORO’, para encontrar una hora de camino y más lejos, medio día de caminata… eso recolecta el padre, pero ACHACHAIRU, MOTACÚ, otros frutos, hay varias variedades de frutos que tenemos aquí, comemos. Todo el año, nunca nos falta el fruto para que nos castiguen las frutas sin comer una clase de frutas. Así que, termina toronja y empieza otra fruta del monte, termina esa y ya empieza otra fruta… otra clase”.

Lo amazónico, así expuesto, es una trama, que organiza la vida natural y la vida social, sin perder su dimensión íntima, consanguínea y de parentesco, articulada de esta manera a su composición territorial originaria. Son poblaciones organizadas en base a formas comunitarias de convivencia, cuya estructura cultural propia, está sustentada en su imaginario y es conformadora de su ámbito simbólico y su constelación mitológica.

Esta estructura que organiza así, la vida comunitaria, constituye también un orden de relación social, que se rige en base al principio de reciprocidad, de intersubjetividad comunitaria constituida a partir de la circulación de donaciones que suponen la transitividad del don para la distribución del excedente garantizando de esta manera, la reproducción comunitaria, las alianzas y la disponibilidad de fuerzas.

Su concepción territorial conecta los cuerpos de la comunidad con los cuerpos del hábitat, concibiendo el territorio como una ecología marcada por la memoria cultural. Son sociedades sin estado, no hay división entre sociedad política y sociedad civil, hay un vaciamiento de los poderes locales, y al mismo tiempo una integración de estas entidades vaciadas de su poder abstracto, para permitir a los poderes locales concretos su vinculación con los saberes concretos de la gente.

No están aislados, el entramado de su tejido se abre, a un conjunto de relaciones interétnicas que pueden apreciarse en los intercambios que los Tsimane tenían al comercializar las plumas de las aves que cazaban, con los habitantes del pueblo Yuracaré y, en el suministro de sal extraída de Pa’tsenej (Pachene) a sus vecinos los Mojeños [4].

Los recuerdos sobre este tipo de intercambios comerciales, nos lo transmite Cristina Apo Lero, de Tacuaral del Matto:

“Al rio Pachene, todo este viaje era una tristeza, pero era una historia de nuestro abuelo: los antepasados, de allí sacaban su agua en una olla de potso (cerámica), y hervían hasta que se pierda el agua; salía como la sal de ahora; pero era el mal que sacaban en el monte. Así fabricaban la sal, porque el dios de nosotros, él había dejado allí, esa sal”.


1 Daillant (1994)
2 Mito recopilado por Liliana de la Quintana.
3 “Existen castigos de los amos cuando se transgreden las normas culturales que rigen el acceso para la recolección de frutos silvestres”.
4 Pauly, 1982: 11. Citado en PGTI de la TCO TSIMANE.

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