julio 23, 2019

Se “desmorona” la credibilidad y estabilidad del gobierno de Bolsonaro


Por Juraima Almeida -.


Las escandalosas denuncias de las conversaciones entre miembros del Tribunal Superior de Justicia, jueces, fiscales, medios de comunicación hegemónicos, parlamentarios de la derecha y que involucran incluso a Estados Unidos, desnudan de forma brutal toda la trampa montada para aniquilar al Partido de los Trabajadores (PT) e impedir que el expresidente Lula da Silva volviera a presidir el país, tras el golpe “blando” de 2016..

En menos de seis meses de gobierno, el tembladeral persigue a la administración de Jair Bolsonaro, máxime cuando explotaron escándalos altamente corrosivos y, simultáneamente, disputas internas por espacio y poder que elevaron peligrosamente la temperatura política, mientras la reforma de la Previsión enfrenta obstáculos en el Congreso.

No sólo son las denuncias, sino la salida a las calles de estudiantes y docentes en defensa de la educación, y de los trabajadores y movimientos sociales, que protagonizaron la última semana multitudinarias manifestaciones en 380 ciudades de país contra el plan económico y previsional del gobierno ultraderechista. El gobierno está nervioso ante el movimiento de las bases.

Bolsonaro fue electo presidente, porque logró que las fuerzas oscuras de la operación Lava Jato, comandadas por el exjuez Sergio Moro, impidieron que Lula fuera candidato. El premio para Moro fue el Ministerio de Justicia. Con el pretexto del combate a la corrupción se ha destruido la democracia y el Estado de derecho, liquidado el prestigio de jueces, golpeado duramente la economía y cambiado el destino político del país.

Brasil ha vivido varios años bajo el chantaje de una farsa. Esa farsa fue denunciada a lo largo de todos esos años por Lula –principal víctima directa–, por la izquierda, por las fuerzas democráticas, sin que el Poder Judicial frenara las arbitrariedades de la llamada operación Lava Jato, señala el sociólogo Emir Sader.

“Vaza Jato” (Vaciamiento Jet) comenzó a llamarse la serie de –hasta ahora- cuatro reportajes que publicó The Intercept Brasil (“Los mensajes secretos de la Lava Jato”), que develan relaciones promiscuas entre los fiscales de la Lava Jato (presentada como megaoperación anticorrupción) y el entonces juez Sérgio Moro, actual ministro de Justicia del gobierno de Jair Bolsonaro.

En las conversaciones reveladas, Moro no sólo juzga, sino que también piensa la estrategia, sugiere fuentes, pasa pistas, aconseja cambiar el orden de las etapas de la investigación opina y direcciona sobre el transcurso de la operación.

El vicepresidente de la Corte Suprema de Justicia, Luiz Fux, fue salpicado la última semana por el escándalo. Fux habría brindado su apoyo al fiscal Dallagnol y a Moro para el desarrollo de las investigaciones de la Lava Jato, frente a una posible posición contraria de Teori Zavascki, magistrado relator del caso en el Supremo que murió en un accidente aéreo en enero de 2017.

Ahora resucitaron también las dudas sobre el supuesto accidente aéreo de Zavasck, así como la supuesta cuchillada al entonces candidato Jair Bolsonaro, en setiembre de 2018.Un año después del “accidente” dijo el hijo de Zavasck: “No tengo cómo pensar que no mandaron matar a mi padre”. Lula puso en duda la autenticidad de la puñalada: “tiene algo extraño, muy extraño”, señaló en la Superintendencia de la Policía Federal de Curitiba donde lleva 14 meses preso por la condena firmada por Moro.

Bolsonaro mencionó en varias ocasiones- ante periodistas y en templos evangélicos-, que haber sobrevivido al ataque fue un milagro a través del cual Dios le encomendó la misión de gobernar Brasil. Pero los médicos nunca explicaron por qué luego de darle el alta prohibieron que Bolsonaro participara en debates con otros candidatos y en cambio autorizaron que conceda entrevistas a periodistas amigos.

Las luchas intestinas

En las luchas internas, los seguidores del gurú ultraderechista Olavo de Carvalho disputan contra los técnicos del gabinete, mientras crece el malestar y descontento entre los militares que integran un gobierno que tiene a un general (Hamilton Mourao) como vicepresidente. Olavo considera a los militares de enemigos conspiradores, con epítetos que van de bostas inútiles a mierda engominada.

Los militares ya habían advertido a Bolsonaro de las agresiones de Olavo y de Carlos, uno de los hijos del presidente, y exigido que bajaran sus agresiones por las redes sociales.

El tono agresivo casi desapareció, hasta que el viernes Bolsonaro sacó de la secretaría general de Gobierno al general Carlos Alberto dos Santos Cruz, uno de los blancos preferidos por el astrólogo-gurú oficial. La causa: el presupuesto para las redes sociales derechistas. Los militares “duros” del gabinete -Mourao, Augusto Heleno- exigieron su reemplazo por otro general en actividad, Luis Eduardo da Silva Pereira.

Ese mismo día, Bolsonaro anunció el despido “en los próximos días” del general Juarez Aparecido de Paula Cunha de la presidencia de Correos, por haberse comportado como sindicalista. Cunha pertenece al ala militar que se opone a la privatización de las empresas estatales y dijo en Diputados que con una eventual desnacionalización de los Correos se vendería solamente la parte lucrativa de la empresa.

Pero el que está desbocado no es solo el presidente. Heleno, en un desayuno con periodistas junto a Bolsonaro, tuvo un ataque de furia al referirse a Lula, a quien calificó como un canalla que debería haber sido condenado a cadena perpetua.

El caso Moro desató una nueva crisis en el gobierno de Bolsonaro, cuya popularidad bajó 20 puntos en los primeros cinco meses de gestión. La economía está al borde de la recesión y los desocupados suman 13,2 millones, más otros quince millones de precarizados o personas que ya ni buscan trabajo.

Un Globo que se desinfla

El presidente Bolsonaro defendió a su ministro de Justicia, Sergio Moro, e insinuó que los mensajes personales que demostraron su parcialidad cuando era juez anticorrupción y encarceló a Lula, pueden haber sido falsificados, informó el diario O Globo.

El grupo Globo, gigante de la comunicación -que no logra disociarse del esquema mafioso de la operación- que disfruta de un poder imperial en el control de la agenda y el contenido de la información que circula en Brasil, fue sorprendido por un modesto portal digital, por su ética, decencia profesional, imparcialidad periodística y compromiso con la soberanía y la democracia.

Hoy Globo muestra, abrazado al cadáver de Moro, señales de desesperación e inestabilidad, con su credibilidad está por el suelo. El primer 3% de las informaciones divulgadas por The Intercept causaron un tsunami en la cúpula conspirativa del Lava Jato-Globo que comenzó por derrocar a la presidenta constitucional Duilma Rousseff y siguó con la prisión de Lula para sacarlo de la contienda electoral y facilitar el triunfo de Bolsonaro.

Y aún falta conocer el 97% de las pruebas, que incrimina a agentes de la Policía Federal, Fuerzas Armadas, Ministerio Público, grupos empresariales, el Poder judicial entero (desde el nivel inferior hasta el Supremo Tribunal Federal), a políticos y a la red Globo. Es que al menos en los últimos cinco años, un engranaje hasta ahora secreto actuó en Brasil con características mafiosas, al margen del estado de derecho, monitoreado por EEUU, o al menos en asociación ilícita con agentes estadounidenses.

La revista Veja, abanderada del Lava Jato, publicó en la tapa de su última edición un busto de Moro cayéndose a pedazos junto al título “Desmoronándose”. Lo que Bolsonaro teme es que Moro abra la boca y el último fin de semana dijo que sólo confía un “cien por ciento” en su madre y en su padre. Ni en Dios, pareciera.


* Investigadora brasileña, analista asociada al Centro Latinoamericano de Análisis Estratégico (CLAE, www.estrategia.la)

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