septiembre 22, 2019

El Rey León, papilla neoliberal

“La vida no es justa, ¿verdad, amiguito? Mientras algunos nacen para darse un festín, otros viven en la oscuridad… suplicando las sobras. Todo lo que ves coexiste en un delicado equilibrio. Mientras otros buscan qué pueden tomar, un verdadero rey busca qué puede dar”.

Así se presenta en el segundo tráiler oficial la nueva versión de acción real de El rey león, a estrenarse en julio próximo en los cines de Latinoamérica. Platillo para niños del neoliberalismo más rampante.

“Simba, debes recordar quién eres”, le dice una voz suprema al cachorro. “Debes ocupar tu lugar en el ciclo de la vida”. Un mensaje no solo dirigido al único y verdadero rey” que busca “qué puede dar”, sino también un relato estructurado para asentar un “ordenamiento” en las mentes de la mayoría subordinada y de los carroñeros que sobreviven en los “oscuros rincones del mundo”, esperando y desesperándose por el mandato y las sobras del que ha nacido para soberano.

“Todos los intentos de Disney se basan en la necesidad de que su mundo sea aceptado como natural, es decir, que combine los rasgos de normalidad, regularidad e infantilismo”, nos advertían Ariel Dorfman y Armand Mattelart al iniciar el capítulo II, “Del niño al buen salvaje”, de su manual de descolonización Para leer al Pato Donald (1972).

“En esto reside el hecho de que su mundo esté poblado de animales. A través de esto la naturaleza invade todo, coloniza el conjunto de las relaciones sociales animalizándolas y pintándolas (manchándolas) de inocencia”. Empero, y he aquí el principal descubrimiento del libro, “el uso que hace Disney de los animales es para atrapar a los niños y no para liberarlos”.

Con estas historias de animalitos se nos suministra el cuentecito. En nombre del “delicado equilibrio”, se naturaliza la competencia y el individualismo; el “sálvese quien pueda” ordenado por el elegido. “Mero resto del estado bárbaro”, para la visión humanista de José Martí.

Estas “carreras liberales” —apuntó en su Diario de Campaña, de Montecristi a Cabo Haitiano— son “el cauce abierto y fácil, la gran tentación, la satisfacción de las necesidades sin el esfuerzo original que desata y desenvuelve al hombre, y lo cría, por el respeto a los que padecen y producen como él”. Expresiones de la arrogancia y el egoísmo, actitudes perniciosas para la sociedad, en tanto se basan “en el concepto, sincero o fingido, de la desigualdad humana”.

La manipulación de Disney —afirman Dorfman y Mattelart— pasa por “expulsar la verdadera naturaleza de los animales y usar solo su cuerpo impostor” y exagerarlo hasta un extremo pedagógico. Por la asunción de una realidad social “salvaje” y natural, una sociedad injusta (¿verdad, amiguitos?), polarizada entre integrados a los estratos favorecidos del mercado laboral y los “otros”, inadaptados para acceder a él, depositarios —al mismo tiempo— del odio y el temor social.

El rey sobre la roca representa la “clase especializada” que ejerce “la función ejecutiva”, planifica “los intereses comunes” y que, haciendo uso de la “atracción” del poder, distrae al “rebaño desconcertado”. Y como produce y reproduce el miedo a las hienas, asegura la subordinación de “estúpidos” y “espectadores”, la mayoría del mundo.

Así ha simplificado Disney la selva que es su imagen del mundo, o el mapa del mundo más rentable a sus intereses.

Con los años se ha actualizado, millones ha invertido en perfeccionar su maquinaria de subjetividad “capitalística”. El rey león supera —para mayor manipulación— la disyunción “civilización o barbarie” que Martí prefirió interpretar como “naturaleza o falsa erudición”.

Con Scar, Disney construye un enemigo tercero con el que consigue desvirtuar el eje verdadero de la lucha de clases. La batalla por la vida, amiguitos, no es entre el cazador y su presa, o entre ricos y pobres, sino entre el cazador y el carroñero, entre la nación elegida por Dios (EE.UU.) y los terroristas, narcotraficantes, comunistas….

Mufasa y Simba no parecen “la derecha”, sino el “centro progresista”, conciliador. La monarquía del mercado es buena. El capitalismo es natural.

“Todo lo que ves coexiste en un delicado equilibrio”. Un equilibrio defendido por El Rey en nombre de todos y todo dentro del mismo ciclo de la vida. De un ciclo pendular: una constante sucesión de ajustes y reequilibrios, correcciones de anomalías que devuelven al sistema a su equilibrio. Un ciclo de un capitalismo a otro, claro está y así de sencillo.

Friedrich von Hayek, el padre del neoliberalismo, planteaba en la medianía del siglo XX que la lucha de ideas consiste en generar “cierta idea coherente del mundo en el que se quiere vivir […] a través de un conjunto de ideas abstractas y generales”.

Y que para hacer que estas ideas “hagan políticamente posible lo que parece imposible”, tienen que llegar a ser “de propiedad común”, mediante una lenta filtración desde la cúspide de una pirámide hacia la base. Como esas nuevas ideas “no llegan a la base en su estado de generalidad”, debían conocerse “solo a través de su aplicación a casos concretos y particulares”.

Ese ha sido el gran servicio del gran emporio Disney: difundir estos correlatos de manera simplificada, velar sus verdaderos objetivos y asentarlos como sentido común.

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