septiembre 22, 2019

La Guatemala de Jacobo Árbenz y la supuesta amenaza comunista


Por Maitte Marrero Canda -.


Guatemala-. »Árbenz dejó el poder; lo sucede el cnel. Diaz», así titulaba el periódico guatemalteco Prensa Libre este día de 1954 la consumación de un golpe para doblegar al hombre que se atrevió a tocar a la United Fruit Company.

La víspera, en un discurso histórico a la nación, Árbenz dejaba claro el origen de la guerra desatada contra Guatemala desde hacía 15 días, ‘de la cual aparentemente no hay ningún Gobierno responsable’, decía, para enseguida advertir:

‘Esto no quiere decir que no sepamos quién ha desatado la agresión contra nuestra querida patria. La United Fruit Company, los monopolios norteamericanos, en connivencia con los círculos gobernantes de Norteamérica, son los responsables de lo que nos está ocurriendo’.

Fueron sus primeras palabras al renunciar a la presidencia, tras ataques aéreos sobre la capital con un efecto sicológico innegable, la incursión de 300 mercenarios desde suelo hondureño encabezados por el coronel Carlos Castillo Armas y una campaña internacional como precursores del comunismo, que fue inútil contrarrestar.

El derrocamiento de la revolución, iniciada con Juan José Arévalo, no era fruto de la casualidad ni del pataleo de un grupo de terratenientes afectados; tenía un nombre, Operación PBS-Success, con puesto de mando en la Agencia Central de Inteligencia (CIA) y luz verde del presidente norteamericano Dwight Eisenhower.

Ya la CIA había intentado sin éxito dar un golpe en 1952, pero ahora la política expropiatoria impulsada por Árbenz servía de perfecto chivo expiatorio para encubrir un miedo mayor, la llamada ‘amenaza comunista’, esbozada desde entonces para desestabilizar o acabar con gobiernos progresistas en América Latina.

‘El principal señalamiento contra la administración Árbenz fue la de dar cabida a comunistas en el Gobierno. El embajador estadounidense John E. Peurifoy, dijo que aunque el presidente no era comunista, facilitaba demasiado las cosas a quienes sí lo eran’, reseñó un artículo de Prensa Libre publicado en junio de 2014.

Incuso, el golpe a la United, que tenía el monopolio del ferrocarril y enormes extensiones de tierra ociosa, era perfecto para John Foster Dulles, prominente abogado estadounidense y accionista de la compañía, quien junto a su hermano Allen Dulles ‒entonces jefe de la CIA‒, orquestó la campaña de desgaste y derrocamiento.

Para el 18 de junio de 1954 se reporta el ingreso del llamado Ejército de Liberación Nacional, bajo el mando del traidor Castillo Armas, y el total apoyo de la Iglesia Católica.

Con la idea de preservar los logros de la Revolución, Árbenz comunicó el 28 de junio por la radio que dejaba el poder al coronel Carlos Enrique Díaz, jefe de las Fuerzas Armadas; sin embargo, este ya había negociado su permanencia, un triunvirato de un día, ya que fue sacrificado.

El 1 de julio, Castillo asumía la presidencia; el primer golpe de la CIA en América Latina estaba consumado y el ‘presidente del pueblo’ soportó humillaciones antes de abandonar Guatemala para vivir en el exilio, donde murió solo en 1971.

Árbenz se convirtió en un hombre peligroso y un ‘mal ejemplo para la tranquilidad del hemisferio’ a los ojos de Estados Unidos. Cometió culpas imperdonables: profundizar una Reforma Agraria en beneficio popular, querer mejorar las condiciones de vida de los campesinos ante la rampante pobreza, dictar autonomía universitaria y permitir la formación de partidos y sindicatos, entre otros.

Pasados 65 años, poco ha cambiado en Guatemala la política de sumisión y entreguismo a Washington de sucesivos gobiernos, dictatoriales o democráticos.

También es casi intacto el miedo inoculado por años hacia aquellas fuerzas políticas que se autoproclaman de izquierda o simplemente progresistas.

No hay que ir muy lejos, partidos como Convergencia, Winaq, Unión Nacional Revolucionaria Guatemalteca, Semilla y Movimiento para la Liberación de los Pueblos sufrieron en la reciente campaña electoral el efecto de una propaganda sistemática de desprestigio para restarles votos.

El odio que despierta ser tachados de comunistas (igual al diablo para algunos elementos reaccionarios), todavía funciona en la Guatemala que soñó Jacobo Árbenz.

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