octubre 14, 2019

“La vida no vale nada”


Por Carla Espósito Guevara * -.


Hay periodos de la historia en que los mares se han convertido en testigos mudos de los peores secretos de la humanidad. En la década de los 70, la costa chilena del pacifico se convirtió en el cementerio de miles de militantes de izquierda arrojados vivos al agua atados al metal de durmientes de trenes en desuso por la dictadura de Pinochet; desde el 2015 el mar Mediterráneo también se convirtió en un cementerio en el que quedaron sumergidos los cuerpos de otros miles de migrantes africanos naufragaron el él, huyendo despavoridos de la guerra creada por la OTAN; hoy en día el rio Bravo está empezando ser el cementerio de cientos de cuerpos de migrantes centroamericanos que escapan de sus tierras por condiciones de vida insoportables en sus países que ya no les permiten sobrevivir.

La semana pasada el mundo fue conmovido por una estremecedora imagen, el cuerpo de un padre y su hija de nacionalidad salvadoreña que murieron ahogados en el río Bravo cuando intentaban cruzar de México a EE.UU. La niña tenía un brazo atado al cuello de su padre. Esta imagen se convirtió en el símbolo del sufrimiento que enfrentan los solicitantes de asilo que intentan ingresar territorio estadounidense.

Hay quienes compararon esta imagen con la de Aylan Kurdi, el niño sirio encontrado muerto en las costas de Lesbos el año 2016 y las comparaciones sobran, ambas historias guardan una similitud enorme y señalan con toda crudeza, el estado del capitalismo global en el que ciertas vidas, ciertos pueblos y ciertos cuerpos, pese a ser económicamente activos y poseer un oficio, han pasado a ser desechables para el capital.

Durante el siglo XX los centros del capitalismo mundial engulleron grandes cantidades de mano de obra barata proveniente de las periferias del sistema que se constituía en ejercito industrial de reserva, pero el capitalismo globalizado del siglo XXI procedió a una nueva organización espacial del planeta creando zonas en las que ya no se trata solo de mantener un ejército industrial de reserva, sino que ha creado enormes grupos sociales despojados en extremo por la guerra y las políticas neoliberales, que el capital ha decidido desechar por completo arrojando sus cuerpos a los mares.

El capitalismo en su fase neoliberal globalizada promueve compulsivamente la libre circulación de mercancías, pero paradójicamente, no la libre circulación de las personas. No hay fronteras para las cosas, pero si para la gente y cruzar las fronteras se ha convertido entonces, en un nuevo delito. Los migrantes pasan ahora por un nuevo sistema de clasificación social que los convierte en una nueva forma de otredad inservible que deriva en su criminalización y las fronteras son convertidas en zonas grises, lugares en los que se suspenden los derechos, las protecciones y las garantías. Todo inmigrante pobre es ilegal y lo legal ahora es dejarles morir.

Los migrantes pobres no pueden pasar las fronteras, pero las fuerzas del capital pueden penetrar en los estados y desestructurarlos, ellos son el resultado de esa desestructuración. El capital globalizado y las guerras por el petróleo está implosionando las periferias del mundo y un cuarto mundo está surgiendo en ellas. Tomas Katari, haciendo eco de las palabras de Rosa Luxemburgo, decía hace poco en una columna, que hemos llegado a la barbarie, probablemente sí, quizás esta sea su antesala y los mares son testigos mudos que guardan silenciosamente los cuerpos desechados por la expansión de esa barbarie llamada capitalismo global en la que, como dice Silvio Rodríguez, “la vida no vale nada”.


* Socióloga.

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