julio 23, 2019

Los límites del Pacto Global sobre Migraciones


Por José Galindo * -.


Tres cuestiones de fondo no permitirán nunca resolver las diversas crisis migratorias que actualmente se dan en nuestro planeta: la lucha por el restablecimiento de un mundo unipolar liderado por los EE.UU.; la concentración de la riqueza en pocas manos y pocas naciones; y la contemplación de una democracia meramente formal pero no efectiva. Sin superar estos tres obstáculos, siempre habrá refugiados y estos nunca tendrán, de verdad, derechos.

Hace un par de semanas, mientras el presidente mexicano Andrés Manuel López Obrador festejaba la firma de un Tratado de Libre Comercio con los Estados Unidos y Canadá, imágenes de un padre y su niña que se habían ahogado tratando de cruzar el Río Bravo despertaron la indignación de todo el mundo. La reacción de los medios de comunicación, natural y comprensible, no deja de ser algo contradictoria e incluso ligeramente cínica cuando se considera que durante los últimos años la llamada “crisis migratoria” no ha hecho más que agudizarse, como efecto de una multiplicidad de factores que no parecen encontrar respuestas en ninguna de las iniciativas globales que se han puesto en marcha para contrarrestar el cada vez más voluminoso movimiento de personas a través de las fronteras. Los gobiernos aplauden la caída de los muros virtuales del comercio, mientras contemplan indiferentes cómo se erigen gigantescos muros de concreto.

El Pacto por una Migración Segura, Ordenada y Regular parece haber fracasado, como también parecen haberlo hecho los Acuerdos de París contra el Cambio Climático. Los desafíos que se le plantean a la humanidad desde los fenómenos de la migración y el calentamiento global son claros para casi todos, que reconocen el problema pero desde enfoques e intereses muy diferentes. Éste obstáculo, que muchos podrían calificar de epistemológico, obstruye toda posibilidad de resolver con éxito los dos mencionados problemas.

Tres crisis sin resolver

Tal como criticaba la popular presentadora de noticias de Russia Today, Inna Afinogenova, incluso países que se ven profundamente afectados por el discurso xenófobo y antinmigrante del presidente Donald Trump, caen en los mismos vicios que su vecino del norte cuando se trata de recibir a los miles de migrantes que tratan de cruzar sus fronteras. Una situación verdaderamente irónica cuando se toma en cuenta que Latinoamérica es una región del mundo especialmente afectada por cómo se aborda el problema de la migración internacional, más no la única, eso es claro.

En 2015 fue Siria, que devastada por una guerra civil y su azuzamiento por parte de potencias extranjeras, protagonizó tal vez la primera “crisis migratoria” de ésta década, con más de cinco millones de refugiados que han escapado hacia otros países de la región como Turquía, Líbano, Jordania y países de Europa desde 2015 hasta la fecha. A parte de ésta cifra, casi 5 mil personas han muerto tratando de dejar éste país o en las puertas de otro. La gota que derramó el vaso fue una fotografía del cadáver de Aylan Kurdi, un niño menor de cuatro años cuyo cuerpo llegó a las playas de Turquía, suavizando el corazón de la comunidad internacional y motivando a la Asamblea General de las Naciones Unidas a buscar una solución al problema sirio con la propuesta de un Pacto Migratorio que fue convocado en septiembre de 2016 y recién firmado en diciembre del año pasado.

Poco después, una combinación de crisis económica y aguda inestabilidad política impulsó una ola migratoria desde Venezuela cuya verdadera dimensión aún queda por calcularse, aunque existe un consenso casi general en que casi 3 millones de venezolanos dejaron su país entre 2016 y 2018. La respuesta internacional no fue mejor que la que se dio durante los primeros años de la crisis siria, despertando reacciones xenófobas o por lo menos obstaculizantes en todos los países de la región que se convirtieron súbitamente en el destino de éste éxodo. La actual disputa geopolítica de los Estados Unidos por recobrar influencia sobre el continente suramericano derivó rápidamente en la instrumentalización de éste asunto, sin que ello significara ninguna mejora en las condiciones de vida de los emigrantes venezolanos.

A inicios de 2018 otro movimiento masivo de personas a través de las fronteras fue registrado por los medios de comunicación de todo el mundo, a pesar de que su gestación se estuvo dando desde hace décadas. Empujados por la necesidad de escapar de la pobreza y los efectos más nocivos del crimen organizado, millones de personas de los países centroamericanos de Honduras, Guatemala y El Salvador actualmente se encuentran luchando persistentemente para tratar de ingresar a los EE.UU.

Se calcula que se trata, desde 2018 hasta la fecha, de casi un millón de personas que intentan llegar a éste último país a través de México, nuevamente, sin mucho apoyo de la comunidad internacional y enfrentando más obstáculos que los que se hubiesen presentado hace un par de años. Nuevamente aunque con menos repercusiones políticas que en el caso sirio, una fotografía de Oscar Martínez y Angie Martínez, una niña y un padre ahogados al tratar de cruzar el Río Bravo, indignó a la opinión pública internacional sin que por ello la dura política migratoria estadounidense se relajara en lo más mínimo.

Tres aspectos deben destacarse de las tres crisis migratorias que acabamos de repasar superficialmente: primero, ninguna se ha resuelto desde que estalló, ni en Siria, ni en Venezuela ni en Centroamérica.

De hecho, el volumen de migrantes en cada una de estas regiones sigue creciendo de forma alarmantemente estable; segundo, lejos de obligar a buscar soluciones más prácticas y definitivas, los principales países de destino se han limitado a aplicar de forma cada vez menos eficaz diferentes combinaciones de políticas antinmigrantes que van desde la militarización de sus fronteras hasta la asfixiante obstaculización burocrática de la migración; y tercero, el número de víctimas que estos movimientos masivos de personas están provocando no hace más que crecer, lo que nos obliga a sospechar que, de hecho, hay partes que ganan con éste perverso juego. El crimen organizado en todas sus manifestaciones (desde la prostitución hasta la trata y tráfico de personas), la corrupción gubernamental en los puestos de frontera e incluso miembros de la sociedad civil de los países de destino parecen más interesados en que ésta situación no se resuelva.

Tratando de entender la migración: dos tipos de países

La migración internacional suele entenderse generalmente a partir de dos tipos de teorías: teorías economicistas de la migración internacional y teorías sistémicas de la migración internacional:

Las primeras entienden a la migración internacional simplemente como el resultado de la existencia mejores salarios al otro lado de la frontera, por lo que toda migración sería, en el fondo, el resultado de una búsqueda consciente de mejores condiciones de vida. Estas teorías, en todas sus variantes, colocan a la industrialización y el rendimiento del Producto Interno Bruto de los Estados como las principales causas que motivan a las personas a dejar o quedarse en un lugar y se centran más en los polos de atracción que en los de expulsión. Dejan de lado, al mismo tiempo, otros factores, como la existencia de condiciones adversas al desarrollo de las personas de tipo no económico, como la violencia, el clima o la falta de oportunidades de desarrollo personal.

Las segundas, más complejas por otra parte, parten de la premisa de que existen dos tipos de factores que rigen el funcionamiento de la migración: los famosos push and pullfactors, que empujan a las personas y las jalan, al mismo tiempo, para dejar un lugar y dirigirse a otro. Así, mientras se acepta que mejores condiciones de vida y mejores salarios pueden influir en que las personas busquen dejar un país para dirigirse a otro, también se toma en cuenta otros factores, como los de expulsión: la pobreza endémica, la violencia de tipo sistémico o aislado, la inestabilidad política e incluso el cambio climático. Hasta el momento, son las teorías más aceptadas a nivel académico para explicar la migración, aunque no siempre toman en cuenta otros factores que pueden darse desde el lado de los polos de atracción para, irónicamente, repeler la migración, como los diferentes regímenes migratorios que pueden incentivar u obstaculizar el movimiento de personas a través de las fronteras, como visas, pasaportes, puntos de control migratorio, etc.

No obstante, a pesar de sus diferencias, ambos tipos de teorías para explicar la migración internacional aceptan el hecho de que en el mundo hay dos tipos de países: países donde la gente desea llegar y países que la gente quiere dejar. Un punto de partida que debe ser cuestionado de principio si se quiere encontrar una respuesta efectiva al desafío que la migración internacional le plantea a la humanidad. Ésta forma de entender el mundo podría ayudarnos a cuestionar las propias bases de su división y, porqué, al mismo tiempo, resulta tan difícil en estos tiempos tener una migración segura, ordenada y regular.

Los límites del Pacto Global por una Migración Segura, Ordenada y Regular
En diciembre del año pasado se logró consolidar el largo proceso preparativo del Pacto por una Migración Segura, Ordenada y Regular, tras varios meses de deliberación y discusión sobre una propuesta de borrador que finalmente fue firmada por 164 países de todo el mundo en orden de fomentar la cooperación entre todos los involucrados en la dinámica de la migración internacional de forma que ningún Estado la aborde por separado pero respetando primordialmente el principio de soberanía nacional de cada Estado sobre su territorio y su política migratoria. No obstante, el proyecto fue duramente criticado por sectores de la extrema derecha estadounidense y europea y al final, se abstuvieron de firmarlo los Estados Unidos, Chile, Bélgica, Polonia, Israel e Italia, entre otros, bajo el argumento de que el acuerdo minaba su soberanía nacional, a pesar de que uno de los puntos sobre los que más se insistió durante su socialización fue justamente su carácter no vinculante. A su rechazo se sumaría luego Brasil, como ya lo venía anunciando el actual presidente de ésta nación, Jair Bolsonaro.

Los limites de éste instrumento ya son visibles ahora, a casi medio año de su firma, a pesar de sus tímidas aspiraciones. Dos naciones básicas se enfrentan, pues, en éste documento: la del derecho de todo Estado de decidir sobre su territorio y sus fronteras, contra la que indica que todos los migrantes tienen derechos humanos. Pero su inoperancia no se explica por ésta falsa contradicción axiológica en su declaración de principios (respetar el derecho de los Estados sobre su territorio no tiene porque excluir respetar los derechos de las personas) sino porque su aplicación de hecho podría amenazar con cuestionar justamente esa división del mundo que señalábamos hace un momento, entre países donde la gente quiere llegar y países que la gente quiere dejar. Sería aceptar la evidente realidad de que el mundo está divido entre países de primera y países de segunda y daría paso a cuestionar justamente ese orden.

Aunque el segundo delos 23 objetivos del Pacto sí se propone solucionar las causas que obligan a las personas a dejar su país de origen expresando la intención de “Minimizar las causas y los móviles estructurales de la migración como las desigualdades y las fragmentaciones del sistema que promueven la migración”, dicho objetivo resulta en los hechos imposible si no se solucionan tres conflictos básicos en el sistema global de Estados de nuestro tiempo: El conflicto de los Estados Unidos para mantenerse como potencia hegemónica en el resto del planeta; la división internacional del trabajo que concentra la riqueza del planeta en pocas manos y pocas naciones; y la superación de la mera formalidad de la democracia liberal por un modelo de auténtico respeto de la libertad de las personas.


* Es politólogo.

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