julio 17, 2019

Grecia: ¿fin de ciclo?


Por Thomas Stamatakis -.


Tras cuatro años y medio al timón de un barco en constante naufragio, Syriza se enfrenta a una tormenta azul conservadora. Su único salvavidas: la convocatoria de elecciones anticipadas.

En septiembre de 2015 Syriza ganaba, por segunda vez en ese año, las elecciones generales con más del 36% de los votos. Era una victoria amarga, que se producía tras una derrota política y social ante las instituciones europeas. Las duras negociaciones con la Troika, que se extendieron durante más de ocho meses, no habían dejado espacio para implementar un programa antiausteridad y confirmaban la hegemonía de las políticas neoliberales en la Unión Europea. A esa derrota política se sumaba la derrota social que supuso la cancelación de facto del referéndum de julio, en el que el pueblo griego dijo NO (con un contundente 61%) a los paquetes de austeridad impuestos desde Bruselas. El corto verano de la resistencia daba paso a un frágil voto de confianza difícil de mantener.

Syriza basó esa segunda victoria de 2015 en dos ejes discursivos. Por un lado, en la capacidad de implementar las medidas de austeridad con sensibilidad social, minimizando los daños a los sectores más vulnerables de la población. Por otro, en la garantía de representar un nuevo “ethos”, una nueva forma de hacer política, apartada de la arrogancia, deshonestidad y corrupción que caracterizaba a los partidos tradicionales.

Tormenta azul en el Egeo

Cuatro años y medio después, el mapa griego se ha teñido casi por completo de azul conservador. Los resultados de las elecciones europeas, regionales y municipales que se celebraron el pasado 26 de mayo (con segunda vuelta el 2 de junio) han supuesto una “victoria histórica”, tal y como han calificado los medios griegos, para Nueva Democracia, cuya ventaja sobre Syriza ha superado las previsiones más pesimistas.

En las elecciones europeas la conservadora Nueva Democracia adelantaba a Syriza por casi 10 puntos, mucho más de lo pronosticado por las encuestas. Por detrás de ambos se situaban KINAL (reformulación del PASOK) y el KKE (Partido Comunista) que alcanzaban el 7,7% y 5,35% de los votos respectivamente, pero no lograban capitalizar el voto perdido por Syriza.
Amanecer Dorado perdía alrededor de la mitad de sus votos en favor del xenófobo Solución Griega, un nuevo partido que trata de separarse de la causa criminal por la que se está juzgando a Amanecer Dorado, ofreciendo una imagen más “respetable” a la extrema derecha griega. Por su parte, el neoliberal To Potami y el nacionalista ANEL, exsocio de gobierno de Syriza, desaparecían del mapa político al no lograr representación. Lo mismo sucedía con el nuevo partido del exministro de economía Yannis Varoufakis, MERA 25, que se quedaba a 500 votos de lograr escaño en el Parlamento Europeo.

La derrota de Syriza fue aún más evidente a nivel regional y municipal, puesto que no logró siquiera mantenerse como principal partido de la oposición en muchos lugares. A nivel municipal, la derecha ganaba o conservaba todas las grandes ciudades, a excepción de la ciudad de Patra, bastión del KKE. A nivel regional, Syriza perdía en prácticamente todas las regiones (11 de las 13 regiones serán gobernadas a partir de ahora por la derecha) y sólo resiste en Creta, donde ganó en coalición con los socialdemócratas de KINAL.

El oficialismo ofreció distintas interpretaciones de los resultados: el ministro de Finanzas, Euclides Tsakalotos, que representa el ala más izquierdista del partido, señaló las medidas de austeridad como el principal ingrediente del desgaste; el ministro de Telecomunicaciones y mano derecha de Tsipras, Nikos Pappas, achacó a la alta abstención los malos resultados; y el vicepresidente del Parlamento Europeo y miembro de Syriza, Dimitrios Papadimoulis, evitó la autocrítica y responsabilizó a los ciudadanos de votar sin memoria.

Sin embargo, el cuadro general parece más complejo… ¿Qué ha pasado estos cuatro años y medio para que Syriza haya perdido todo su capital político?

Desde su entrada en el Gobierno, la formación trató de minimizar el impacto de la crisis en las clases populares con medidas como la readmisión de los funcionarios públicos despedidos durante la crisis, la paralización de los recortes de pensiones, la aprobación de paquetes de ayudas sociales a personas con ingresos muy bajos (menos de 2.300 euros al año) o la subida del salario mínimo. Estas políticas supusieron un balón de oxígeno para Syriza, que evitó caer como lo hicieron todos los gobiernos que habían impuesto Memorandums en el pasado. Sin embargo, los votantes que habían depositado su confianza en el partido de Alexis Tsipras para gestionar la crisis se sentían defraudados.

En 2015, los votantes de Syriza provenían de una izquierda amplia (viejos votantes de Syriza, movimientos sociales, izquierda extraparlamentaria y votantes del partido comunista decepcionados), de exvotantes del PASOK (que permitieron a Syriza pasar de ser un partido izquierdista con el 4% de los votos a un partido de gobierno) y de capas medias situadas en el espacio político del centro-izquierda sin una adhesión partidaria clara.

Los votantes provenientes del espectro izquierdista, que habían aceptado el doloroso compromiso de austeridad en 2015, se sintieron decepcionados con la incapacidad de Syriza de transformar otras dinámicas estatales no relacionadas con el Memorándum. El ejemplo más representativo suponía la incapacidad de profundizar la separación Iglesia-Estado, que Syriza relegó a un segundo plano para mantener a su socio de gobierno, el nacionalista y ortodoxo ANEL. Un punto de ruptura fundamental con los movimientos sociales y la izquierda extraparlamentaria fue el alineamiento del Gobierno griego con las políticas antimigratorias de la Unión Europea.

La enorme pérdida de votos de Syriza en las islas del Egeo, donde se localizan numerosos campos de refugiados, confirmó el descontento de la población con la política migratoria del Gobierno. Otra promesa frustrada fue la recuperación de la televisión pública (ERT) cerrada por Samarás (Nueva Democracia). Aunque se logró la reapertura del canal y la readmisión de los trabajadores despedidos, el proyecto de una nueva estructura participativa basada en la autorganización no se llegó a llevar a cabo. Todo ello, en combinación con los efectos del Memorándum, empujaron a los votantes de izquierdas lejos de Syriza.

Por su parte, las clases medias provenientes del espacio socialdemócrata no estaban satisfechas con la política fiscal impulsada por el Gobierno (aumento del IVA, recuperación del impuesto sobre propiedades, impuesto extra a trabajadores autónomos) ni con la incapacidad de Syriza de mejorar los servicios públicos como la sanidad o la educación. Como consecuencia de ello, en las elecciones del 26 de mayo, Nueva Democracia ganó frente a Syriza entre los funcionarios públicos por un 4,8%, entre los pensionistas por el 13%, entre los trabajadores por cuenta ajena por el 8,8% y por supuesto entre los autónomos por más del 15%. Las empobrecidas clases medias habían dejado de apoyar a Syriza…

En algún momento entre las elecciones de 2015 y 2019, Syriza había perdido su ventaja moral, su retórica de confrontación con las élites y la identificación populista con sus líderes. Esto se hizo obvio para los ciudadanos con la progresiva devaluación de la democracia interna y de la transparencia del partido; con los intentos de concesión de licencias de televisión y radio a empresarios funcionales a los intereses de Syriza; y tras la persecución judicial de rivales políticos vía casos de corrupción, pero sin pruebas suficientes para que fueran condenados por los tribunales.

Además, la firma del acuerdo de Prespa que resolvía la disputa con Macedonia, creaba un nuevo problema para Syriza movilizando el voto nacionalista y conservador. El discurso oficialista, que caracterizaba a todo el que discrepase con el acuerdo de nacionalista o incluso fascista, no ha repercutido en su favor.

A modo de conclusión, dos son los ejes fundamentales que explican la derrota de Syriza en las urnas: primero, el desgaste por la implementación del Memorándum y la incapacidad para minimizar sus efectos sobre la población. Segundo, el fracaso a la hora de gestionar el Estado de una manera diferente a los partidos tradicionales.

El salvavidas electoral

La respuesta de Syriza a la debacle del 26 de mayo fue anunciar el adelanto de las elecciones generales, inicialmente previstas para octubre, al 7 de julio. Pero, ¿por qué Tsipras decidía convocar elecciones inmediatamente después de una clara victoria de Nueva Democracia?

Primero, ante la imposibilidad de revertir una tendencia electoral favorable a los conservadores antes de octubre, Syriza trata de evitar un mayor desgaste de sus apoyos acortando tiempos.

Segundo, intenta utilizar el miedo a un posible gobierno de la derecha como revulsivo para movilizar a los votantes que se abstuvieron o votaron a partidos pequeños (KINAL, MERA 25 o partidos de la izquierda extraparlamentaria), evitando así una recomposición de una fuerza a su izquierda. Tal y como mostraron las dinámicas del 26M, la única fuerza política que potencialmente podría capitalizar los votos perdidos por Syriza sería el partido de Varoufakis.

Tercero, los datos reflejan que Nueva Democracia ha agotado su capacidad movilizadora (el 26M movilizó al 85% de su electorado) y, aun ganando, tiene complicado ser capaz de formar gobierno, sobre todo si Syriza mejora sus resultados (sólo logró movilizar al 58% de sus votantes).

Cuarto, incluso en el peor escenario, con Nueva Democracia no sólo ganando, sino siendo capaz de formar gobierno, Syriza se consolidaría como la principal fuerza de oposición y alternativa a los conservadores, reemplazando al PASOK en el sistema bipartidista que duró desde los años 80 hasta el inicio de la crisis. Un indicador estadístico importante de la consolidación de un nuevo sistema bipartidista es la homogeneización del voto, con porcentajes similares en núcleos rurales y urbanos, en la capital y en la periferia y con escasa dependencia del vector de clase. Esto supone un elemento diferencial respecto a las elecciones de 2015, cuando la opción electoral se estructuraba principalmente en torno a la cuestión de clase.
En definitiva, el adelanto electoral es el único salvavidas que puede mantener a Syriza a flote ante la tormenta conservadora que arrasó el 26 de mayo.

Horizontes de posibilidad

Tras el contundente mensaje recibido en las urnas, Syriza trata ahora de definir una nueva estrategia de cara a las nuevas elecciones generales. El partido de Alexis Tsipras ha perdido influencia en todos los grupos profesionales, en todos los grupos de edad y en todos los territorios geográficos. La mayoría de los miembros del partido no creen posible una victoria de Syriza en las elecciones generales.

Con todo, la situación de Syriza puede resolverse en dos direcciones:

1. La configuración de un espacio transversal, recogiendo votos de todo el espectro ideológico, adoptando un discurso populista y construyendo alianzas con los intereses económicos. Al respecto resulta ilustrativo echar un vistazo a la lista de Syriza al Parlamento Europeo, que incluía personalidades como Elena Kountoura, exministra de ANEL; Petros Kokkalis, heredero del oligarca Sokratis Kokkalis, empresario favorito de Andreas Papandreu; Alexis Georgoulis, un actor televisivo que se ha presentado en el pasado con Nueva Democracia; o Spiros Danelis, exparlamentario del neoliberal To Potami. Una lista desideologizada que nada tiene que ver con la que llevó en 2014 a Bruselas a Manolis Glezos, héroe nacional de la resistencia contra la ocupación alemana o Konstantina Kouneva, limpiadora doméstica rociada con ácido por su actividad sindical. En definitiva, esta opción llevaría a Syriza a convertirse en el nuevo PASOK, siendo absorbida por el sistema político, con el único propósito de mantenerse en el poder.

2. La reconstrucción de un espacio que represente a las clases populares y consolide su hegemonía en la izquierda tejiendo alianzas con los movimientos sociales, estructuras de solidaridad, grupos sociales radicalizados por la crisis y sindicatos no burocratizados. Logrando así construir un bloque alternativo al conservador y un muro de contención al ascenso de la extrema derecha tanto en Grecia como en Europa.

Está por ver por qué opción se decantará Syriza tras las elecciones generales… Pero, pase lo que pase en las urnas, como ha repetido en varias ocasiones el comisario europeo de Asuntos Económicos y Monetarios, Pierre Moscovici, “ahora Grecia es un país normal en la Eurozona”. Normal, del latín normalis, que se ajusta a normas fijadas de antemano. Moscovici da así por finiquitado el único intento de plantear una alternativa a la austeridad en la Unión Europea.

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