agosto 26, 2019

Relato stereo


Por Gonzalo Sarasqueta-.


20 de junio, día de la bandera, Cristina le habla a Rosario. Otra parada más de la gira que realiza por el país para presentar su best seller, “Sinceramente”. Un boom editorial que roza los 300.000 ejemplares distribuidos. Los números de audiencia no se quedan atrás: miles de personas le dan un clima de estadio a la cita.

Desde el llano, la escuchan la madre de Plaza de Mayo, Otilia Acuña, Oscar Parrilli, Agustín Rossi y la vicegobernadora electa, Alejandra Rodenas. Más allá de las paredes, hay pancartas de gremios, banderas de movimientos sociales y universitarios. También flamea alguna Whipala. Abundan los pañuelos verdes. Y retumba el hit “Vamos a volver”. Desde las alturas del escenario, la expresidenta repasa su obra literaria (y política). Rememora: “La plaza del 1 de mayo de 1974”, “el endeudamiento”, “Néstor”, “el odio”, “el campo nacional y popular”, “el pueblo” y “los grandes grupos económicos”. Su repertorio se mantiene intacto; su público, también. Y ni hablar de su frontalidad: no hay eufemismos ni disimulos en su exposición. “No pienso hacer discurso de campaña. Olvídense conmigo de los discursos donde se dice lo que la gente quiere escuchar. Conmigo, no”, avisa.
Cristina cuida el núcleo. Las campañas electorales tienen tres funciones: refuerzo, activación y conversión. Sin duda, la senadora nacional se encarga de la primera. Su objetivo es mantener alto el piso del espacio y nutrir al primer anillo. El tour “Sinceramente” está diseñado para fidelizar al prodestinatario, ese sujeto discursivo que, según Eliseo Verón, comparte el mismo sistema de creencias, valores y objetivos que la enunciadora. Frente a “Los defensores del cambio”, Cristina forma a “Los defensores del legado”.

Para cumplir dicha meta, la exmandataria reactiva su dispositivo ideológico más filoso. Junto al novelista Marcelo Figueras, revive conflictos, fronteras y conspiraciones de sus dos gestiones. El contraste externo es el músculo de su narrativa. Vuelven los cuatro jinetes del apocalipsis: Clarín, el campo, la justicia y la embajada de Estados Unidos. No hay lamentos (ni perdón). El guion está intacto. La batalla cultural continúa. Los enemigos —no adversarios— habitan afuera del sistema de partidos. Mauricio Macri asoma como una figura lateral, un instrumento de un maquinaria superior. Más que nueva temporada, estamos frente a una remake.

En tiempos de selfies, electores independientes (Durán Barba dixit), identidades laxas, proximidad y microutopías, Cristina le corre la cara al mainstream y se ata a la épica. Confía en los grandes vientos de la historia. Ya no se pelea con la coyuntura: directamente la ignora. Es una medida de tiempo exigua para su narrativa. La longue durée es la escala temporal donde cuadra su performance discursiva. Ahí flota cómodo su verbo y ganan coherencia sus adjetivos. La expresidenta se postula como un actor estructural, no de circunstancias. Al bronce no se llega con likes.
Pero frente a esta negativa de ponerse el perfume de la época emerge una concesión, o mejor dicho, una conjugación con la ciberdemocracia. Personalización, emotividad y trama dicotómica encajan perfecto con el registro comunicacional actual. Son tres mandatos clave para tener resonancia social. Como sostiene el investigador Drew Westen, autor de The Political Brain, la política no es un contrato racional, es un vínculo sentimental. En este sentido, la candidata a vicepresidenta sigue siendo una oradora contemporánea. Cristina permanece con un pie en el siglo XX y otro en el XXI.

Sueles dejarme solo

Por el otro lado parlante, suena la voz templada de Alberto Fernández. Un tipo común, que da clases en la UBA, juega con su perro Dylan y es “fana” de Argentinos Juniors. Así se muestra en el spot autobiográfico que abrió su campaña. Una persona conciliadora, pero sensible —como cualquier político de carne y hueso— a las imprecisiones, indagaciones o críticas de periodistas. Ahí están Mercedes Ninci, Héctor Emanuele (Telefé Córdoba) y Jonatan Viale como evidencia. Un dirigente de café, pasillo y círculo rojo. Alguien con experiencia en las tensiones palaciegas. Alguien que conoce como pocos las distintas capas de la superestructura. Alguien que sabe la hora que enfrenta.

Hasta hoy, Alberto Fernández fue un actor táctico, no estratégico. Su dialéctica está entrenada para el metro cuadrado de la política. Al revés que Cristina, es un dirigente que fluye en el debate cotidiano y acepta el gris de la realpolitik. No escapa al intercambio áspero. Incluso lo busca, lo necesita porque a través de esos (micro) combates construye su capital simbólico. Entiende que el poder nace en los detalles.

El exjefe de Gabinete se maneja principalmente en el plano racional. Utiliza estadísticas, leyes, citas y datos fríos para desenvolverse en la arena pública. En el argot político se diría “tiene contenido”. Solo sube la temperatura cuando detecta que su argumentario es amenazado (escuchar la entrevista con Maria O’Donnell en Radio Metro). Sus definiciones son relativas, no absolutas. No es alguien que juega en los bordes del sistema, sino en el centro. Seguro. Lejos de las fracturas, cerca de las continuidades. ¿Sin vueltas? Un insider.

Justamente, esa mesura lo transformó en el —supuesto— complemento de Cristina. Su habilidad para tejer consensos (Massa, gobernadores e intendentes justicialistas, outsiders como Matías Lammnes, los ejemplos más importantes) lo ubicó como el responsable de la fase expansiva de la campaña. Convertir al kirchnerismo en un progresismo all inclusive es su misión. Para esa ampliación, Alberto cuenta con la legitimidad de la distancia. Su ausencia en el kirchnerismo durante la última década le permite un revisionismo profundo. Un volver a empezar para todos los desencantados (o heridos) que quedaron en el camino. Él ofrece la autocrítica que Cristina esquiva. Alberto es perdón.

Gestos contra la pared (o en busca del espectro perdido)

La fórmula parece sencilla: Cristina pone el piso, Alberto define el techo. El acto en Merlo del 25 de mayo materializó esa ecuación: ella conteniendo al último kirchnerismo (el más batallador), él recuperando el kirchnerismo originario (el más pragmático). Pero esta relación —a primera vista, simbiótica— aloja el peligro de la ambigüedad. Son dos canales reproduciendo en simultáneo música diferente. En modo estéreo, el relato del Frente de Todos corre el riesgo de perder potencia, dirección y precisión. Y en un contexto determinado por la saturación de información y la economía de la atención, el ciudadano —quizás, como nunca antes— demanda mensajes compactos, claros y contundentes. La apuesta es fuerte.
El otro inconveniente es la negatividad. El Frente de todos carece de un espectro. “Juntos por el Cambio” lo tiene y se llama Venezuela. Un significante saturado de contenido que se enciende no solo con las noticias que bajan del país caribeño, sino también con cada exabrupto, sincericidio o escrache protagonizado por sujetos vinculados al cosmos kirchnerista. Una paradoja comunicacional ya que tanto Néstor como Cristina fueron hábiles en la elaboración de antagonistas. “Los militares”, “el ALCA”, “el neoliberalismo”, “la oligarquía rural”, “la Corpo” fueron atajos mentales que, en sus respectivos entornos, operaron eficazmente. Hoy dichas etiquetas están obsoletas. Solo funcionan para el kirchnerismo nostálgico, no suman voluntades.

Alberto todavía no encuentra su vocabulario. Su encuadre de la realidad es económico, está claro. Constantemente desgrana la crisis que azota al país con análisis, rigurosidad y complejidad. Pero, en términos del lingüista norteamericano George Lakoff, le falta la palabra que prenda el marco conceptual. Ese término que sintetice, justifique y simplifique el miedo al Gobierno. Que asuste al indeciso o al votante decepcionado de Macri. Ahora, es cierto que, si apareciera esta solución discursiva, estaríamos frente a otro problema considerable: el origen del “albertismo”, una nueva identidad con imaginario propio que, seguramente, disputará su capítulo —no su párrafo— en los manuales de historia.

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