septiembre 18, 2019

La relación ser humano y la naturaleza en el pensamiento de Fidel Castro

Por Hugo Moldiz Mercado-.


Fidel Castro, a partir de la década de los 90, empezó a reflexionar sobre las amenazas del capitalismo a la relación ser humano/naturaleza, pero sobre todo al peligro que amenazaba esta forma de producir riqueza a todas las formas de vida del planeta.
La defensa de la humanidad y de la naturaleza van confluyendo desde la década de los 90 en el pensamiento estratégico de Fidel Castro. La convergencia de ambos factores, ahora elementos insoslayables de cualquier proyecto emancipador en las condiciones del siglo XXI, encuentran su exacto valor y dimensión en las ideas del máximo conductor de la revolución cubana y se hace más que imprescindible su conocimiento en un momento en que “el pulmón del planeta” se encuentra seriamente amenazado por “focos de incendio” que ya han arrasado más de un millón, de los cerca de 5 millones de kilómetros cuadrados que tiene la selva del amazonas.

La cuestión de la humanidad desempeña un papel central en el líder de la revolución cubana y de los países del Tercer Mundo a partir de dos puntos de partida: el primero, del legado de José Martí —el autor intelectual de la revolución en la mayor de las Antillas—, quien dejó plenamente instalado con su ejemplo el concepto teórico-práctico de que “Patria es humanidad”. El segundo, es más bien marxista, pues la superación del capitalismo como orden social legitimador de las relaciones de dominio/subordinación pasa por la emancipación humana de las condiciones de la pre-historia.

El objeto del presente artículo no es el análisis de la revolución cubana, en sus orígenes y su proyección, sino una rápida lectura de las intervenciones, escritos y reflexiones de Fidel Castro que nos conducen a identificar su preocupación por los problemas del hombre (léase humanidad) y de la naturaleza.

Marxista como fue hasta su muerte, Fidel no ignoraba que la división de la sociedad en clases sociales encontraba su génesis, entre otras causas, en la separación del hombre (léase también mujer) de los medios de producción con los que hombres y mujeres procuraban sus distintos niveles de satisfacción de sus necesidades. El líder revolucionario sabía bien que la relación ser humano/naturaleza, donde la tierra representaba la prolongación del cuerpo del comunario, es el rasgo central del largo periodo que precedió a la aparición de diversos órdenes sociales basados en la concentración de la producción y de la riqueza para beneficio de pocos en desmedro de la mayoría.

Pero, no es sino hasta la década de los 90, cuando el entonces máximo conductor de la revolución cubana va adquiriendo la conciencia de los peligros que acechaban a la especie humana. “Los peligros para el medio ambiente y la especie humana era un tema en el que venía meditando durante años. Lo que no imaginé nunca era la inminencia del riesgo”, aseveró en las “Reflexiones del Comandante en Jefe” el 22 de mayo de 2007 bajo el título “Nadie quiere agarrar al toro por los cuernos”.

Como se dice, las reflexiones de Fidel sobre los peligros que acechan al planeta por el cambio climático se insertan en su pensamiento a partir de la década de los 90, aunque con mayor frecuencia y rigurosidad recién a principios del siglo XXI. No se le puede criticar a Fidel Castro reflexionar y escribir sobre esta problemática —la naturaleza— recién desde principios la última década del siglo XX, como de la misma manera sería injusto que Marx reprochara a Aristóteles, a quien consideraba el filósofo más luminoso de la antigüedad, por no haber descubierto los aspectos ocultos de la Ley del valor. Todos los problemas son de su tiempo.

Vayamos por partes. Desde una perspectiva solo de la humanidad, en el pensamiento estratégico de Fidel Castro se encuentran desde antes y después del triunfo de la revolución cubana varias reflexiones teóricas que tienen como común denominador su apuesta por una superación radical (raizal se diría ahora) del orden social, nacional, regional y mundial que hace posible la situación colonial, dependiente y atrasada de los países y los pueblos del Tercer Mundo, lo que no cambia con la independencia formal y la conformación de las repúblicas en el siglo XIX, y que más bien se acentúa después de la Segunda Guerra Mundial con el dominio hegemónico imperial de Estados Unidos.

Fidel es de los plenamente convencidos de que una revolución ni se exporta ni se importa, y que la misma es el resultado de la combinación dialéctica y satisfactoria de las condiciones objetivas y subjetivas, donde éstas últimas pueden al mismo tiempo acelerar la maduración de las primeras para hacer no solo necesario sino posible el cambio social. Pero, también es de los firme y plenamente convencidos de que hay desafíos para la humanidad que no tienen porqué esperar el estallido de revoluciones sociales para encontrar soluciones para los pueblos del Tercer Mundo. De ahí que además de defender en trinchera internacional que estuviera a su alcance, el máximo dirigente de la revolución cubana no desaprovechaba ningún espacio y oportunidad para abogar por un cambio en el orden internacional injusto.

En esa dirección es célebre la intervención de Fidel el 12 de octubre de 1979, en el XXXIV Período de Sesiones de la Asamblea General de las Naciones Unidas, cuando a nombre de 95 países del Movimiento de los Países No Alineados, cuya sexta conferencia se había llevado poco antes en La Habana, cuestionó el orden mundial que concentraba la riqueza en unas cuantas potencias cuyas economías se fundamentaban en el despilfarro, en el saqueo de los recursos naturales de los países del Tercer Mundo y en la amenaza permanente del uso de la guerra.

En la parte final de su intervención, que en nada agradó a los Estados Unidos y a las potencias regionales europeas, el líder de la revolución cubana que desde 1960 resistía en solitario la agresión imperial —aunque el 19 de julio de 1979, Nicaragua se sumó a la lista de los rebeldes con el triunfo sandinista sobre la dinastía somocista—, expresó lo siguiente a manera de síntesis:

“No he venido aquí como profeta de la revolución; no he venido a pedir o desear que el mundo se convulsione violentamente. Hemos venido a hablar de paz y colaboración entre los pueblos, y hemos venido a advertir que si no resolvemos pacífica y sabiamente las injusticias y desigualdades actuales el futuro será apocalíptico”.

“El ruido de las armas, del lenguaje amenazante, de la prepotencia en la escena internacional debe cesar. Basta ya de la ilusión de que los problemas del mundo se puedan resolver con armas nucleares. Las bombas podrán matar a los hambrientos, a los enfermos, a los ignorantes, pero no pueden matar el hambre, las enfermedades, la ignorancia. No pueden tampoco matar la justa rebeldía de los pueblos y en el holocausto morirán también los ricos, que son los que más tienen que perder en este mundo”.

“Digamos adiós a las armas y consagrémonos civilizadamente a los problemas más agobiantes de nuestra era. Esa es la responsabilidad y el deber más sagrado de todos los estadistas del mundo. Esa es, además, la premisa indispensable de la supervivencia humana”.

Como se dice al inicio de este artículo, al pensamiento estratégico de Fidel Castro se suma otro factor, que aparece como una amenaza real y objetiva en la fase neoliberal del desarrollo imperialista: el peligro de la desaparición de la naturaleza y, por tanto, del planeta.

Una de las intervenciones, también célebre, es la que Fidel hizo en la Conferencia de Naciones Unidas sobre Medio Ambiente y Desarrollo el 12 de junio de 1992, denominada también Cumbre Mundial de la Tierra. En esa oportunidad, el jefe de Estado sostuvo:

“Una importante especie biológica está en riesgo de desaparecer por la rápida y progresiva liquidación de sus condiciones naturales de vida: el hombre.

Ahora tomamos conciencia de este problema cuando casi es tarde para impedirlo”.

“Es necesario señalar que las sociedades de consumo son las responsables fundamentales de la atroz destrucción del medio ambiente. Ellas nacieron de las antiguas metrópolis coloniales y de políticas imperiales que, a su vez, engendraron el atraso y la pobreza que hoy azotan a la inmensa mayoría de la humanidad. Con solo 20% de la población mundial, ellas consumen las dos terceras partes de los metales y las tres cuartas partes de la energía que se produce en el mundo. Han envenenado los mares y ríos, han contaminado el aire, han debilitado y perforado la capa de ozono, han saturado la atmósfera de gases que alteran las condiciones climáticas con efectos catastróficos que ya empezamos a padecer. Los bosques desaparecen, los desiertos se extienden, miles de millones de toneladas de tierra fértil van a parar cada año al mar”.

“Numerosas especies se extinguen. La presión poblacional y la pobreza conducen a esfuerzos desesperados para sobrevivir aun a costa de la naturaleza. No es posible culpar de esto a los países del Tercer Mundo, colonias ayer, naciones explotadas y saqueadas hoy por un orden económico mundial injusto”.

Y el máximo conductor de la revolución cubana mantiene su idea, marxista y martiana, de responsabilizar de esta situación al orden social capitalista, cuyo desarrollo a llegado a niveles tan inimaginables de destrucción de sus propias condiciones materiales de reproducción. En esa misma Cumbre señala:

“La solución no puede ser impedir el desarrollo a los que más lo necesitan. Lo real es que todo lo que contribuya hoy al subdesarrollo y la pobreza constituye una violación flagrante de la ecología. Decenas de millones de hombres, mujeres y niños mueren cada año en el Tercer Mundo como consecuencia de esto, más que en cada una de las dos guerras mundiales. El intercambio desigual, el proteccionismo y la deuda externa agreden la ecología y propician la destrucción del medio ambiente”.

“Si se quiere salvar a la humanidad de esa autodestrucción, hay que distribuir mejor las riquezas y tecnologías disponibles en el planeta. Menos lujo y menos despilfarro en unos pocos países para que haya menos pobreza y menos hambre en gran parte de la Tierra. No más transferencias al Tercer Mundo de estilos de vida y hábitos de consumo que arruinan el medio ambiente. Hágase más racional la vida humana. Aplíquese un orden económico internacional justo. Utilícese toda la ciencia necesaria para un desarrollo sostenido sin contaminación. Páguese la deuda ecológica y no la deuda externa. Desaparezca el hambre y no el hombre.

Cuando las supuestas amenazas del comunismo han desaparecido y no quedan ya pretextos para guerras frías, carreras armamentistas y gastos militares, ¿qué es lo que impide dedicar de inmediato esos recursos a promover el desarrollo del Tercer Mundo y combatir la amenaza de destrucción ecológica del planeta?”

Cerca de dos décadas después, en una de sus reflexiones escritas, Fidel al destacar que el rasgo central en la Isla hace cinco siglos —común a toda la América—, era la relación de equilibrio entre el ser humano y la naturaleza [1], hizo referencia a dos grandes nuevas amenazas para la especie humana: al cambo climático y la crisis de alimentos.

“Los problemas han tomado cuerpo ahora de súbito, a través de fenómenos que se están repitiendo en todos los continentes: calores, incendios de bosques, pérdidas de cosechas en Rusia, con numerosas víctimas; cambio climático en China, lluvias excesivas o sequías; pérdidas progresivas de las reservas de agua en el Himalaya, que amenazan India, China, Pakistán y otros países; lluvias excesivas en Australia, que inundaron casi un millón de kilómetros cuadrados: olas de frío insólitas y extemporáneas en Europa, con afectaciones considerables en la agricultura; sequías en Canadá; olas inusuales de frío en ese país y en Estados Unidos; lluvias sin precedentes en Colombia, que afectaron a millones de hectáreas cultivables; precipitaciones nunca vistas en Venezuela; catástrofes por lluvias excesivas en las grandes ciudades de Brasil y sequías en el sur”, describió Fidel con fina pluma la situación real derivada de los desequilibrios ecológicos provocados por la racional irracionalidad del desarrollo capitalista.

Y en la misma reflexión quedaría sellada en dos líneas algo que, de distintas formas, ha estado presente en todos los escritos de Fidel Castro hasta el final de sus días: “Prácticamente no existe región en el mundo donde tales hechos no hayan tenido lugar” [2]. Mas claro, difícil. El carácter y alcance de fenómenos naturales en la última década no merece mayor debate.

Una de las consecuencias más grandes, quizá la más nociva, del cambio climático atribuido a la acción del ser humano y a la negativa sistemática de los Estados Unidos para adherirse a los acuerdos de Kyoto, es la crisis alimentaria que, como hay coincidencia en muchos estudiosos, es otra de las manifestaciones del carácter multidimensional de la actual crisis del capitalismo. La decisión de Donald Trump, ya no de asumir el Tratado de Kyoto sino de que Estados Unidos salga de los Acuerdos de París, es algo que agravará la situación en el corto y mediano plazo.

Y para eso, tampoco puso en duda un minuto, de que la batalla de las ideas —como forjadora de conciencia— es el arma más importante para la construcción de ese “otro mundo es posible”.


1 Reflexiones, Fidel Castro Ruz. Es hora ya de hacer algo. 19 de enero de 2011. Oficina de publicaciones del Consejo de Estado, La Habana, 2013, Tomo 5, p. 45.
2 Reflexiones, Fidel Castro Ruz. Es hora ya de hacer algo. 19 de enero de 2011. Oficina de publicaciones del Consejo de Estado, La Habana, 2013, Tomo 5, p. 53

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