septiembre 22, 2019

Ana


Por Javier García De Alarcón -.


Ana, la primera chica a la que invite a salir, era una refugiada guatemalteca. Pensando en sus rizos de cuando estábamos en primaria podría dedicarle algunas páginas a la parte de guatemalteca de su presentación, en su lugar hoy quiero enfocarme en la parte más triste que escapa a los ojos infantiles: refugiada.

Con toda probabilidad la principal idea que uno se formaría al conocerla no es exactamente la de refugiada. Las crisis globales que azotan nuestro mundo dibujan imágenes icónicas de las millones de personas que escapan para salvar la vida por distintos peligros a otras zonas del mundo.
Meramente nombrar a los niños en centros de concentración en la frontera de Estados pareciera decirlo todo. Pero esas oscuridades atroces velan emotivamente los grises de este complejo mundo. Al final, el hecho que los activistas LGTB+ de Brasil lleguen en avión no quita que sean refugiados; la sonrisa cachetona y alegre de Ana no era una para ser una postal de alguna ONG bien intencionada, sin que por eso el dolor del exilio no fuera real.

Y el asunto es que con algunas excepciones como Siria, Irak, Afganistán y Birmania el infierno no es algo tan evidente como quisiéramos pensar. Guatemala oficialmente esta en paz desde fines de la década de los 80, pero el ejército no por eso dejo de desalojar a los campesinos de las previas zonas de conflicto y los vacíos de la guerra lo ocuparon narcotraficantes locales, pandillas y carteles mexicanos. En un país donde la ONU tuvo que crear una comisión especial anticorrupción por la total cooptación política de los tribunales y violencia total contra periodistas y denunciantes, en papel existe libertad de expresión, pero puedes morir por decir la verdad.
El claroscuro de la guerra contra las drogas, el gris de estado fallido, pero todavía “democráticos”, son en esos grises, donde lo negro se diluye para ser aceptable y donde el blanco nada a dos brazos para no ahogarse, son más reales que la oscuridad que aparentemente acecha en las prisiones de jihadistas y nazis. Es muy fácil ver la amenaza que constituye para el Estado Francés el terrorismo islámico, pero no hay ningún vínculo obvio para la opinión pública entre el acaparamiento de tierras por empresarios y la democracia guatemalteca o la existencia de pandillas y la soberanía de El Salvador.

Y la importancia de los grises en esta fase de la historia humana es que constituyen los territorios donde las principales amenazas del siglo XXI (re-feudalización capitalista, neo-fascismos variados y dictaduras civiles) se materializan y empiezan a gangrenar naciones y regiones enteras. A día de hoy las corrientes migratorias y la violencia del narco en Centroamérica amenazan con desbordar a un México donde el Estado está perdiendo la capacidad de controlar zonas enteras del país, de la misma manera que ya sucede en El Salvador y Honduras; con amenazas de extender esto al propio territorio estadounidense.

Pero durante los 40 años de gestación del problema las sociedades norteamericanas y mexicana nunca miraron más allá de sus fronteras. En la medida que la violencia crecía y la región se desestabilizaba el debate político nunca tomo en cuenta los desarrollos al sur. La política exterior se lo dejaba en el tercer plano de las agendas electorales y más allá de algunas donaciones simbólicas se hizo nada hasta que la enfermedad se enquisto de su lado de la frontera. Quizás AMLO este a tiempo de hacer algo, quizás no.

Y así, la oscuridad va volviendo gris el norte. Pero no pensemos que es imposible que se desplace al sur.

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