septiembre 18, 2019

Una Amazonía pos capitalista


Por José Galindo * -.


La firma del Pacto de Leticia por la Amazonía por los presidentes de Bolivia, Ecuador, Colombia y Perú demuestra que las preocupaciones medioambientales han llegado para quedarse. Demuestra también que el modelo de desarrollo formulado para América Latina es ya insostenible, lo que obligará a los gobiernos de toda la región a prestar más atención a las voces de alarma que se han hecho escuchar las últimas semanas pidiendo la superación del capitalismo en todas sus formas.

La Amazonía es un territorio tradicionalmente pensado como una extensión inmensa de bosque inexplorado, y hasta cierto punto, esta afirmación es correcta. Sin embargo, el bioma tropical más grande del mundo se articuló a la economía mundial de diferentes formas y en diferentes momentos influenciada por lo que sucedía mayormente en los países más desarrollados de la economía mundial. Hoy, esta región es el epicentro de los miedos y ansiedades de una humanidad cada vez más absorta ante las amenazas que trae consigo el cambio climático, que se han manifestado esta vez como una gigantesca red de incendios forestales extendida través de varios países, recordándonos la fragilidad de nuestros ecosistemas. En respuesta, los presidentes de Bolivia, Ecuador, Colombia y Perú han firmado el Pacto de Leticia por la Amazonía, instrumento internacional que junto a la Organización del Tratado de Cooperación Amazónica (OTCA) demuestra que las preocupaciones medioambientales han llegado para quedarse. Evo Morales dijo que ese pacto no debería ser sin exclusiones, en clara aunque no explícita referencia a la ausencia de Venezuela —que no fue invitada— en esa reunión presidencial.

Siendo así las cosas, vale la pena considerar brevemente algunos aspectos relevantes en la historia de esta región, cuya posible desaparición significaría también la extinción de la especie humana. En orden de poder salvarla, debemos comprender como es que hemos articulado este inmenso territorio al resto del planeta y a la economía mundial, debido sobre todo a que estos tiempos exigen una total reinvención del concepto de desarrollo para América Latina, que ya no puede ni debe imaginarse a sí misma sin sus bosques.

Primer período colonial

En su célebre obra, El Largo Siglo XX, Arrigí se cuestiona acerca de cómo es que el capitalismo llega a acumular el poder suficiente para poder transformar los mercados y la vida de todos en el planeta. La respuesta, él indica, debe considerar que la transformación de Europa en un “monstruoso moldeador de la economía mundial” en el siglo XVI no fue un tránsito fácil, cuyo principal mérito residió más en la unión entre Capital y Estado que en la superación de las relaciones feudales de producción. En 1492 nuestro continente fue “descubierto” por Cristóbal Colón, desencadenando una serie de eventos que tendrían repercusiones universales y duraderas para la especie humana.

Ahora bien, los imperios en el sentido tradicional del término (naciones expansivas y dominadoras sobre otras naciones) no son un fenómeno propiamente capitalista. Su principal rasgo consiste en la absorción de nuevos territorios bajo su soberanía, imponiendo mecanismos tributarios de dominación respaldados generalmente por la fuerza. Así funcionaron los persas, los romanos e incluso los incas.

Y es este rasgo el que hace de la colonización de América un momento particular en la forma en la que funcionan los imperios, pues desde este momento estos dejan de asimilar otros territorios y gentes dentro de su “soberanía” y comienzan a establecer relaciones metrópoli-periferia que son el resultado de la unión entre Capital – Estado apuntada por Arrighi.

Se sientan las bases para una acumulación primitiva señalada por Marx que actuaría como un gran agujero negro, absorbiendo recursos de la periferia, desarrollando el centro para una metamorfosis plenamente capitalista.

La Amazonía es parte de este proceso, como ya saben, y en ese sentido no ocupa al principio un lugar especial en esta ecuación. Tiene, sin embargo, una particularidad. Como territorio de difícil penetración de la actividad humana su aporte a esta acumulación primitiva es relativamente tardío y marginal, al menos al inicio.

Durante la era colonial la Amazonía se incorporó así, tal como ahora, como productora de materias primas y también como importadora de mano de obra esclava, entre los siglo XVI y XVII. Sin embargo, no es hasta luego de las guerras de independencia latinoamericanas que se puede hablar de una verdadera articulación de estas selvas con la economía mundial.

La primera forma en que la Amazonía continental se incorporó dicha economía mundial es mediante la cascarilla, demandada por Europa para una industria farmacéutica que no tuvo grandes repercusiones en el mercado internacional, pero que sí impulsó, aunque solo hasta cierto punto, el interés de los Estados de Bolivia y Perú para colonizar lo que ellos llamaban entonces sus “tierras baldías” o territorios amazónicos, ignorando la presencia de pueblos indígenas en la región.

Segundo período industrial

El segundo periodo en el que la Amazonía llama la atención del mercado internacional con repercusiones profundas para la delimitación fronteriza de muchos países latinoamericanos es durante el boom de la goma y el caucho, demandados por la industria del calzado, primero, y luego, mucho más intensamente, por la naciente industria automotriz. Esto, sin embargo se da en dos momentos distanciados por un corto lapso intermedio.

Primero entre 1880 y 1920, que es cuando se dan los principales conflictos limítrofes para determinar la soberanía sobre las tierras ricas en el árbol de hevea y luego entre 1938 y 1941, al calor de la Segunda Guerra Mundial, cuando los Aliados, ante un bloqueo naval de los países del Eje alrededor de sus principales centros de producción de goma en Asia, recurren nuevamente a Latinoamérica, particularmente a Brasil, Perú y Bolivia: tres países con una gran extensión amazónica dentro de sus territorios.

Si el primer auge de la goma dio como resultado guerras de consolidación territorial y delimitación fronteriza para los Estados de Brasil, Perú y Bolivia, el segundo auge de la goma trajo consigo otros fenómenos interesantes como la ampliación de la soberanía estatal más efectiva de Brasil dentro sus propias fronteras amazónicas durante y luego del gobierno nacionalista de Getulio Vargas, quien mediante el Plan de Valorización Económica de la Amazonía y agencias encargadas de administrar la explotación y comercialización de la goma que requerían los aliados en uno de los programas de asistencia económica entre EE.UU. y Brasil más grandes de aquellos tiempos.

Los “Acuerdos de Washington”, firmados entre el gobierno de Brasil y el de los EE.UU. en 1942, supusieron una inversión de 319 millones de dólares financiados con recursos externos para promover la industrialización de la goma.

Aunque el flujo de recursos fue relativamente efímero como consecuencia del desarrollo de versiones sintéticas de este material, los recursos sirvieron para la instalación del Polo de Manaos y Brasilia como nuevos centros urbanos que aseguraron su soberanía sobre las regiones más amazónicas de su territorio.

Tercer período agrario

Concluido el segundo y último boom de la goma en el mercado internacional, la Amazonía vuelve a incorporarse en el mercado mundial entre 1970 y 1990 mediante la emergente industria de la soya, que fue, en realidad, el resultado de la ampliación agraria hacia territorios amazónicos y orientales impulsados por los recursos de la Alianza para el Progreso, financiada por los EE.UU., al calor de la Guerra Fría.

Uno de los componentes de esta iniciativa era impulsar la articulación territorial de varios países Latinoamericanos y fomentar su autosuficiencia alimentaria en arroz, azúcar, carnes y legumbres.

En Bolivia esto se traduce en el Plan Bohan, cuyas repercusiones son múltiples, como la emergencia actual de Santa Cruz como el principal polo de desarrollo del país y la urbanización de este departamento, pero sobre todo significa la transformación de la vocación productiva de una buena parte del territorio amazónico de Bolivia, Brasil, Colombia y Perú, con la producción de cultivos de soja que comienzan a hacerse industriales en la última década del siglo pasado.

Se crean institutos de reforma agraria en estos países amazónicos, como el INRA en Bolivia, el INCRA en Brasil o el IERAC en Colombia, y con ello se articula definitivamente a la Amazonía al mercado internacional como productora de alimentos, hoy en día en auge debido a la demanda china de soja para su propia industria alimentaria destinada a satisfacer las necesidades de consumo de carne y granos del país más habitado del planeta.

Cuarto período globalizado

Pero la historia no termina ahí. También a partir de los años 90s, y en el caso de Bolivia un poco antes, la demanda de combustibles fósiles conecta a la Amazonía también como productora potencial de energía, petróleo y gas.
Brasil, al principio dependiente de la producción de petróleo y gas bolivianos, es hoy en día un potencial productor de gas natural luego de sus recientes descubrimientos de yacimientos gasíferos en los Estados de El Acre y Rondonia. Este “ciclo” económico de la economía amazónica aún no ha visto su cúspide, pero ya se ha traducido en cientos de proyectos de exploración que forman parte del IIRSA, como se demostrará más adelante.

Finalmente, luego de la Primera Convención sobre el Cambio Climático de las Naciones Unidas, celebrada en Río de Janeiro en 1992, la Amazonía es considerada como un sumidero de dióxido de carbono mediante servicios ambientales o los famosos bonos de carbono, que la articulan como productora de oxígeno en uno de los aspectos más polémicos de esta Convención cuyo objetivo es reducir la emisión de gases de efecto invernadero y mitigar sus efectos, donde el bosque lluviosos más grande del mundo juega un rol considerado como fundamental.

Por lo tanto, la Amazonía, al principio, se ve incorporada al mercado mundial de forma puntual, aislada y a partir de materias primas muy concretas, como la cascarilla, el caucho y la goma.

Durante la segunda mitad del siglo XX se preparan las condiciones para su nueva articulación al mercado mundial, mediante reformas agrarias que transforman su vocación hacia la producción de alimentos y es durante la década de los 90s, cuando la globalización se convierte en un fenómeno estudiado y reconocido, que la Amazonía se incorpora al mercado mundial de múltiples formas, desde la producción de alimentos (soya), energía (hidrocarburos), y servicios ambientales mediante el REDD y los bonos de carbono.

Se debe añadir que la Amazonía, desde la década de los 60s, pero más intensamente desde los 90s, también forma parte de lo que Peter Andreas llama la Economía Global Ilícita, con las industrias del narcotráfico y el contrabando de fauna y flora, generando millones de dólares en la economía mundial y provocando efectos sociales también de carácter global.

Es así como la Amazonía se convierte actualmente en uno de los focos de interés mundial, desde donde emergen preocupaciones medioambientales, iniciativas de producción extractivista —particularmente de combustibles fósiles y minerales—, impulso a la provisión de servicios ambientales, iniciativas de proyectos de infraestructura, zona de combate contra el narcotráfico y el comercio ilegal de fauna y flora, producción de alimentos, y más.

¿Quinto período pos capitalista?

Los focos de calor que se extendieron virulentamente a lo largo y ancho de casi la mitad del continente durante los últimos dos meses son una prueba de que el modelo de desarrollo que se ha impulsado en Latinoamérica desde el resto del sistema mundo capitalista ya no es sostenible ni siquiera en el mediano plazo; aumentar un poco más la frontera agrícola podría significar una hecatombe ecológica sin posibilidad de reparación.

De las promesas de este modelo de desarrollo no han podido escapar ni siquiera los gobiernos progresistas de la región, aunque la forma con la que se han dirigido a la crisis de los incendios los actuales presidentes de Colombia, Ecuador y Perú demuestra que la alternativa no se encuentra de ninguna manera en la deriva conservadora que viene cubriendo nuestro continente desde hace décadas.

Más allá de las pretenciosas opiniones que se han expresado sobre esta coyuntura, muchas de ellas profundamente hipócritas y formuladas exclusivamente para influir en las elecciones generales de éste octubre, es evidente que Bolivia, así como el resto del continente, ya no pueden ni deben pensar el futuro desde el capitalismo, justamente por su naturaleza amazónica. La realidad siempre se impone y no hay nada más real que la geografía; esta geografía, al mismo tiempo, demanda dejar atrás el capitalismo.


* Es politólogo.

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