octubre 15, 2019

Colombia ¿Bipolares por naturaleza?


Por Marcelo Caruso Azcárate * -.


Según un serio estudio del Instituto Karolinkas, el trastorno bipolar tiene una heredabilidad genética del 59%, mientras que el 41% restante se atribuye a lo aprendido o adquirido en el contexto en que se habita. Si bien la noticia se centra en la clave genética, nos interesa analizar su determinante societal. Si bien esta dolorosa enfermedad, como muchas otras afectaciones mentales que hoy crecen en el mundo, se sustenta en herencias genéticas, mucho más importante de analizar y posible de cambiar, son los impactos de un capitalismo decadente en el que se multiplican sus distintos tipos de fuerzas productivas destructivas, que llegan a afectar la propia genética.

Si generalizamos —un poco mecánicamente— esta relación de la salud y la naturaleza humana con el contexto destructivo del planeta, llegar a entender las euforias y las depresiones sociales que se alternan y afectan a las sociedades, y particularmente a la colombiana. La naturaleza social, cultural, étnica y política de sus pobladores, combina una herencia colonizante y autoritaria, llamada historia, plagada de guerras entre las élites y contra las resistencias de los de abajo, que ha permitido hablar livianamente de una cultura de la violencia. Lo más grave, es que esa herencia aumenta su porcentaje condicionante cuando predomina un contexto global de un capitalismo nocivo dirigido a degradar y destruir todo lo que le impida su acumulación monopólica.

La firma del Acuerdo de Fin del Conflicto Armado con las FARC, fue leída por los sectores más reaccionarios del imperio y sus representantes nacionales, como la posibilidad de que se abrieran caminos a un proyecto nacional progresista y antimperialista, similar al liderado por el gobierno boliviano y el venezolano. Frente a esta amenaza “constructiva” de una nueva versión del desarrollo, se le cerró el camino a la reconciliación y a la no repetición, con una lista, no pública, de excombatientes a los que había que eliminar en vida (extraditados) o en muerte. Esta realidad, posible de esperar en este agresivo contexto nacional e internacional hacia todo contexto de paz democrática con justicia social, se extiende en Colombia de tiempo atrás, a los líderes que conectan las grandes propuestas sociales, ambientales o políticas con las bases populares. Como protección alternativa ofrecen, en contados casos, unos protocolos de seguridad que los encarcelan en espacios cerrados sin que puedan conectarse con su gente.

A esta recurrente situación, se enfrentaron sorprendidos los líderes desmovilizados, y en cuerpo propio pasaron a sufrirla los “imperdonables”, que son aquellos que recientemente optaron por regresar a las armas. La diferencia con el resto de los líderes sociales, ambientales y políticos amenazados en este exterminio creciente y continuado, es que estos no optan por crear un grupo armado, ya que entienden que hacia allí los quieren desplazar para luego exterminarlos en nombre de la defensa del Estado de Derecho; priorizan la posibilidad —definida por sus propios esquemas de seguridad comunitaria— de continuar formando políticamente a sus comunidades, entendiendo que ellas ya no quieren escuchar, al menos por un tiempo indefinido, el discurso de la guerra. En los casos más graves y vulnerables, deciden ocultarse o salir de la región y continuar su acción por redes sociales. Quieren seguir luchando por paz, democracia, coherencia decente de los funcionarios, junto con justicia social y ambiental.

Esto permite entender que la naturaleza de un proceso social no es sólo su historia destructiva, sino también su historia milenaria, interétnica, de resistencias y luchas que le permiten imponer la prevalencia de “nuevos” valores que son antídotos frente a las enfermedades sociales. Las grandes mayorías hoy se han expresado contra la corrupción sistémica destructiva y contra la destrucción ambiental del planeta, instalando paradigmas que flotan por encima de la política y anuncian la posibilidad de superar esa bipolaridad, finalmente depresiva, impuesta por unas élites destructivas. Aclarando que éstas se encuentran en un enfrentamiento entre sí que ha dividido a las Fuerzas Armadas, pues la apuesta del “no futuro” no le sirve en el largo plazo a ningún sistema de dominación.

Adenda intervencionista

Un llamado fraterno a Evo, el líder interétnico, a entender que el ejercicio del poder de un Estado creado para la dominación, nos crea “alteraciones subjetivas” que se vuelven políticas, producto del “ejercicio profesional del poder”. La cura es antigua, volver a untarse de su pueblo y sus organizaciones, escucharlo con cariño, reflexionar juntos de avances, dificultades y errores y echar pa’lante pues no necesitamos más macris, bolsonaros o morenos.

Según Veraza, tanto las que se basan en las tecnologías, las que han llamado procreativas con dinámicas colectivas e individuales, psicológicas y subjetivas, como las que se refieren a las generalidades del sujeto social, como las naturales, han desarrollado un fuerte carácter destructivo que se ha convertido en la esencia del sistema capitalista, negándole la posibilidad de un futuro a la sociedad capitalista como al planeta.
En menos de tres años el proceso colombiano ha cambiado frecuentemente de ánimo, alegrías y tristezas, que asemejan a una bipolaridad social, pero que al mismo tiempo se diferencia claramente de ese diagnóstico supuestamente para toda la vida.


* Intelectual colombo-argentino.

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