octubre 15, 2019

Capitalismo 30 años después


Por Javier García De Alarcón -.


Se cumplen ya 30 años de la caída del muro. Treinta años que los liberales de ambos hemisferios celebran con champagne sobre el cuerpo desmembrado de la gloriosa Revolución de Octubre. En todos los micrófonos de sus televisores se anuncia repetidamente la superioridad del capitalismo, materializada en los nuevos Estados euroasiáticos.

El principal de ellos, la Federación Rusa, celebraba en 2016 el haber alcanzado la meta de los 10.000 dólares per cápita, correspondiente al nivel de producción que esa misma Federación gozaba a fines de los ‘80, cuando aún estaba bajo el paraguas soviético. Veinticinco años después, Putin podía decir que, al fin, los hijos vivirían como sus abuelos.

Abuelos que vieron cómo el trabajo de generaciones caía hecho trizas por el borracho Yeltsin y sus oligarcas, destrozando el tejido industrial a una velocidad impresionante, teniendo de porristas de su destrucción a Jefrrey Sachs, Milton Friedman y obviamente a todo el Departamento de Estado gringo. En tan solo 8 años, Yeltsin logró lo impensable: destruir el aparato industrial estalinista dejándolo al 57% de sus niveles en 1991.

Semejante destrucción dejó a ciudades enteras en ruinas: las bellas Somolensk, Nizhni Nóvgorod e incluso la mítica Stalingrado se convirtieron en ciudades fantasmas, con millones de sus habitantes escapando para habitar las nuevas villas miseria de las nuevas Moscú y San Petersburgo capitalistas o migrar al oeste, que les había prometido mejores vidas si se rendían y levantaban el telón.

En estas nuevas ciudades capitalistas, los oficiales del segundo mayor ejército de la tierra se volvieron sicarios a sueldo de las nuevas mafias y vaciando los arsenales comunistas destrozaron la paz mundial: a nombre del libre mercado, vendían rifles de asalto a niños en Sierra Leona y helicópteros artillados a genocidas croatas. Los laboratorios de química y física, de donde salieron tantos premios nobel, se convirtieron en fábricas de anfetaminas y heroína que inundan hasta el día de hoy el mercado europeo y asiático. Una generación entera de mujeres rusas, graduadas de universidades de primer nivel, fueron arrinconadas por el hambre y la violencia a la prostitución en las nuevas zonas rojas o como migrantes en los burdeles clandestinos europeos.

Pero sin duda, Rusia y Kazajistán han sido las naciones que más rápido se recuperaron de esa época. En el otrora centro de investigación y granero de la URSS, la independiente Ucrania vio cómo los oligarcas despedazaban su economía. Con inflación rampante, la industria de Kiev se desplomó al 30% de sus niveles soviéticos, punto desde el cual no ha podido recuperarse. En la más antigua de todas las ciudades del mundo eslavo —donde por primera vez se tradujo la biblia al ruso, ucraniano y polaco—, las ruinas de cemento son el campo de batalla donde neonazis y oligarcas se disparan por las tuberías que quedaron de mejores tiempos.

Mejores tiempos que auguraba De Gaulle, cuando lloraba por la supuesta opresión a la que sometían los soviéticos a los musulmanes de Asia central. En la misma región, el flagelo de la pobreza volvió con toda su fuerza de la mano del FMI y los asesores franceses y alemanes para la transición a economías de mercado. En sus visitas a Moscú y Nueva York, ni Mitterrand ni Macron han dicho palabra sobre cómo la muerte por difteria y el hambre ha vuelto a los niños y niñas de Tayikistán y Kirguistán, que compiten en ambas categorías con países como Nigeria o la todavía en guerra Afganistán.

Esta es la estruendosa superioridad del capitalismo.

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