diciembre 11, 2019

Las dimensiones del peligro que se enfrenta


Editorial La Época-.


Que Camacho haya decidido quedarse en la ciudad de La Paz, “hasta que Bolivia sea libre”, como el mismo dijo a los medios de prensa, debería estremecer los ánimos de todos los que han acompañado este proceso de cambio. Camacho no está sólo, lo acompañarán no sólo los estudiantes y funcionarios municipales que hoy parecen monopolizar la representación de la clase media urbana de La Paz, sino también miembros de la Unión Juvenil Cruceñista que seguramente ya están en camino desde el mismo momento en que este editorial está siendo escrito. Se sumarán también una facción de los trabajadores mineros de Potosí y campesinos de ADEPCOCA que fueron alejados de la coalición gobernante no precisamente en buenos términos.

Todo un ejército se avecina, y no por consignas minimalistas como una segunda vuelta, sino el derrocamiento del actual gobierno, independientemente de cómo resulte la auditoría ejecutada por la OEA en éste mismo momento y los llamados de la comunidad internacional por la paz. Mesa ha sido superado y ahora es presa de las mismas fuerzas que liberó: la más rancia y cavernaria derecha. No parece arrepentido.

Y el principal objetivo de esta derecha es provocar situaciones de violencia lo suficientemente sangrientas que puedan desencadenar un círculo vicioso que obligaría al gobierno a dimitir. No es un golpe de Estado lo que se enfrenta entonces, aunque es muy fácil entenderlo así; es una guerra civil disfrazada de rebelión, que podría incluso tener el apoyo de otros Estados de llegar a consolidarse. Esto abriría las puertas a un gobierno de transición que no dudaría en reprimir a las organizaciones sociales derrotadas y a todo resquicio de resistencia. La instauración de un verdadero régimen autoritario, genuinamente brutal, frente al cual los demócratas de algunos medios de prensa seguramente no dirán nada.

El gobierno y las organizaciones sociales se juegan la vida misma a partir de hoy. De resistirse ésta primera embestida, programada para algún momento de la semana entrante, vendrán otras no hay duda, pues otro factor a tomarse en cuenta es que lejos de estar dispuestas a pactar, las fuerzas en disputa no han hecho más que radicalizarse. Ninguna alternativa propuesta las convence y parecen jugar a quién se agota primero sin tomar en cuenta que el instinto de supervivencia de ambos bandos no permitirá renunciar a nadie verdaderamente involucrado con ésta lucha. Cuando Gonzalo Sánchez de Lozada fue derrocado, se tuvo que esperar a que transcurriera un periodo de ingobernabilidad de ocho meses, y la guerra contra la Media Luna duró desde finales de 2006 hasta inicios de 2009, es decir casi dos años.

Si el gobierno juega bien sus cartas, y no cede ante tentaciones represivas, manteniendo en línea a los insurrectos, se puede comprar tiempo, muy útil, tal vez hasta finales de 2019 siendo muy optimistas; si no lo logra sin duda será derrocado o caerá en la trampa de iniciar una guerra civil que de todos modos lo destruirá. ¿Comprar tiempo para qué, entonces? Par dar una oportunidad de sobrevivencia a todos los logros obtenidos durante estos años, que ahora sabemos son muy frágiles. Estamos hablando de retroceder a la etapa más oscura del autoritarismo clasista de antaño, sumado seguramente a la desaparición de nuestra soberanía política, la nacionalización de los recursos naturales y el fin del modelo de redistribución de riqueza. Hay mucho que perder.

Se debe evitar el derramamiento de sangre a toda costa, pues sólo beneficiaría a la derecha. Apenas se está despertando a las organizaciones sociales del sueño burocrático al que fueron confinadas desde que vencieron a la Media Luna. Ese gigante debe volver a despertar ahora, y no volverse a dormir.

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