diciembre 6, 2019

Bolivia y las interrogantes sobre un golpe contra un proceso exitoso

Por Luis Beatón -.


La Paz-. Este lunes partió hacia México en condición de asilado político el presidente constitucional de Bolivia, Evo Morales, dejando detrás una gran interrogante de por qué el proceso de cambio impulsado por su Gobierno fue saboteado por sectores de la derecha local y poderosos intereses reunidos bajo la sombrilla de Estados Unidos.

Días antes de que se consumara el golpe de Estado cívico-militar Mark Weisbot, del Center for Economic and Policy Research, advirtió sobre lo que estaba sucediendo, y lo que podría suceder, en un artículo titulado ‘La administración Trump está socavando la democracia en Bolivia’.

Por coincidencia tanto la administración del presidente Donald Trump como la OEA se confabularon, sin presentar pruebas creíbles, para desacreditar las elecciones nacionales de Bolivia.

Ese era el camino y el toque final para cumplir un plan diseñado por etapas para sacar a Morales del Gobierno y crear un escenario donde se abrieran las puertas a grupos opositores minoritarios de Santa Cruz de la Sierra, centro del poder económico del país, y la burguesía entronizada en el sur de La Paz.

Washington fue el eje de esa operación desestabilizadora que de triunfar les abriría las puertas cerradas por el Gobierno popular del Movimiento al Socialismo (MAS) al control de preciosos recursos naturales como el gas y el litio, entre otros minerales.

Esta ‘operación desestabilizadora’ llegó a su punto culminante cuando Morales renunció bajo presión de los militares en medio de una ola de protestas y violencia aupada por sectores de la burguesía local, principalmente desarrollada por el dirigente del Comité Cívico de Santa Cruz, Luis Fernando Camacho, quien se erigió en un importante peón en esta movida contra los más humildes sectores del país.

Todo estaba preparado para el enfrentamiento en las urnas, y si perdían los opositores, como ocurrió, la OEA jugaría su papel de cómplice para plantar en el imaginario de los bolivianos que ocurrió un fraude.

Mucho se habló de la detención del TREP (un sistema de conteo rápido de la votación) en momentos en que Evo vencía por estrecho margen a su rival Carlos Mesa. Esa fue una pieza clave en el plan estadounidense para decir que existió fraude, y desencadenar las protestas que luego se hicieron masivas con la complicidad de la OEA, que en su auditoria del voto apoyó la idea.

Hoy nadie habla de que el TREP se detuvo cuando presuntamente fue hackeado en una operación montada por los servicios estadounidenses, en la cual también llama la atención que Marcel Guzmán de Rojas, el dueño de Neotec, la empresa encargada de realizar el TREP, era un seguidor confeso de Carlos Mesa, el principal candidato opositor. ¿se podía confiar en que no participara de un fraude?, se preguntan analistas.

Aquí entra a jugar la OEA y la auditoría que aceptó el Gobierno confiado en que fue un proceso transparente. Sin embargo, como era de esperarse y estaba planeado, el desprestigiado foro en un informe más político que técnico sugirió que existió fraude.

Ese dictamen ocurrió cuando apenas habían contabilizado los votos, y según ellos encontraron 78 errores entre su muestreo de las 33 mil 043 actas totales.

Esto provocó la sospecha sobre todo el proceso y la insurgencia estalló. La Policía y las Fuerzas Armadas se incorporaron como cómplices pasivos y dejaron hacer a los grupos opositores que crearon el caos en las principales ciudades del país.

Según Mark Weisbot, la OEA no proporcionó ninguna prueba de fraude electoral, y también señaló que aproximadamente el 60 por ciento del presupuesto de la OEA proviene del Gobierno de Estados Unidos. Entonces a quién responder, a quién da la plata.

Algo que pesa en contra de Morales, paradójicamente, es que su proyecto de cambio desde posiciones de izquierda fue satisfactorio y convirtió al país en una pujante economía que abrió las puertas al bienestar de la mayoría de sus compatriotas.

Ese proceso de éxito llevó a que la pobreza se desplomara dramáticamente y muchos pobres pasaron a ser clase media, el Producto Interno Bruto aumentó por encima de los más prósperos países que aplicaban recetas neoliberales, como Argentina y Chile, y el país logró el mayor índice de crecimiento económico de la región.

Ese ejemplo fue inaceptable para las élites de poder y para la Casa Blanca, empeñada en imponer sus recetas y evitar que se extendiera por la región el convencimiento de que solos los movimientos de izquierda pueden alcanzar satisfacer los intereses populares.

Al respecto Sergio Pascual, miembro del Consejo Ejecutivo de Centro Estratétigo Latinoamericano de Geopolítica, aborda en un artículo de opinión cómo se consumó el golpe contra el Gobierno popular de Morales para ocultar y parar su ejemplo.

Precisa Pascual que el golpe necesitó de ‘mucha gasolina y algunas chispas detonantes’.

Señaló en su interpretación que el oriente boliviano, la cuna de las protestas contra Morales, es un país dentro de otro país y un país hecho a sí mismo.

Dos características unen a esta región: son blancos de ascendencia étnica europea y están asentados en la zona más rica en recursos naturales del país. Nunca aceptaron que un campesino indígena les gobernara, explica.

En este punto encontramos el hilo conductor de la revuelta con otros dos sectores levantados contra Evo Morales: el sur de la Paz, blanco y económicamente poderoso; y la élite de las Fuerzas Armadas que, al contrario de la tropa, no solo no es mayoritariamente indígena sino que, al igual que el resto de fuerzas armadas latinoamericanas, es profundamente anti-izquierdista.

Sostiene el analista que las élites económicas de la región latinoamericana son conscientes de que el ciclo de contracción en el que se adentra la economía mundial no les llega con buenas perspectivas en los precios de las commodities (gas, soja, minerales?).

En este probable escenario, asegura, para sus representantes bolivianos resultaba urgente sacar del Gobierno a un presidente que no habría dudado de qué lado ponerse cuando llegaran los malos tiempos.

Lo de Bolivia solo es entendible para los que conocen la idiosincrasia de este pueblo. Muchos se preguntan, por otro lado, por qué no acudieron en defensa de un proceso de cambio que trajo la estabilidad económica al país, los mejores índices de crecimiento, escolarización, accesos a salud y servicios públicos de su historia, el aumento de la capacidad de consumo de las clases populares hasta niveles inéditos y adelantar incluso en su salario mínimo a potencias regionales como Colombia y Argentina.

Plantea Pascal que mucho pesó el referendo del 21 de febrero de 2016. En aquella ocasión, en un proceso mal organizado y peor ejecutado, Evo Morales, sostiene, perdió por muy poco (50 a 49) la consulta sobre la posibilidad de una reforma que permitiera su candidatura a la reelección en las actuales elecciones de 2019.

Luego de rehabilitado ese derecho por la justicia del país una parte de la población sintió traicionado su apego a la moral ancestral del ama quilla, ama shua, ama llulla (no mentir, no robar y no ser ocioso) y a una cultura del consenso arraigada en sus usos consuetudinarios, no comprendió -o al menos no digirió- aquella decisión, asegura Pascual.

Ese fue un factor utilizado por los enemigos del proceso para pulsar la tecla del fraude y restarle votos al Movimiento al Socialismo (MAS).

Pese a eso nadie duda de la victoria en las urnas, pero en el plan diseñado se contemplaba una segunda vuelta que favorecería estrechamente a la oposición, por lo que se impuso fijar la sospecha del fraude, lo que apuntalaron los dueños del TREP y el posible jackeado que presuntamente ejecutaron los servicios estadounidenses.

Los resultados mostrados por el TREP a primeras horas de la tarde eran un escenario lejano al de los 10 puntos de ventaja y, por tanto, acercaban a la oposición a su sueño, una segunda vuelta electoral, en la que podrían sumar candidaturas divididas y superar a Evo Morales. La euforia se propagó rápidamente entre sus seguidores.

Indudablemente, Washington y los sectores adversos a Morales solo tenían una meta en Bolivia: sacar a Morales del Gobierno, incluso si tenían que recurrir al magnicidio.

Muchos recuerdan el sospechoso accidente del helicóptero presidencial, de ahí que no aceptaran ninguna de las propuestas realizadas por el presidente para encontrar una salida a la crisis, incluso nuevas elecciones con un nuevo Tribunal Electoral.

Así para evitar un enfrentamiento y un baño de sangre entre bolivianos, Morales tomó la determinación de renunciar.

Ahora comienzan las luchas por el poder y las protestas populares, vendrán momentos difíciles para los bolivianos y, sobre todo, la derecha tiene el reto de igualar o mantener los avances alcanzados por Morales.

De no darse ese escenario, la noche oscura que enfrentan hoy los bolivianos se convertirá más temprano que tarde en un día luminoso que llegue con el regreso de la izquierda al poder.

Al respecto, resume Pascual, abierta la caja de Pandora y consumado el golpe, lo cierto es que la historia no absolverá a los golpistas. Mientras tanto, la comunidad internacional hace como si soplara para apagar un fuego que necesitaría un ejército de bomberos.

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