diciembre 6, 2019

Entender Bolivia, aprender de Bolivia

Con la caída del estado neoliberal a comienzos de siglo, Bolivia inició uno de los procesos de cambio más democráticos e igualitarios de la región en una sociedad donde dispositivos de dominación de la época colonial aún permanecen cristalizados en lógicas y prácticas de los sectores blancos y criollos que apoyan el golpe de Estado.

Por Nicolás Castelli / @giusnicolas -.


“¡Bolivia!
Quiero pegar
Un grito de liberación
Después de un siglo y medio de humillación”

Los Kjarkas


“Mi pecado es ser indígena y cocalero”, dijo Evo Morales al mundo al momento de anunciar su renuncia a la presidencia de Bolivia tras consumarse el golpe de Estado cívico, militar y racista contra el proceso de cambio que más ha achicado la brecha de desigualdad en la región.

Las palabras del presidente hoy exiliado encierran siglos de exclusión política contra los pueblos indígenas y campesinos. ¿Dónde hunde sus raíces el componente racista de esta violenta restauración colonial y conservadora?

14 años de empoderamiento, siglos de sometimiento

Antes de la llegada de Evo Morales al gobierno, Bolivia era un país empobrecido por 15 años de políticas neoliberales. Poseía uno de los tres índices de desarrollo humano más bajo de la región, sus riquezas naturales estaban privatizadas y las empresas trasnacionales representaban el 35% del PBI.

Existía una extrema desigualdad entre aquellos habitantes de “la media luna” (Tarija, Santa Cruz, Beni y Pando) y el resto del país. No casualmente de estos departamentos se ha sostenido desde el inicio el rechazo a Evo y sus políticas de inclusión y democratización.

Hace 14 años, Evo Morales se convirtió en el primer presidente indígena en 180 años de historia en un país donde el 62% de la población es originaria. Con su gobierno se inició un proceso de empoderamiento del bloque social campesino-indígena. Antes, estos sectores fueron protagonistas de las guerras contra la privatización del gas y del agua que terminaron con la huida a Miami del ex presidente neoliberal Gonzalo Sánchez de Lozada. Y a la vez se consolidaron como el sujeto más dinámico tras la pérdida de centralidad de la clase obrera producto de las transformaciones estructurales neoliberales iniciadas a mediados de la década del ‘80 del siglo pasado, y la insurrección popular que dio por tierra con el neoliberalismo pero también con los partidos tradicionales.

El decreto 28701 “Héroes de Chaco”, impulsado por el gobierno de Evo Morales en 2006, que nacionalizó los hidrocarburos, trajo consigo la recuperación de soberanía y una distribución equitativa de la renta nacional. Sumadas a la ampliación de derechos a los indígenas históricamente relegados y el reconocimiento de la plurinacionalidad consagrado en la Constitución del 2009 terminaron por configurar uno de los procesos de cambio más importantes del siglo XXI latinoamericano.

Una transformación material que hizo que a Bolivia se la llame el milagro económico de la región, sin recetas del Fondo Monetario Internacional (FMI) y bajo el liderazgo de un indígena cocalero y sindicalista. Pero también simbólica, ya que por primera vez en la historia se consolidaba un Estado y una constitución que reconoce la realidad multicultural, multiétnica y multilinguística de la sociedad boliviana.

Y no simplemente como un dicho, sino como una política de Estado que entre otras cuestiones ha generado casi una estructura paritaria de originarios en el aparato estatal y ha incluido en su Constitución los derechos de la naturaleza y los principios del Sumak Kawsay (Buen Vivir).

En un contexto regional donde EE.UU. y las elites locales buscan restaurar su poder e influencia en la región, Bolivia constituye un ejemplo peligroso. Porque demostró ser una alternativa exitosa al proyecto de exclusión, miseria y muerte que propone el capital. Y encima, una opción más humana e igualitaria conducida por un indio.

El Estado Plurinacional boliviano significó el empoderamiento del indígena, un sujeto históricamente excluido, invisibilizado y aniquilado en el Caribe y América Latina por el imperialismo y las clases dominantes locales desde la construcción de los Estados Nación modernos hasta el presente.

Los Estados latinoamericanos fueron consolidados históricamente bajo la hegemonía de las oligarquías que sentaron una matriz racialista y pseudocientífica para legitimar relaciones de dominación. Esta matriz se hizo sentido común no solo en las clases dominantes sino que se fue extendiendo en discursos, prácticas y mitos al conjunto de la sociedad. El mito de la Argentina blanca en la construcción de la nación es un ejemplo cercano.

Una sociedad con fractura colonial expuesta

En el caso boliviano, la mayoría indígena no fue aniquilada con Campañas del Desierto. Pero sí fue excluida por la elite blanca minoritaria durante décadas. Incluso la revolución nacionalista de 1952, que inició un proceso de modernización y desarrollo, no logró hacerse cargo de la fractura colonial que hoy se expresa tan gráficamente entre la Biblia y la Wiphala.

En una sociedad abigarrada, como la definía el sociólogo e intelectual boliviano René Zavaleta Mercado (1935-1984), existen diferentes lógicas civilizatorias. Como colores jaspeados que no logran una mezcla sintética conviven las múltiples naciones indígenas con la minoría blanca y criolla. Pero esa coexistencia nunca fue pacífica, por el contrario, siempre expresó la dominación del proyecto societal racista y colonial de la elite blanca sobre la mayoría indígena.

Resulta cuanto menos llamativo que intelectuales progresistas hablen de perpetuación en el poder y caudillismo de Evo Morales tras un proceso de 14 años que, como nunca antes en más de un siglo y medio de historia, hizo retroceder en su poder simbólico y material a esa elite colonial.

Peor es cuando esta intelectualidad -en un contexto de un golpe de Estado que deviene en una dictadura que cada día radicaliza más su violencia fascista y racista con muerte y persecución- se autoerige como fiscal de los errores del proceso de cambio. En un momento tan crítico, contar las costillas de revoluciones ajenas no aporta más que ego y soberbia fuera de contexto. El pensamiento crítico no situado es un acto de vanidad y onanismo intelectual.

Para entender lo que está aconteciendo en el país andino, Álvaro García Linera, vicepresidente exiliado del Estado Plurinacional y uno de los intelectuales latinoamericanos más influyentes de este época, en una entrevista reciente explicaba cómo este golpe también es un intento de restauración de un poder racista y colonial que legitimó históricamente relaciones de dominación y privilegio.

Cambiar esta correlación de fuerzas implicó la pérdida del capital simbólico que detentaba una clase media racializada, base social de los golpistas, que a través del color de piel justifica sus privilegios y no tolera el empoderamiento del indígena al que considera inferior. Menoscabado su poder, se activa un proceso de fascistización que hizo emerger con violencia el sentido común racista y colonial presente en este sector.

Cuando las clases poseedoras de privilegios ven peligrar su posición se activan, como mecanismos de defensa, los elementos más retrógrados presentes en un sentido común moldeado con los valores del poder dominante.

En Argentina hemos aprendido de desigualdades y privilegios de clase y de género, sin embargo, nuestro propio proceso histórico vuelve sumamente difícil entender el caso boliviano. Porque después de todo hace poco aprendimos que en nuestro país había pueblos originarios, y estamos bastante lejos de volver el reclamo por la plurinacionalidad una demanda de la izquierda, el progresismo y los movimientos sociales y sindicales.

Esto deja en evidencia que la transformación de los parámetros morales, culturales y éticos que conforman el sentido común con los cuales nos explicamos el mundo, es una de las tareas más complejas y difíciles para cualquier proceso de cambio que busque construir sociedades más justas, libres e igualitarias.

Aprender de Bolivia

En un mundo donde las democracias representativas/liberales tienen cada vez menos credibilidad, donde la derechas apelan al autoritarismo, violan derechos humanos, propagan discursos de racismo y xenofobia, el proceso abierto en Bolivia a principios del siglo XXI y que se consolidó con Evo Morales en el gobierno desde el 2005, adquiere actualmente una relevancia mayor. Porque radicalizó la democracia, le aportó un contenido plebeyo que incluyó al indígena sin excluir a ningún otro sector.

Estamos en una etapa de disputas cada vez más directas con los proyectos de hambre y muerte, una etapa que comenzó a gestarse con la crisis mundial del 2008 y el golpe de Estado en Honduras al año siguiente. No hay derrotas estratégicas de ningún lado. En Argentina, construir esa derrota y arrinconar a la derecha es uno de los principales desafíos que se nos impone luego de haberle ganado al macrismo con las urnas.

El proceso que se abre en Argentina debería tener a esa Bolivia de Evo como un libro del cual leer y aprender, no para replicar lo mismo en un Estado Nacional sumamente diferente, pero sí porque el proceso boliviano da cuenta de la posibilidad de usar los caminos institucionales para modificar estructuras anquilosadas de desigualdad y muestra cómo la democracia, aún imperfecta, puede ser realmente sinónimo de igualdad, democratización, justicia social y también justicia étnica.

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