Recuerdos de Antonio
2013-06-25 20:11:17
por: José Pimentel Castillo

Nos conocimos en Buenos Aires en 1974, septiembre u octubre, en la casa de Alicia, donde vivía Antonio con la hija de ésta —Silvina— y Luis, un compañero chileno. Aunque estábamos con nombres de guerra, Pedro yo, y Raúl, Antonio, en realidad sabíamos quiénes éramos. Fuimos a los temas que nos interesaban, su experiencia en el PCB y su visita a las minas, su recuerdo de Federico y de la célula minera; por mi parte, tratando de conocer los detalles de la situación interna del E.L.N. y su percepción sobre ella. Vivíamos momentos difíciles, la represión de 1972 había desnudado las falencias de la organización y se comenzaba a cuestionar todo. Naturalmente no llegamos a conclusiones definitivas, sólo nos reforzamos en nuestro compromiso de continuar en la lucha, única razón de nuestra existencia. En este primer encuentro, pude visitar y charlar con los compañeros residentes en el gran Buenos Aires, con los cuales hacía Antonio su trabajo de base, traía yo noticias frescas: la Masacre del Valle había roto el idilio de los caciques campesinos con los militares. La alianza cívico militar se había hecho trizas y los militares prescindieron del MNR y la FSB. Los mineros continuaban su lucha legal realizando el Congreso Nacional de Potosí y planteándose conquistas como el aumento salarial y la creación del Fondo Complementario Minero. Nos despedimos con una discusión pendiente, sobre la creación del Partido, en fin lo que nos unía era la voluntad de luchar contra la explotación capitalista.

En Lima se fundó el PRTB-ELN (1975), y de inmediato se inició el operativo de reinserción a la Patria. Yo continuaba en las minas, allí me enteré que fui nominado al Estado Mayor, seguíamos siendo un ejercito, así pude conocer la entrada de muchos compañeros y sus lugares de destino. Antonio se encontraba en Cochabamba, nuestra presencia clandestina no duró mucho. Se sucedieron los golpes, primero en Cochabamba, luego La Paz, y finalmente las minas. A fines de 1976 de nuevo estábamos diezmados. Sin embargo, la situación política comenzaba a deteriorarse para la dictadura, la lucha de los mineros obligó al gobierno a ocupar las minas y desconocer los sindicatos, aislado de los campesinos y su sustento civil, la situación no le era nada favorable. La estrategia norteamericana había cambiando con Carter, Banzer convocó a elecciones en noviembre de 1977, previendo que no participarían los extremistas; seleccionó a los que no podrían volver del exilio y a quienes se quedarían en las cárceles bajo la tutela de la Justicia Ordinaria. La respuesta popular fue intempestiva; se desencadenó una Huelga de Hambre Nacional, iniciado por cuatro mujeres mineras, los piquetes se regaron por el país, la crisis se agudizó por la acción militante del obispo Manrique.

El 17 de enero de 1978 se dictó la Amnistía general e irrestricta. Sin embargo, doce incorregibles fuimos pasados a la justicia. Me trasladaron de la Siberia del DOP a la Casa Grande de San Pedro, allí me recibieron el resto de los compañeros, entre ellos, Antonio. La vida de la cárcel estaba organizada al puro estilo cuartelario, me tocó incorporarme al área productiva; allí ablandé cuerno de toro, con cera, otros se ocupaban de preparar la “sajra hora” y mejorar el rancho, naturalmente había el espacio de escuchar y comentar noticias y en las noches, el debate político, no todos éramos elenos así que el debate se enriquecía. El 8 de febrero falleció mi padre. Con dificultades me dieron permiso para asistir a su entierro, llegué tarde, a mi vuelta encontré una nota de condolencia firmada por los once y cuya autoría innegablemente era de Antonio. El 14 de febrero llegó el fallo del juez, que nos declaraba beneficiarios de la amnistía, algunos ya habían sido liberados el día anterior, después de una audiencia. Nos despedimos en la Plaza de San Pedro, con un: Hasta la victoria siempre.

Vivir en democracia nos era difícil, un ejército en libertad pierde su objetivo de lucha. Había que encarar la lucha democrática, en medio de la dispersión y el caudillismo en el seno de la Izquierda; proclamamos la unidad de la Izquierda sin mucha fe y, tal vez ahondando su división, creamos el F.R.I., cuyo candidato era Juan Lechín Oquendo. Quién iba a negar los méritos personales suyos, pero ante todo era la expresión de la unidad del pueblo alrededor de la C.O.B. A pocos días de las elecciones, Lechín retira su nombre, Motete Zamora se apodera del FRI y nos quedamos como candidatos fuera de campaña; Antonio era candidato a diputado por La Paz y yo por Oruro.

La experiencia fue inolvidable, nos volcamos al trabajo con las masas, Antonio en la prensa, particularmente en el Aquí, y yo en las minas; otros compañeros estaban en el sector campesino y la Universidad. Así refugiados en las masas, enfrentamos la catástrofe de la UDP y la resistencia al neoliberalismo.

Los contactos se fueron haciendo esporádicos, sin embargo, sin acuerdo alguno nos volvimos a encontrar en el Coliseo de Don Bosco el 2002, viejos rostros conocidos intuían el “Ahora es cuando”. Se proclamaba a Evo como presidente, la duda era quien sería el acompañante; entre sorpresa para todos surgió el nombre de José Antonio Quiroga, sin preguntar nada recorrimos el Prado proclamando el binomio, se trataba de acumular y lograr romper la muralla neoliberal. Al día siguiente José Antonio retiró su nombre y fue sustituido por Antonio, la misma lógica del binomio: un campesino secundado por un intelectual, ahora había que añadir, por un guerrillero. La campaña fue dura pero entusiasta, las emociones que vivió Antonio no olvido nunca, era el pueblo que se apropiaba de la democracia, de su voluntad ciudadana, para decir éste es como yo, y voy a darle mi voto.

La historia es conocida: la bancada del MAS liderada por Evo, luchando por los hidrocarburos, las crisis de febrero y octubre del 2003, el referéndum por los hidrocarburos, la promulgación de la Ley de Hidrocarburos, la renuncia de Mesa y las elecciones del 18 de diciembre del 2005, mayoría absoluta de Evo presidente, Antonio senador por La Paz. Ese congreso finalmente se convirtió en constituyente y tuvo a Antonio a uno de sus animadores, se aprobó la Nueva Constitución del Estado Plurinacional de Bolivia.

En la nueva realidad del Estado Plurinacional me tocó trabajar como Ministro de Minería, siendo uno de los primeros desafíos la redacción de la Ley Minera. Si de defender los recursos naturales y dar una proyección estratégica a su utilización, quién mejor que Antonio? Había vivido la distorsión de la nacionalización de las minas, cuando las minas del Estado se convirtieron en botín de un partido, había contribuido al debate de la nueva ley de hidrocarburos, su formación marxista le señalaba la necesidad de la participación obrera en la gestión empresarial, por eso ocupó un lugar en la concertación de la Ley minera, lo mostró de nuevo en una trinchera, en un espacio que nunca lo imaginamos: Gobierno popular, empresarios, obreros y cooperativistas mineros reunidos en una mesa para concertar una Ley, un esfuerzo hasta hoy trunco pero que mostró a Antonio en su integridad, así se ganó el respeto y aprecio con quienes compartió esa mesa.

Esta dilatada amistad me permite afirmar que Antonio llegó a ser parte de esa especie alta de la humanidad, el ser verdaderamente revolucionario: su vocación de servicio lo llevaba a cualquier lugar en que se le requería, su voluntad se sobreponía para encarar tareas que tal vez no las conocía, su compromiso le obligaba a informarse y estudiar cada nuevo problema, su firmeza en los principios no le impidió ser flexible en la táctica. Atento a los cambios de cada coyuntura, se unió a la corriente histórica, avanzamos hasta donde pudimos, aunque Antonio hubiera querido un poco más, MAS, MAS, MAS, más Socialismo.


Hasta la victoria SIEMPRE

Victoria o Muerte Venceremos



2 junio 2013

 

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