octubre 19, 2020

Enemigos eran los de antes

por: José Luis Exeni R.

Ah, las enemistades políticas.  Cuán devaluadas, qué veletas.

Si hubiese que definir la lucha política en democracia nada mejor que invocar una deliciosa “máxima-bisturí” de Lec: “muchos de mis amigos se han convertido en mis enemigos, muchos enemigos han hecho amistad conmigo, pero los indiferentes me han permanecido fieles”. Qué tal.

¡Falta de principios!, dirán algunos; ¡traición!, condenarán otros; ¡pragmatismo!, acusarán. Pero más allá de (pre)juicios de valor, lo saludable de la democracia es que las amistades políticas, pero en especial las enemistades, no son absolutas —ni más o menos “(in)justas”—, sino circunstanciales. La diferencia no es irrelevante.

Debemos a Carl Schmitt el haber abonado, hace más de siete décadas, la idea de que la diferencia amigo-enemigo es la distinción específica —constitutiva— de todas las acciones y motivos políticos. Aunque discutible, el razonamiento resulta interesante.

¿Quién es el enemigo político? No es el competidor (económico) ni el adversario (moral) ni el rival (estético). El enemigo político es el otro, el extraño; aquel que se presenta como enemigo público e intensamente hostil; aquel que, no reconocido como interlocutor, debemos eliminar o, al menos, someter. He ahí el enemigo absoluto.

Siempre habrá razones para creer que la enemistad absoluta puede reconvertirse, la historia la absolverá, en enemistad justa. ¿Qué significa esto? Que el otro, el enemigo político, es admitido como contendiente; esto es, como enemigo conforme a disidencia y derecho. Ello permite limitar la violencia o, al menos, regular el conflicto.

Enemigos justos, pues. ¡Larga vida, paz duradera, para los Estados modernos! Etcétera. Pero cuán pronto hemos aprendido que, en especial en tiempos de cambio, los poderes fácticos y los contra/poderes no saben de apegos. Más aún cuando se afectan “sagrados”, intocables, celestiales intereses.

¿Cómo se ha expresado la distinción amigo-enemigo en la disputa por la construcción democrática? ¿Qué batallas, si acaso —absolutas, justas— hegemonizan la lucha política? O mejor: tomando nota de la escuálida oposición política, ¿por dónde están deambulando en el presente las escaramuzas de la enemistad?

Me gustaría mencionar solamente dos enojosas divergencias, de alta sensiblería y de elevado ruido mediático. Me refiero a los dardos verbales lanzados entre el Gobierno y los jerarcas de la Iglesia Católica, por un lado, y entre el Gobierno y los empresarios y dirigentes gremiales de medios de (des)información-(in)comunicación, por otro. Es como pelearse con dios y con el diablo al mismo tiempo. Veamos.

La curia oficial asegura que el actual proceso de cambio genera desconcierto, que hay falta de transparencia, que la democracia es puramente formal, que los “hermanos campesinos” (sic) están peor que antes y que se ha incrementado el narcotráfico. De yapa, un prelado involucra a “los chicos” del Trópico de Cochabamba en la venta de cocaína. La Iglesia en faena de oposición.

Los operadores mediáticos del ámbito privado-comercial, por su parte, con monopolio de la verdad informativa y de opinión, juran que la libertad de expresión está en riesgo, que el Gobierno es autoritario, que se pretende controlar a los medios y que se están generando mecanismos de (auto)censura. En torno a este discurso mediático se agrupan derrotadas voces de la oposición regional.

Las respuestas del MAS-Gobierno, ya se sabe, son en extremo virulentas. El resultado es una disputa política de baja intensidad que se recicla sin tregua ni arreglos temporales a fin de llegar a entendimientos, viables, con “el (neo)enemigo”.

Así las cosas no habremos de ignorar que lo político se define en última instancia como lucha por el poder. Y que ante la tentación/candidez de una “comunidad de amigos” indiferenciados, con frecuencia habrá necesidad de revalorizar la enemistad justa y sus antagonismos. ¿Estamos?

Mientras tanto, ya se sabe (Benito Juárez dixit): a los amigos, todo (justicia y gracia). ¿Y a los enemigos? La ley.

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