octubre 23, 2020

El devenir del soberano/bestia al Estado en la poesía de Cerruto

En esta entrega jugaremos con la relación soberano/bestia y el devenir Estado. Para ello hemos elegido una excusa: la poesía de Cerruto. No es una excusa simple, pues no se debe olvidar que Cerruto más allá de poeta era un agente diplomático boliviano. Creemos encontrar en sus poemarios Cifra de las rosas, Patria de sal cautiva y Estrella segregada, un juego de bestiario en el que se desarrolla la relación de la bestia/soberano y un devenir Estado. Esta entrega es sólo una excusa para analizar la constitución del Estado moderno que profundizaremos en los siguientes números de La Época.

Comencemos señalando que hay una serie de imágenes en la poesía de patria de sal cautiva, hay una violencia, hay un bestiario que puede ser un motivo de análisis del devenir soberano/bestia al Estado. El bestiario en la poesía de Cerruto es un afuera y una animalidad interna. El afuera del bestiario de Cerruto es la hostilidad, el miedo, el animal vuelto bestia, aullido, ladrido, violencia, grito, diente, hielo, bala. Una animalidad con la que se esfuerza en conjurar los efectos del poder. La cara del poder en sus rostros más capilares, en sus efectos más cercanos, la soberanía en su cara de bestia. Una bestia que desnuda lo social, lo político, los conflictos de fuerza, la barbarie y la crueldad (in)humana. La bestia ha sido figura política. La tenemos en Maquiavelo, en Hobbes, en Marx, en Derrida. La bestia como piel del soberano[1], la bestia/soberano como encarnación del Estado.

La bestia no es humana, pero a la vez lo es. Sólo al señalar que no es humana pasa a ser humana, es decir se devela humana. ¿Es esto acaso una contradicción?, no. La bestia es lo que el humano ha creado para no ser humano, pero como toda creación humana, descansa, se esconde en si la humanidad que pretende esconder[2]. Y en la creación de la bestia, la animalidad ha sido cercada y atrapada como una forma oscura de lo real, de la historia oscura. ¿No es acaso la soberanía una manera de encubrir la bestia que descansa en la amenaza del cumplimiento de la ley? ¿No es en si la coerción del Derecho la huella de la bestia, en su obligatoriedad, su universalidad, su abstracción, su violencia? ¿No es la sociedad otra huella de la bestia, su forma de organizar la desigualdad en enfrentamiento constante?

Son muchas las imágenes que llueven en la poesía de Cerruto: los buitres royendo los costados, la lanza hundida en el costado, la mordida de los sátrapas de cabezas humeantes. Pero la relación bestia/soberano se enfatiza entre los poemarios de patria de sal cautiva y estrella segregada.  La primera imagen en estrella segregada, es el resplandeciente, el Illimani, una imagen de soberano de las alturas que devela una bestia Otra.

Pira mineral

tumulto congelado

dejas

que se desate la comedia

carcomida por el tiempo

del disturbio

que resuene enceguecida

la garganta del rencor.

 

(…)

Pero el soberano/bestia es derrotado/derrotada por la bestia en acto. El Illimani (personaje de la poesía de Estrella Segregada) se presenta como un soberano que mira desde las alturas sin poder actuar más que como culpa, como proyección de su presencia, la bestia que ya no puede actuar se convierte en Soberano, pues persiste en el tiempo que le da autoridad. El concepto mismo de autoridad es imposible sin la temporalidad y la distancia, por ello la autoridad en materia política es una imagen de anciano, de senil, del senador, del aristo viejo de cabeza plateada. Una bestia Otra que ha cruzado a la otra vereda, que mira de lejos, que mira por encima (las recomendaciones del Senado romano siempre fueron sólo eso: recomendaciones). Pero la bestia en acto se apropia del soberano (o lo deja de lado), una bestia que encarna luego al soberano, lo desnuda, lo desanuda. La ley, el abogado como una de las caras de la bestia, como uno de los coros de la bestia.

Me niego.

 

Me niego a entrar en el coro

a corear

al perpetrador con sombrero de probidad

el abogado de la carcoma

el que dicta las normas

y sacude

en la plaza

el árbol del usufructo.

En este caso la bestia tiene un coro. ¿Qué es el coro? Son ustedes, nos dirá Cerruto. El coro se apodera de (nos)otros, experimenta por (nos)otros, incluso la bestia se apodera de los otros, de nosotros[3]. El coro es un artificio de la bestia. ¿No es acaso un coro el que ríe por nosotros, el que llora cuando nosotros no podemos llorar? Risas pre grabadas, plañideras, música triste de fondo, el protector de pantalla que activa el computador por nos otros, etc. El coro nos reemplaza. Es el Otro que hace algo por nosotros, cuando nosotros no estamos, o no queremos estar o no podemos (o nunca pudimos). Pero lo hace como sentencia, como ley, como lenguaje. Aquí lector(a), concurrimos al coro del lenguaje, a la repetición de nuestra lengua, a la distancia de la autoridad de la palabra.

En materia jurídica la ley es un coro que resuena, que en tanto ley ha sido acordada por nosotros pero a espaldas nuestras, ha sido hecha por nuestros representantes, por los que nos re-presentan. La re presentación es sólo posible en ausencia. Sólo nos pueden re presentar si no estamos presentes, por ello se re presenta, pues se vuelve a presentar lo que está ausente, sino no tendría sentido (el sentido es otra re presentación). Sólo puedo representarte a si tu a la vez no estás presente, como en el texto.

Y la ley tiene reminiscencia de sentencia.

En el sistema jurídico anglosajón el Derecho es en sí el cúmulo de sentencias (se estudian las sentencias que sirven de antecedentes al juez para solución de un conflicto), por ello el realismo jurídico señala que el Derecho sólo existe en acto. El Derecho no es una letra muerta, no es un papel, es la aplicación misma, es la acción misma, por ello el concepto gringo/anglosajón del enforce the law o el the rule of law. La acción es la que hace en si al Derecho (la fuerza, la regla, la disciplina, el castigo), por ello se puede leer el Derecho desde su cara externa, desde el momento en el que la soberanía se vuelve (se devela) bestia: y carcome en la plaza el árbol de su usufructo.

 En el sistema jurídico romanista el Derecho es también una sentencia, pero esta vez no del juez, sino del legislador. Si la ley es en si una sentencia, se la conoce en el acto de su aplicación (en su fuerza de Derecho), en el castigo. Nadie conoce el interior de la ley, pues está hecha en nuestra ausencia como condición moderna de nuestra sumisión.

La tortura de las leyes que gobiernan (como en Kafka, la ley, el coro, el cuerpo como soporte del párrafo violado por la ley, pues incluso la ley prevé su violación), de las leyes que mediante el coro establecen la identidad de lo que somos y no queremos ser. En el fondo de la ley se dice (se nos dirá) que habita la justicia, pero la cantidad de leyes, pues la condición de la ley es también la cantidad, desarrolla un laberinto de posibilidades para no llegar nunca a la justicia. Es más la justicia se nubla, se vuelve sorda, se vuelve oscura, habita en la historia, pero se queda allí, lejana en páramo oscuro de difícil acceso cuando es rodeada por la cantidad, por el proceso, por el laberinto, por el castillo. Por ello la condición moderna de la ley es el coro, el rizoma de voces diría un Deleuze leyendo a Kafka[4].

¿No es acaso la figura de las normas, de las leyes, una manera de un coro que habla por nosotros? Nadie puede alegar desconocimiento de la norma, nadie está obligado a hacer lo que la ley y la norma no mandan ni a privarse de lo que ellas no prohíban, nadie puede alegar no ser una parte de la bestia, una extremidad de la misma, una posta del cáncer, una metástasis del goce de la bestia, y Cerruto se niega a entrar en el coro, es más lo desnuda, los desanuda, permite ver que detrás de la soberanía del poder se encuentra la política de la bestia, la paso de la bestia, la bestia vuelta, esta vez, piedra, su otra cara, la de la violencia.

A su resguardo planean

los grandes buitres

cuya obstinación hemos visto

después

ensombrecer los hemiciclos

actuar siempre con las propiedades

del aventajado

y subirse

a la grupa de los dioses

sabiendo

que abajo hay un pie de sangre.

Pero retornemos una vez más al coro. ¿No es esta generalidad de la ley, una forma de coro más perversa? Se dice que una norma, una ley es válida cuando los destinatarios de la misma se sienten o son hacedores de ella, ésta es la fórmula de la acción comunicativa moderna que intenta perpetuar el estado de derecho[5]. ¿No es el coro una forma de sentirse hacedor de esta bestia? La ley es a la vez legere, leer lo escrito, es palabra que luego muerde, pues la palabra de la ley se transforma en violencia, es devenir animal, devenir bestia. La relación Estado (Leviatán, bestia) y Derecho (norma jurídica performativa) está abierta al análisis.

Es muy interesante que esta relación soberano/bestia atraviese la reflexión de la poesía de Cerruto, y a la vez también atraviese la reflexión política respecto al Estado. En nuestra siguiente entrega trabajaremos un poco más esta relación bestia/soberano en la fundación del Estado moderno en Occidente.

[1] Derrida, Jacques. 2010. Seminario: la bestia y el soberano. Buenos Aires: Ed. Manantial.

[2] Derrida, Jacques. 2008. El animal que estoy si(gui)endo. España: Ed. Trotta.

[3] Zizek, Slavoj. 2008. Cómo leer a Lacan. Buenos Aires: Ed. Paidós.

[4] Deleuze, Gilles; Guattari, Felix. 2002. Kafka. Para una literatura menor. Madrid- España: Ed. Nacional.

[5] Habermas, Jürgen. 1998. Facticidad y Validez. España: Ed. Trotta.

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