octubre 23, 2020

Azúcar amargo

por: Adalberto J. Kopp

El fantasma de la crisis alimentaria ronda por el país. En anterior ocasión identificamos que la escasez y subida de precios tiene mayor incidencia en los productos aportados al mercado de alimentos por la agroindustria, como azúcar, harina, aceite y pollo, junto a los granos que componen los piensos balanceados de animales. Cada uno de estos productos tiene su particularidad en la “cadena productiva” y su propio impacto en la alimentación popular. Aquí ponemos al debate el caso paradigmático del azúcar, cuya escasez y carestía, en nuestro medio, paradójicamente, es tipificada como “crisis alimentaria”. Desmenuzando la cuestión descubrimos que tal percepción no es tan absurda como parece a primera vista y que los responsables políticos, productores, comerciantes y la masa de los consumidores, tienen sus razones – aunque no todas. Separamos las observaciones a continuación en dos partes: ¿qué pasa con la producción y sus costos? y ¿Cuál es el impacto sobre los consumidores y su alimentación?

Los productores.

Como toda agroindustria, también los productores de caña y los ingenios trabajan básicamente con insumos importados, como maquinaria, agroquímicos y energéticos. Los costos de estos insumos los define el mercado internacional y éstos suben cuando hay crisis económica mundial, como la del 2008 que perdura hasta hoy. Son los consumidores los que cargan con mayores precios del producto final. He aquí la principal razón para el alza de precio.

Mientras lo anterior vale para la agroindustria en general, la del azúcar tiene un particular ingrediente. Después de un período de bajo relieve, el cultivo de la caña experimentó un notorio repunte en años recientes. Asumimos que el nuevo boom responde a la demanda por agro combustibles, en este caso por etanol, en el vecino Brasil. Entonces, el incremento de los volúmenes no significaba mayor cantidad de azúcar para el mercado doméstico, por el contrario, ésta disminuyó por que los ingenios prefirieron el negocio más rentable del etanol. He aquí el origen de la escasez. Queda el desafío de obtener datos ciertos para poder apreciar la verdadera dimensión de la “crisis”, que no se debe a fenómenos naturales, sino al cálculo de los productores.

Los consumidores.

Nos encontramos ante la delicada cuestión de las costumbres alimentarias y de la calidad de algunos alimentos muy populares. Digámoslo de frente: son demasiado elevados los niveles de consumo de azúcar en la dieta diaria de los bolivianos, de campo y ciudad. Todos lo sabemos y lo comentamos a diario. El consumo de refrescos demasiado azucarados y demás comida chatarra tiene secuelas muy preocupantes para la salud pública: alta incidencia de diabetes y obesidad, particularmente grave en poblaciones rurales y de bajos recursos. Los nutricionistas, bolivianos y de otras partes del mundo, nos explican que el azúcar blanco puede generar una suerte de adicción, con mayor frecuencia entre poblaciones originarias cuyo organismo responde mal a este ingrediente que estuvo ausente de su dieta ancestral. De ahí las reacciones tan emocionales y tanto ruido acerca de la “crisis alimentaria”, cuando sólo falta o sube de precio esta cosa blanca: el azúcar.

¿Soluciones?

Más vale confesar que no las hay. Pero cada crisis puede originar un nuevo comienzo. Alcanzar la Seguridad Alimentaria para todos es un proceso de largo aliento donde el éxito depende tanto de las decisiones políticas correctas, como de la conciencia y disciplina de los consumidores. Hay muestras en los medios de que la crisis del azúcar, o del pollo, o del pan blanco, hace reflexionar a la gente sobre sus costumbres alimentarias y sobre alternativas que sustituyan las malas por otras más saludables. De pronto, éste es el mejor camino en dirección a la Soberanía Alimentaria, que pelearse con los mercaderes del hambre y de los apetitos del pueblo.

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