octubre 20, 2020

Entrevista con la jefa de la Unidad de Despatriacalización. Esperanza Huanca: forjadora de estrategias

por: Pilar Uriona Crespo

Si soy dura al hablar, es porque mis palabras expresan la realidad en que vivo”, me advierte Esperanza, cuando comienzo a plantear mis preguntas, con las que pretendo sondear una historia de vida tan diferente de la mía.

Sin embargo, a medida que Esperanza se transforma en narradora, hablando de sí misma en tercera persona, como para situarse en una posición neutra, alejada del narcisismo, me voy convenciendo de que, más que dureza, sus reflexiones transmiten una sensación de aplomo.

Y en mi imaginación, la asocio con una figura arquetípica, con un Arcano Mayor, la Fuerza, que expresa el dominio de la firmeza sobre lo frívolo, de la potencia creativa sobre la ambición de poder, de la apropiación del tiempo y no de su pérdida.

Poco a poco voy vislumbrando, guiada por sus palabras honestas, la claridad de una trayectoria personal y política que se ha construido enfocándose en la justicia social como propósito. Llegar a incorporar este principio como arma de transformación o equilibrio y como norte de cualquier relación requiere el valor de estar alerta, plantearse preguntas, auto-evaluar la franqueza de nuestras expectativas.

Demanda ante todo mirar en retrospectiva de dónde venimos y hacia dónde vamos, descubrir, diseñar e ir reafirmando una identidad, meditar activamente las consecuencias de cada elección personal, proyectar, trazar recorridos, experimentar caminos. Y atreverse a equivocarse, a aprovechar la riqueza de los aprendizajes ganados, a no dejarse seducir por la auto-conmiseración.

Requiere definir puntos intermedios de parada, evaluar las propias fuerzas. En suma, transformarnos en estrategas, en fabricantes de opciones y en forjadores de realidades. Esperanza intuitivamente ha comprendido la trascendencia de todo esto y comparte con nosotras/os su particular visión, original, compleja y, sobre todo, diversa.

Hermana Esperanza, me gustaría saber cómo te percibes y cómo quieres que se te defina o identifique.

Esperanza Huanca (EH).- Esperanza es una mujer indígena. Desde que tengo uso de razón, siempre me he visto como alguien que lucha por una justicia efectiva, que se plantea preguntas, que interpela su realidad. La discriminación la he sufrido por ser indígena y por ser mujer, las dos cosas que hacen mi identidad. Eso me ha impulsado a preguntarme por qué existía la desigualdad. Por ejemplo, desigualdad para ingresar a la escuela. En los colegios no querían aceptarte como mujer del campo, pues decían que no servíamos para estudiar, sino sólo para ser empleadas domésticas y hacer trabajos forzados. Poco a poco me han surgido las dudas, me he preguntado por qué los indígenas y las mujeres son objeto de discriminación, por qué existe tanta separación y diferencia entre las realidades de la ciudad y las realidades rurales, por qué cuando iba con mi papá y mi mamá a vender a los mercados nos veían como a menos.

¿Lograste ir a la escuela?

EH.- Sí, pero la escuela como mujer indígena no fue fácil. Para permanecer en ella tuve que mimetizarme. Luego de la primaria quise hacer estudios superiores y para ello tuve que trasladarme a un centro minero, Llallagua. Trabajaba de día y estudiaba de noche, pero en la escuela no me aceptaban con mi ropa de indígena. Tenía que cambiarla. Pese a todo, he terminado mi bachillerato y en el camino conocí a Cancio Rojas, mi compañero, un indígena que también viene de la misma condición y con él estudiábamos de noche. Por azares de la vida, Cancio se desarrolló como líder y yo también. Y, al ver nuestras condiciones, nuestra comunidad nos llamó y sus miembros nos dijeron: “Cancio, Esperanza, ustedes han ido a prepararse y ahora tienen que servir a la comunidad, servir al ayllu con lo que saben”. Y en el mundo indígena, el mandato, lo que pide la comunidad se tiene que respetar y cumplir. Así, nos hemos postulado para ser autoridades comunitarias y para mí ha sido un gran honor ser autoridad junto con Cancio. De ahí hemos analizado y discutido el por qué de las cosas. Por qué como migrantes teníamos dificultad en expresarnos y por qué, al no hablar el castellano como se debe, la gente se reía de nosotros. Por qué a Cancio por indígena le negaron la entrada a la Universidad de Siglo XX, diciéndole que estudiar allí no era para indios, pues éstos debían dedicarse a producir y sembrar.

Me ejemplificas situaciones donde se te ha discriminado por tu identidad cultural, por tu lenguaje, por tu vestimenta. Y como mujer, ¿a qué situaciones de exclusión o injusticia te has enfrentado?

EH.- Cuando trabajé como empleada en una casa me llamaban “la chica”, no tenía identidad, no me hablaban por mi nombre… El hijo de los señores, cuando quería algo, no me lo pedía con la palabra, sino que me daba una patada. Allí percibí por primera vez lo que significa dominar. Mucha gente educa a sus hijos o les enseña que dominar es lo básico y en esa historia una tiene que resistirse y aprender en el camino cómo hacerle frente a la dominación.

¿Y cómo es que terminas involucrándote en el proceso constituyente?

EH.- En mi comunidad teníamos presente que la Constitución no expresaba nuestra realidad. Esta tenía sólo un artículo que nos reconocía como pueblos indígenas y ya habíamos ido madurado la demanda de pedir una ley de convocatoria. Era el sueño de los pueblos indígenas tener a verdaderos representantes en ese espacio de deliberación que expresen la visión propiamente indígena y con ella participar, debatir y construir una nueva Constitución. Pero a mí me interesó participar también expresando mi punto de vista como mujer, pues en las pugnas de liderazgo que surgieron para nombrar constituyentes en mi región se optaba por elegir hombres y no mujeres. En ese momento, yo que ejercía todavía el cargo como autoridad originaria, me he enfrentado a las bases y les he dicho que se habían olvidado de incluir las demandas de las mujeres y pedí que se elijan representantes entre ellas. Ahí vimos nuestra debilidad como tales, nuestro temor a hablar. Entonces en mi comunidad se llega al consenso de que debía ir yo como candidata a asambleísta.

¿Qué dificultades enfrentaste como candidata?

EH.- Cuando mi nombre fue propuesto para que esté en las listas de asambleístas por norte Potosí, figuré en segundo plano, como suplente. Colocarme en el mismo fue algo calculado, porque además había una pugna en mi región entre ayllus y sindicatos para contar con un representante. En la campaña comprendí claramente cómo a las mujeres nos niegan la voz, pues en los debates con mi oponente le daban más tiempo que a mí sólo por ser varón y a mí me daban cinco minutos. A la vez, mi oponente representaba a un instrumento antiguo y fuerte que era el MOP y yo iba por el MAS, un instrumento nuevo en la zona. Si bien cuando recorría las comunidades la ventaja de ser mujer era que quienes no querían escucharme no me golpeaban, sí sentí rechazo e intimidación. Incluso se intentó como parte de la contra-campaña hacerme golpear con mis propias hermanas y ellas no dieron ese gusto, pues me apoyaron cuando dije que como mujeres tenemos iguales oportunidades y derechos también.

Y ya al interior de los debates de la Asamblea, ¿qué desafíos se te plantearon?

EH.- Una vez que me eligieron para representar al norte de Potosí, cuando la Asamblea comenzó a organizar sus tareas constaté que los representantes indígenas éramos pocos, hermanos y hermanas de distintas zonas, y me dio mucho gusto conocer y vincularme con representantes de las tierras bajas como Nélida Faldín o Miguel Peña, destacados indígenas con quienes compartíamos una visión. Hemos visto cómo hacer estrategias para hacer incidencia y ser reconocidos plenamente como sujetos en la nueva Constitución. Yo fui parte de la Comisión Visión de País e intuía que esa Comisión sería la columna vertebral del proceso y la que abriría sus puertas. Así conocí a Félix Cárdenas, quien fue presidente de la Comisión y yo fui secretaria de actas. Ambos participábamos de los debates fuertes y duros con la oposición, cuya tarea era limitar, dividir, no permitir que avancen los trabajos y hemos estudiado sus estrategias para enfrentarlas. Para mí no ha sido fácil debatir con expertos como Jorge Lazarte, pero de alguna forma mi empeño en insistir que los pueblos indígenas sólo queríamos pedir lo justo hizo que coincidieran conmigo y me dieran la razón. Así fue que se propuso el tema de la descolonización, pues si nuestra meta era construir una sociedad justa y armoniosa había que partir conociendo nuestro origen, nuestras raíces, quiénes somos, de dónde venimos y hacia dónde queremos ir.

¿Qué aprendizajes sobre el poder sacaste de todo ello?

EH.- Aprendí lo influyente que puede ser el partido y lo tremendo de su poder para exigir que se cumpla lo que encomienda. El partido divide y logra separarnos de nuestra visión, impone reglas que obstaculizan lo justo. No permite concebir una sociedad sin dueños, sin jefes que exigen cumplir lo que dicen. Los representantes entraban en esa lógica y si desde la oposición nos daban la razón, como parte de un partido sus representantes debían cumplir con lo que se les ordenaba. El clima polar al concluirse la asamblea también me afectó. Cuando quisieron cerrarla y yo me negué a retirarme mis bases me desconocieron. Yo sabía que me había trazado un camino, que había ido a redactar una constitución, para mí, para mis hijas e hijos, para mis nietas y nietos, para quien se dice “el pueblo” y eso haría. Cuando llegamos al referéndum aprobatorio y cuando gana el sí a la nueva Constitución, me sentí muy contenta. Igualmente, eso generó la reflexión de quienes me desconocieron, quienes admitieron su equivocación y terminaron reconociendo mi valor, compromiso y empeño.

Una vez cumplida tu misión en el proceso constituyente, ¿en qué espacios seguiste aportando desde tu liderazgo?

EH.- Una vez aprobada la Constitución, me di cuenta que me había desgastado mucho. Necesitaba recuperarme, retomar fuerzas. En un momento de esos se pensó en proponerme como candidata a senadora o diputada para la Asamblea Legislativa Plurinacional en las elecciones de 2009. Pero yo planteé que mi posición era acceder a la titularidad no a una suplencia, pues no quería figurar no más, sino actuar y decidir al momento de hacer las nuevas leyes. Mi trabajo en la asamblea mostró mis potencialidades y era justo que se las aproveche y valore en lo post constituyente. Pero si no se me daba el espacio merecido, prefería concentrar mi energía en otra cosa. Decido por tanto retomar los quehaceres en la comunidad y a actualizarme con nuestras demandas locales. Me preocupaba sobre todo la gran cantidad de muertes maternas, pues el hospital más cercano estaba a 12 horas a pie y la posta más próxima a 5. En el camino, las mujeres se morían. Cancio y yo volvimos a ser autoridades originarias y buscábamos una solución práctica a este problema. Nos trazamos un plan para exigir al gobierno municipal que se nos dote de una ambulancia de las que había entregado en la zona el presidente Evo Morales y terminamos consiguiendo nuestro propósito.

¿Y cómo terminas en la Unidad de Despatriarcalización?

EH.- Siendo autoridad originaria, un día me enteré que Félix Cárdenas me buscaba. Me comuniqué con él y me propuso incorporarme al Viceministerio de descolonización. Allí me reencontré con compañeras ex asambleístas como Elisa Vega, Marcela Choque y Dora Arteaga. Decidimos unirnos y aplicar la experiencia ganada en la Constituyente, retomando las discusiones sobre el patriarcado, que no se profundizaron en ese espacio. Primero apostábamos por contar con una Dirección de Despatriarcalización, pero se impusieron limitantes que sólo nos dieron la opción de crear una Unidad, eso sí, manteniendo la visión de transformarla en el futuro en una Dirección. Si bien no soy su autora, el tema de que no hay descolonización sin despatriarcalización me cuestionó y me llevó a comprender que los pilares fundamentales de toda dominación son el racismo y el patriarcado. Parte central en la lucha es visibilizar la existencia de un Estado patriarcal,con leyes hechas por los varones sin incluir nuestra participación. El desafío es transformar esto desde lo que propone la visión plurinacional, pero posicionándonos no sólo frente a los colonizadores sino también ante los propios colonizados, que al subordinarnos somos parte del problema.

¿Cómo propones hacer eso desde la política pública?

EH.- Hemos pensado en aplicar cuatro programas. El primero tiene que ver con transversalizar la idea de despatriarcalización en la elaboración del Plan Nacional contra el Racismo y toda forma de Discriminación. El segundo es proponer un anteproyecto de ley de equivalencia constitucional para exigir una real presencia de mujeres como autoridades electas (no sólo como candidatas) para ocupar puestos de mando y decisión en todas las estructuras estatales. El tercero es proponer la realización de matrimonios colectivos desde nuestra identidad con el fin de ejercer el derecho a revalorizar nuestras costumbres y a revisar aquellos mitos de subordinación que presentan a las mujeres como culpables, pasivas, postergadas, adormecidas, que aceptan lo injusto de su condición como algo natural. Hay que validar otros mitos fundantes, como el de Mama Huaco que representa a la mujer guerrera, que discute en igualdad de jerarquía y con poder de decisión. Hay que desempolvar estos mitos y mostrar que en lo práctico las leyes profundizan la subordinación, pues para todo se exige un certificado de matrimonio, que nos reconoce la existencia sólo si somos propiedad de un hombre, somos “de alguien”, que es a la vez el dueño de la familia. ¿Cómo es posible constituir lo justo si no apuntamos a transformar las lógicas familiares donde el macho manda y decide y las mujeres que le delegamos poder y autoridad? Hay que ver que la familia es un sistema complejo de relaciones que no termina en la relación de pareja y que hay que desarticular las violencias que dentro de ella se ejercen. Finalmente, es urgente también despatriarcalizar la economía, cuantificando y valorando el aporte del trabajo del hogar y del cuidado, incidiendo para que el Censo 2011 incluya este aspecto.

¿Y de dónde saca Esperanza tanta fuerza?

EH.- De ir asumiendo una visión clara recogida de mis preguntas y de mi experiencia, de tener un mandato interno que me dice que como mujeres no queremos vengarnos del patriarcado ni imponer un matriarcado para someter. De saber que no queremos poder, sino posibilidad de desarrollar potencialidades para gobernar y establecer nuevos principios guía. De no resentirme si se me cuestiona duramente, pues es dialogando incluso en esos términos que nos fortalecemos. De saber internamente que la pelea no es entre nosotras ni entre distintas identidades, sino que ésta tiene que ser con el Poder prepotente, invisible que nos quiere mantener en silencio.

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