octubre 26, 2020

Mandar obedeciendo. ¿A quién?

por: José Luis Exeni R.

Que yo sepa, todos los gobiernos, sin excepción, mandan obedeciendo. Todos. Algunos lo hacen con declaratoria explícita, digamos principista. Otros más bien son difusos, hasta encubiertos. E incluso están los gobiernos que niegan mandatos tales. Pero la evidencia (de)muestra que todos los gobiernos obedecen directrices a la hora de mandar y decidir.

Si esta premisa es cierta, la pregunta que debiéramos explorar es a qué responden los gobiernos, a quién, cuando mandan obedeciendo. Y aquí el menú es no sólo amplio, sino complejo. Entre la conciencia (pura) asentada en valores y la pragmática (dura) marcada por intereses, la (no) decisión del gobernante está condicionada. Veamos.

¿A quién obedecían, por ejemplo, los gobiernos neoliberales en faena de dominio público-político? ¿A los poderes fácticos? ¿A los caprichos del mercado? ¿A los negocios de la partidocracia? ¿A la agenda mediática? ¿A las presiones de la Embajada estadounidense? ¿A los señores del dinero? ¿Al Fondo Monetario Internacional? ¿A todos ellos? ¿A quién?

Porque convendremos en que los sucesivos gobiernos de la democracia (im)pactada —ese arenoso-elogiado “modelo” que terminó huyendo en helicóptero—, detentaron hegemonía sistémica plena en el país, durante veinte años, con arreglo a los privilegios de una élite. Mandaron obedeciendo, pues. Fueron leales y ortodoxos en su obediencia. Fueron…

¿Y a qué / a quién obedece el actual gobierno del proceso de cambio? ¿Al pueblo-pueblito-pueblo? ¿A las organizaciones sociales? ¿A los fines de la revolución? ¿Al entorno palaciego? ¿A las naciones y pueblos indígena originario campesinos? ¿A los puntos de bifurcación? ¿A la agenda (no) mediática? ¿Al Gabinete? ¿A ninguno de ellos? ¿A quién?

Porque también convendremos en que el reelecto gobierno de la democracia de alta intensidad —ese importante impulso ampliatorio y de transformación sustantiva— construye hegemonía alternativa plena, desde hace un lustro, con arreglo a los sujetos de un modelo de refundación estatal todavía incierto. Manda obedeciendo, claro. Está siendo…

Pero volvamos a la pregunta de origen. Mandar obedeciendo. Ya. ¿Pero a quién? La exploración plantea un principio y una variación importantes. El principio no es otro que el origen zapatista de la expresión: mandar obedeciendo… ¡al pueblo! No a los poderes fácticos, no a los señores del dinero y de las armas, no al sistema financiero, no al vecino del Norte.

El pueblo, entonces, como sujeto al cual se obedece para mandar. ¿Pero qué/quién es el pueblo? ¿El conjunto de lo nacional-popular? ¿El pueblo organizado y movilizado? ¿El demos votante? ¿Los dirigentes-representantes de los movimientos sociales? ¿La “masa” disciplinada? ¿Las bases-basecitas-bases? ¿La militancia? ¿Todos menos la antiPatria? El pueblo…

¿Y la variación? En el actual gobierno, asumido que el depositario de la obediencia es el pueblo —lo que éste signifique—, se ha sustituido “mandar” por “gobernar”. La mutación no es menor. Y es que la acción de mandar, aunque sea obedeciendo, no deja de ser vertical y, acaso, autoritaria. La acción de gobernar, en cambio, expresa más bien un talante participativo y democrático.

Gobernar (que no mandar) obedeciendo al pueblo (que no la “clase dominante”). Vale. El principio es indiscutible. Y hay que celebrarlo. La cuestión radica en la intensidad y en la temporalidad de la obediencia. ¿Se obedece plenamente, como mandato imperativo? ¿Se obedece a retazos, como concesión? ¿Se obedece?

Y si acaso la obediencia es auténtica e intensa, ¿cuándo se obedece? ¿Antes de adoptar la política pública? ¿A la hora de la deliberación? ¿En la fase consultiva-decisoria? ¿O se lo hace con posterioridad, en clave de legitimación? ¿Se lo hace al admitir error? ¿Para avanzar/retroceder? Porque una cosa es gobernar obedeciendo por principio y otra, muy diferente, hacerlo por obligación.

Todo esto para decirles que una tarea-reto fundamental de nuestro actual proceso de cambio, con experimentalismo democrático y refundación estatal, es la exigencia del gobernar obedeciendo, de manera intensa y oportuna, como ejercicio pleno de una sociedad plural y diversa de iguales. Sea.

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