octubre 25, 2020

Conciliar la economía con la ecología

por: Marcus Eduardo de Oliveira/ ALAI

Es un enfoque reciente la aproximación del pensamiento económico tradicional y las preocupaciones en torno al tema del medio ambiente. A lo largo del tiempo, por consenso, los economistas consideraron que la preocupación ecológica, incluida la preservación vital de la condiciones de vida y del medio ambiente, era una simple retórica, y en algunos casos, muchos la veían nada más que como una mera manifestación romántica. Por supuesto, se excluyen de esta lista los llamados «economistas ambientalistas”, especialmente aquellos que siguieron las concepciones de la Ley de la Entropía defendidas por Georgescu-Roegen, quien trató, a su manera, de conciliar la economía con la ecología, siguiendo al creador del término ecología, Ernst Haeckel (1834-1919), quien llamó a la Economía la «Ciencia de la Naturaleza.»

El hecho más destacado, sin embargo, es que con el pasar del tiempo y con el clima, el medio ambiente, los ecosistemas (bióticos y abióticos), la creciente evidencia de los límites naturales, e incluso nuestros propios cuerpos están dando claros signos de estrés y degradación. A partir de esta constatación, el posicionamiento técnico de los economistas en relación con el medio ambiente empezó a cambiar de manera significativa a medida que crecía, día a día, la conciencia de que debemos preservar el medio ambiente natural si queremos seguir contando nuestra historia de vida en esta «nave espacial Tierra» de la que todos somos pasajeros y responsables.

Sin embargo, a pesar de los progresos considerables que se producen en lo que aquí denominamos conciliación entre las posiciones defendidas por las ciencias económicas y las ciencias del medio ambiente, aún hoy no es raro ser testigo, lamentablemente, de cierto desprecio en ambos lados de situaciones específicas que tienen que ver con la cuestión principal de preservar para crecer y de crecer sin destruir. Y una vez creciendo, con moderación, saber distribuir.

Hoy en día, todavía se encuentra en algunas «mentes brillantes» la idea fija de que es preferible un aumento del crecimiento económico, incluso si eso provocara daños ambientales irreparables, porque ese crecimiento económico sería una especie de «medicina» eficaz contra los males sociales que nos afectan de manera indiscriminada.

De este modo, se pasa por alto la idea de buscar un equilibrio, apuntando a afectar el vital encuentro de la satisfacción al vivir con menos, al consumir menos, al comprar de una forma moderada, al estabilizar las relaciones del medio ambiente en una relación más armoniosa con el proceso de producción económico.

Pero el hecho es que no hay como escapar o ignorar ciertas verdades que impregnan el pensamiento tanto de la economía como de la ecología, que inevitablemente terminan cruzándose en cualquier momento.

Una de esas verdades implica la certeza de que en un momento dado cualquier crecimiento económico, idealizado y buscado por muchos, el deseo de fomentar una vida mejor para todos, sin que esto pueda considerarse un sofisma, generará costos ecológicos y sociales inherentes al proceso de producción.

Por lo tanto, no se puede negar, en este aspecto, qué al consumir estamos destruyendo. Por cierto, la palabra «consumir» del latín «consumere» (desperdiciar) etimológicamente significa exactamente «destruir, despilfarrar, recoger intensamente.»

 Lo que no toman en cuenta aquellos que insisten en mantener sus oídos sordos en relación con los riesgos provocados por la destrucción del medio ambiente, es que casi no hay necesidad de producir nada nuevo. Lo que hay -y hay una multitud de cosas que muchos desconocemos – ya es más que suficiente. El problema de los males sociales causados por la escasez en algunas manos, no es consecuencia de la falta de bienes y/o servicios /, sino de la mala distribución. Incluso la existencia de la pobreza y la miseria, los rostros crueles de la desigualdad socioeconómica, también se pueden ver a través de este prisma.

Entendemos que la pobreza y la miseria con todas sus perversas manifestaciones, se deben a la existencia de un sistema económico que distribuye los recursos torpemente. Mientras se privilegia sistemáticamente a una minoría que cuenta con un total e irrestricto acceso al stock mundial de la producción, la mayoría es arrojada a la calle de la amargura encontrando solo puertas cerradas a la hora de consumir. Esto es más evidente cuando vemos las cifras que evidencian la brutal desigualdad en la distribución de la renta.

 Es inaceptable que sólo el 15% de la población mundial consuma el 85% de la producción mundial, mientras que al 85% le queda tan sólo el 15% de los productos y servicios disponibles. En Brasil, el país más desigual de América Latina, el 10% más rico concentra el 50,6% de los ingresos. Por lo tanto, sobra un poco más del 49% que puede ser «dividido» para el 90% de la población. Pero sin una condición de equilibrio basado en la conciliación entre el recoger de la naturaleza, el producir, el disponer en el mercado y el distribuir, no se llegará a un puerto seguro donde impere la paz y la armonía.

Del mismo modo, partiendo de estos desequilibrios, no se puede escapar de las señales ambientales que son cada vez más evidentes en términos de destrucción física. Ora el régimen de lluvias está totalmente fuera de lugar; ora es el calor cada vez más intenso, ora son las nevadas en una parte del planeta que están cayendo con mayor intensidad. Además de esto, se calcula que 50 000 especies de árboles y arbustos se extinguen cada año. Los bosques de todo el mundo están siendo deforestados y quemados a un ritmo devastador. Sobre este último tema, en el estudio «La Economía de los Ecosistemas y la Biodiversidad», producido por la Unión Europea en 2008, hay un dato alarmante y es que el mundo está perdiendo más de 7 millones de hectáreas al año. Esto significa 20 000 hectáreas por día, equivalente a dos veces el tamaño de París, o aproximadamente 33 campos de fútbol por minuto.

Tal como se da esta destrucción sin límites, también nuestros cuerpos reciben dosis (y señales) nocivas del efecto destructor que se cierne sobre el medio ambiente. En cualquier parte del mundo, dice Annie Leonard en The Story of Stuff , “en nuestros cuerpos, incluyendo los recién nacidos, aparecen substancias químicas industriales y agrícolas de carácter tóxico».

No muy diferente de lo que, dada la contaminación del aire, son cegadas las vidas de más de 1,5 millones de personas cada año en todo el mundo por respirar aire contaminado, eso sin mencionar que millones de niños y adultos mueren de hambre por la falta de acceso al agua potable. Téngase en cuenta que solo abordamos estas dos situaciones (aire y agua) para no hacer de este debate más triste y sombrío.

Dicho esto, y para finalizar, la pregunta que surge como esencial, es cómo promover cuanto antes la real e inseparable conciliación de la economía con la ecología, a fin de producir los efectos deseados. Efectos que pueden traducirse en salvar vidas, respetar los límites naturales, practicar la conservación y, por último, hacer cumplir la prédica que asegure que los lazos de la vida pasen ante todo por las cuestiones ambientales. Sin el debido respeto a la Madre Gaia, la casa que nos acoge, es nuestra vida y la de los animales las que estarán en peligro. Se equivocan quienes piensan que el planeta colapsará. El colapso que se avecina tiene una dirección cierta: la raza humana. Practiquemos la conciliación para que continuemos dando alientos de vida. (Revisión de la traducción: ALAI)

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Marcus Eduardo de Oliveira es economista brasileño, especialista en política internacional. Escritor en el sitio «The Economist», el portal EcoDebat y la Agencia Zwela de Noticias (Angola).

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