octubre 20, 2020

Dulce maldición

Sus orígenes se remontan a la India o la China y cuatro milenios y medio atrás. Laazúcar se introdujo en Europa con las huestes de Alejandro Magno. Más tarde navegantes venecianos la comercializarían a precio de oro, cruzando medio mundo para adquirirla. De España, que la conoció por gracia de los árabes, la primera caña vinoal Nuevo Mundo en 1548, ondulante sobre los mares con el tercer viaje de Colón.Se engarzó bien en el Caribe,como si allí hubiera brotado por primera vez circundada de ingenios y esclavos negros.En el Alto Perú no tuvoun desarrollo tan notable.Se cultivaba fundamentalmente en Santa Cruz y en pequeña cantidad. Tecnología atrasada a puro trapiche de madera, caminos innobles y transporte caro no permitían que desde el Oriente se copara mercados.Resultado previsible: precios altos y oferta estrecha. Solo los escasos privilegiados de mucho dinero podían consumirla; signo de alcurnia era esquivade la mesa de los pobres. El advenimiento de la República no modificó de inicio la situación. El pan de azúcar cruceño, que lucía como figura de peñón de playa de Rio de Janeiro, seguía caro y escaso. La primera democratizaciónla trajo el liberalismo de fines del Siglo XIX. Inundó el país de azúcarextranjera de caña peruana pero también de remolacha alemana y chilena. La producción cruceña se derrumbó; tardaría medio siglo en recuperarse. Tuvimos en adelantedulce importación a lomo de tren y principios de dependencia alimentaria. Vagones llenos, cantidades crecientes y precios cada vez más bajos, al alcance de casi todo bolsillo.Endulzarnos se transformó en un derecho de mesa y de vida. Al estallar la Revolución Nacional de 1952,los blancos granos formaban parte indisoluble de la dieta colectiva urbana; la Reforma Agraria la llevó hasta el último confín de los campos. La Revolución decidió sustituir importaciones y promovió la burguesía en Santa Cruz; a la postre un poder capaz de poner y sacar gobiernos. El departamento oriental se tornó nuevamente en economía azucarera, aunque con una potencia multiplicada varias veces en relación a la colonia. Por fin producía masivamente “nuestra azúcar”. Algo pasó en los albores del siglo XXI: El medio ambiente, la demanda mundial y escasas política públicas, conspiraron y nos quedamos sin azúcar. Incorporada en nuestra dieta como signo de modernidad, al faltarnosimaginamos que retrocedimos a situaciones primitivas e inconfesables y protestamos con amargura en la boca. Dulce maldición; agria historia.

 

*       Gustavo Rodríguez Ostria es historiador

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