octubre 22, 2020

EE.UU., la OTAN y el control militar del planeta

Barak Obama no se anda con cuentos. En menos de tres años como presidente de los Estados Unidos tiene en su haber el primer golpe de Estado exitoso en América Latina que derrocó a Manuel Zelaya en Honduras y, para no quedarse a la zaga de su predecesor, ahora tiene su propia guerra unilateral, en el Norte de África, contra la Libia. Pero, eso es nada. Cuando se escriba la historia larga del mundo se dirá que el primer presidente negro del imperio inauguró una nueva estrategia militar que convirtió al planeta en escenario de una guerra global.

La dimensión del paso que está liderando Obama solo es posible tener en cuenta a partir de inscribir los últimos movimientos del imperio en un contexto más amplio y de una manera menos fragmentada. La continuidad de la intervención en Afganistán, donde en más de diez años no se ha podido derrotar al Talibán y mucho menos desmantelar Al Qaeda, y la presencia militar en Irak, donde no se encontró las armas de destrucción masiva que presuntamente tenía Sadam Hussein, así como las amenazas permanentes a Corea del Norte e Irán y el activo respaldo a la dura represión israelita contra el pueblo palestino, constituyen datos de la realidad a los cuales se los debe estudiar por separado, para ver su especificidad, pero sobre todo en conjunto, para identificar por dónde va la mano.

Es más, si bien las formas de la intervención en América Latina se muestran, todavía, distintas a las observadas en los continentes de África y Asia, la contraofensiva política y militar de los Estados Unidos contra procesos progresistas y revolucionarios hay que analizarla como parte de una estrategia de dominación de espectro global, cuyo objetivo es garantizar las condiciones de reproducción de un sistema de dominación mundial que, por sus propias contradicciones, no logra encontrar la fórmula “no militar” para salir de la crisis de rotación transnacional del capital que se hace más profunda.

Pero el capital siempre oculta su presencia y la disfraza en discursos e instituciones nacionales e internacionales. Todas, desde el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas hasta la OEA, pasando por la OTAN y la Liga Árabe, sirven para caminar, respaldados por un amplio despliegue mediático, en la dirección de lograr ciertos niveles de legitimidad.

A la globalización del capital, que le da completa libertad de circulación a las mercancías y restringe al movimiento de la fuerza de trabajo, se ha sumado en los últimos años una globalización cultural que pretende homogeneizar, desde los valores del mercado, la sociedad mundial. Ahora, se proyecta la globalización militar que apunta a garantizar -con la fuerza de las armas y no las ideas- lo que el capital está consiguiendo a través de una suerte de retorno a la fase de acumulación originaria: chorreando lodo y sangre por todos lados.

Con “libertad” para intervenir

Con la intervención militar en Libia, disfrazada con el eufemismo de “zona de exclusión aérea”, lo que desde un inicio representó una virtual declaratoria de guerra a un país sacudido por una guerra interna, Estados Unidos ha encontrado, premeditadamente o no, el espacio suficiente para poner en marcha la aplicación de su nuevo Concepto Estratégico aprobado por la OTAN en la Cumbre de Lisboa en noviembre de 2010.

En esta cumbre, en la que participaron 28 estados miembros y 21 asociados, se adoptó por unanimidad el documento presentado por un equipo encabezado por la estadounidense Madelaine Albright, la ultraderechista ex secretaria de Estado del gobierno de Bush a la que Obama le dio su más amplio respaldo a poco de asumir la conducción de la Casa Blanca, en enero de 2009. El “grupo de expertos” estableció los límites del concepto, identificó las amenazas y precisó las cuatro misiones militares del siglo XXI.

El nuevo Concepto Estratégico -el tercero desde el derrumbe de la URSS y el bloque socialista del Este- establece que “La OTAN debe estar dispuesta a desplegar fuerzas militares robustas donde y cuando sea requerido por nuestra seguridad y ayudar a promover seguridad común con nuestros socios alrededor del globo”. Los dos anteriores conceptos de seguridad “guiaron” a las fuerzas militares de la Alianza en los períodos 1991-1999 y 1999-2010. Por lo demás es importante subrayar que ya a partir de 1991, tras el paso de la bipolaridad a la unipolaridad mundial, se van registrando en términos teóricos y prácticos modificaciones en las líneas táctico-estratégicas de la OTAN, que va dejando atrás el concepto de “respuesta flexible” que la acompañó más de cuatro décadas.

Más claro, ni el agua. Con esta redefinición del papel de la OTAN -que se ha constituido desde su fundación, en 1949, en la prolongación de los largos brazos del Pentágono-, las fuerzas militares de la Alianza -que es otra manera de camuflar la hegemonía estadounidense- pueden intervenir en cualquier parte del mundo y por el motivo que consideren necesario o suficiente.

No hay que olvidar que la OTAN surgió poco después de culminada la II Guerra Mundial con el objetivo de neutralizar la influencia de la URSS en Europa y cuyo poder militar, sin el cual el fascismo no habría sido derrotado a partir de la batalla de Stalingrado, se consideraba una amenaza para los estados conducidos por ideas liberales, democracias representativas y economías capitalistas.

Pero a la OTAN hay que hacerle un seguimiento más largo. Desaparecido el campo socialista a principios de los 90 y, por tanto, desestructurado el Pacto de Varsovia -alianza militar de los países socialistas en respuesta al peligro que representaba la articulación de Europa occidental y Estados Unidos-, la OTAN no desapareció. La razón esgrimida para su fundación ya no existía y lo que se pasó es a inventar otros pretextos y crear otros enemigos. Todo lo contrario, se le asignaron nuevas misiones que en los hechos empezaron a expandir la zona de influencia militar y política de los países del capitalismo central.

La OTAN ya no tiene los 12 miembros con los que nació en 1949 (de los que 5 primero conformaron el Tratado de Bruselas de 1948: Gran Bretaña, Francia, Bélgica, Luxemburgo y Países Bajos y a los que se sumaron Estados Unidos y Canadá y luego ese primer grupo invitó a otros 5: Italia, Dinamarca, Noruega, Portugal e Islandia). Su número alcanza ahora a 28. De los 14 Secretarios Generales que ha tenido esa Alianza militar, ninguno ha sido estadounidense. Sin embargo, el liderazgo de Estados Unidos es inobjetable e incuestionable por varias razones: su alianza estratégica con Gran Bretaña y Francia, su capacidad militar y su habilidad de salir siempre bien parado de las contradicciones y las pugnas dentro del bloque de países del capitalismo central.

De ahí que no sea una casualidad que el liderazgo de Estados Unidos en la guerra contra Libia haya encontrado en Gran Bretaña y Francia sus dos entusiastas operadores. De hecho, entre esos tres países hay una convergencia de intereses por controlar el Oriente Medio. De hecho, el imperialismo colectivo del que habla el intelectual Samir Amin para hacer mención a Estados Unidos, Japón y Europa siempre tuvo la intención de constituir un Mercado Común de Medio Oriente para aprovechar los recursos naturales y en el pasado de la bipolaridad hizo alianzas con los gobiernos monárquicos, autocráticos y nada democráticos de la región, así como suministro armas, dinero y entrenamiento a grupos musulmanes anti-comunistas -como Al Qaeda- con el objetivo de neutralizar cualquier intento de expansión de la URSS.

¿Por qué Libia? En otro artículo publicado en este medio el domingo 20 de marzo se desarrollan más ampliamente las razones, de las que citaremos: primero, Gadafi es imprevisible a pesar de que en los últimos diez años mantuvo una estrecha relación con EE.UU. y varios países europeos; segundo, cuenta con reservas muy grandes de petróleo y agua cuyo ritmo de aprovechamiento por las empresas transnacionales está siempre en dependencia del carácter histriónico del líder libio y, tercero, porque ese país es una puerta de entrada a África, una puerta de ingreso a Europa y un factor de contención de las posiciones más radicales en el mundo árabe.

Confirmando la tesis de que si de los países del capitalismo central dependiera todavía el viejo colonialismo existiría, no hay duda que Francia y Gran Bretaña apuestan a recuperar, sobre nuevas condiciones, su influencia en África, en cuyas tierras existen recursos -como el café y el Cacao- altamente codiciados por los europeos. La única limitante a ese objetivo es Alemania, que también tiene sus propios intereses.

El petróleo libio es más interés de Europa que de Estados Unidos. Un alto porcentaje de los combustibles que consumen los principales países europeos procede de territorio libio. Estados Unidos también lo necesita, pero por el momento es mucho más importante ser el que modele el famoso proyecto europeo que a estas alturas es una mentira colectiva que no se la creen ni los gobernantes ni la burguesía del Viejo Mundo. Eso lo percibe Alemania y ahí es donde se debe encontrar la explicación a los momentos de tensión -no antagónica- que ese país tiene con los Estados Unidos. Lo hizo manifiesto en su rechazo a intervenir en Irak y ahora en Libia. Esta claro que no lo hizo por afecto a Hussein y Gadafi, respectivamente, sino por tratar de mantener cierta autonomía ante la influencia estadounidense.

Pero la intervención en Libia, a pesar de las contradicciones inter-imperialistas, sirve para algo más: ayuda a encubrir y desviar la atención de lo que está ocurriendo en otros países árabes, donde a partir de enero fueron escenario de rebeliones populares que han sido neutralizadas y “cooptadas” por los mismos sectores que Estados Unidos ayudó económica y militarmente en el pasado. Se ha ido Ben Ali en Túnez y Mubarak en Egipto, pero las clases dominantes y los operadores de esos regímenes -principalmente fracciones militares- se mantienen en el control del poder.

Otro dato, no menor, a tener en cuenta y que refuerza el liderazgo de Estados Unidos en la OTAN y su nuevo concepto estratégico es el alcance de los planes operativos. Lo que se aprobó en Lisboa en 2010 está previsto hasta el 2020 y el plan estratégico de la CIA -de la que ya se ha confirmado su activa presencia en Libia- también llega a ese mismo año.

Hay ciertamente mucha tela por cortar. Algunos países árabes -como Túnez y Egipto- enfrentan transiciones controladas que no modificarán sustancialmente las expectativas políticas, sociales y económicas de las más amplias fracciones de la sociedad. Quizá Yemen se suma a la lista. Otros, como Bahrein (El reino de dos mares), Arabia Saudita, Marruecos y Jordania seguirán manteniendo regímenes que en nada emulan los valores occidentales acuñador por Obama al momento de justificar la intervención en Libia.

America Latina, ¿fuera de peligro?

¿La aplicación del nuevo Concepto Estratégico de la OTAN es una amenaza para América Latina? Su importancia está dada a partir del peligro que representa ese rediseño estratégico de la OTAN para los gobiernos progresistas y revolucionarios en el continente, especialmente para Cuba y Venezuela -en primer lugar- y Bolivia -complementariamente.

La visita de Obama a tres países de América Latina en marzo pasado, la gira de Hillary Clinton por otros tantos el año pasado, el golpe de Estado en Honduras contra el presidente legítimo Manuel Zelaya, el intento estadounidense de mostrar a Bolivia y Venezuela como una suerte de “narco-estados”, las agresiones permanentes contra Cuba, la ampliación de sus bases militares en el continente y la activación de la IV Flota son datos de la realidad que no se los puede ignorar.

Hasta ahora, desde la perspectiva de la Doctrina Monrroe, en la que Estados Unidos se asigna una paternidad sobre América Latina y el Caribe, la mayor parte de las campañas de desestabilización de procesos progresistas se han apoyado en fuerzas armadas locales, obviamente con mandos entrenados en la Escuela de las Américas y en grupos paramilitares de corte fascista, aunque también se han dado casos de intervenciones directas de tropas estadounidenses en Guatemala (1954), República Dominicana (1965), Granada (1983), Panamá (1989) y Haití (1994). Todas con la complicidad de la OEA.

Pero si hay algo que tampoco puede ignorarse, es el papel que Estados Unidos ha decidido darle a Colombia en la aplicación de su estrategia global, aplicada ya sea desde el Pentágono o su brazo multinacional, la OTAN. En 2008, a iniciativa estadounidense y con la fachada de España, el presidente Alvaro Uribe logró que el estado colombiano participara a través de sus fuerzas armadas -las mejores equipadas en América Latina- en las operaciones de la Alianza Atlántica en Afganistán.

La participación de Colombia en la OTAN en calidad de observador se mantiene, pero la figura es más o menos similar a lo que ocurrió con muchos de los países del Mediterráneo, no considerados formalmente dentro de la lista de potenciales miembros. En 1994, desaparecido el bloque socialista, se invitó a varios países de esa parte del mundo (Israel, Egipto, Marruecos, Túnez y Mauritania) y en 2004, en la Cumbre de Estambul, se establecieron acuerdos para garantizar la seguridad y la estabilidad regionales. Es decir, no sería una exageración que a partir del nuevo Concepto Estratégico -intervenir en cualquier parte del mundo y por el motivo que sea-, la OTAN vaya oficializando la incorporación colombiana y de otros países afines a los intereses imperiales en la región.

De todas las amenazas que la Alianza Atlántica identificó para la “civilización occidental” y que justificaría su intervención: proliferación de misiles balísticos y armas nucleares y de destrucción masiva, el terrorismo, los ataques a las vías de comunicación, los ciberataques y la inestabilidad o los conflictos más allá de las fronteras de la OTAN, la última es la que podría invocarse para intervenir en América Latina.

La historia no es nueva. Los Estados Unidos ya pretendieron en 1961 montar una cabeza de playa en Bahía de Cochinos que justificara su intervención, pero no contaban que el plan sería derrotado en menos de las 72 horas que Fidel Castro estableció como máximo para evitar la invasión imperial. Otra rápida derrota, con distintas características, sufrió Estados Unidos en agosto-septiembre de 2008 en Bolivia, cuando se pretendía generar un conflicto que dividiera el país y allanara la presencia de las fuerzas de paz de la ONU. A la cabeza de la operación estaba Philiph Golberg, un experto en temas militares que operó en la división de Yugoslavia y que ahora es responsable de una unidad de inteligencia en el Departamento de Estado.

Lo nuevo es que las injerencias estadounidenses estarán camufladas en las banderas de la OTAN y en la plena subordinación de la ONU, como ocurre ahora en el caso libio, donde el Consejo de Seguridad tomó una decisión que viola su propia norma interna y en la que las tropas militares actúan, no bajo bandera de las Naciones Unidas, sino de la Alianza Atlántica.

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