octubre 20, 2020

“Hay que dinamitar el sexo” 1…

¿Desde cuándo el Estado se volvió propietario de nuestras vaginas y de nuestros penes?

A partir del siglo XVIII, con el surgimiento de la sociedad disciplinaria, que desplazó a la sociedad soberana cuya forma de poder, se centraba en la ritualización de las “mil muertes”, propias del diagrama del suplicio, característico del Medioevo.

Con la sociedad moderna disciplinaria, surgen nuevos dispositivos de poder que calculan la vida en términos técnicos de población. El aparato estatal, transforma la vida, en objeto de la empresa desalud pública. La vida, se reducea un dato, a un número en el registro estadístico de natalidad y de mortalidad. A esta forma de poder productivo y de control y administración del bios, Foucault la llama: biopoder.

Sin embargo, no todo el bios, es de interés del poder. El poder divide la complejidad de la vida, en mente y cuerpo, espíritu y materia, recodificando sus partes y asignándole sentido y valor a los fragmentos y colores que tejen esas vidas. Lo que interesa al poder es el control y la administración de una parte específica del cuerpo: la vagina y el pene. Los órganos productores y reproductores de lo vivo. Al Estado, le preocupa hacer del cuerpo una inscripción legible y referencial de la verdad del sexo. A través de las políticas represivas de la salud sexual y reproductiva, el Estado se ha transformado en el propietario de las vaginas y de los penes. A partir de ese derecho propietario, busca restablecer la relación original entre sexo, género y sexualidad. La normalidad, en la sociedad disciplinaria y de control biopolítico se funda, en la coherencia que debe existir entre los órganos sexuales, el sexo (femenino o masculino), el género (los roles asignados a ese sexo) y la identidad sexual (heterosexual o perversa).

Desde este punto de vista, nuestro cuerpo, ya no nos pertenece en su totalidad. Nuestro cuerpo segmentado y territorializado, está atravesado como dice Beatriz Preciado, por dos regímenes de corporalidad: un régimen de corporalidad posmoneyista en el que partes, como la nariz, los labios, la barriga, las caderas, los muslos, etc. son de propiedad individual y objeto de mercado, que podemos transformar a gusto, mediante la cirugía estética (Ej: los cuerpos de “las magníficas”) y, un régimen premoderno (casi soberano), en el que el pene y la vagina siguen siendo de propiedad del Estado. En este sentido, al no ser nuestroel sexo, no lo podemos transformar, a partir de intervenciones como la vaginoplastía o la faloplastía,en tanto operaciones de cambio de sexo.

Desde el Medioevo hasta nuestros días, los intentos de reasignación de sexo, no han sido aceptados por el poder. Transgredir la prohibición, ha significado para quienes lo han intentado, la condena de la muerte o el derecho soberano de “dar o quitar la vida”. Un caso emblemático fue el de la hermafrodita Herculine Barbin, condenada a muerte por la inquisición (se suicidó antes), no por ser un hombre atrapado en un cuerpo de mujer, o una mujer atrapada en un cuerpo de hombre, sino porque tuvo la desgracia de ser un “cuerpo atrapado entre los saberes dominantes sobre el sexo y los saberes menores de los anormales” 2.

La propiedad del sexo, en mano del poder; la transformación del sexo, en objeto de gestión política de la vida, implica la incorporación de nuevas técnicas de tecnocapitalismo avanzado, cuyo propósito es “usar la tecnología para modificar el cuerpo según un ideal regulador preexistente de lo que un cuerpo humano (femenino o masculino) debe ser” 3.

Fuera de este ideal de racionalización de la vida, el cuerpo no es más que una referencia vacía, que los “desviados sexuales” estamos obligados a llenar, con el grito ensordecedor de la disidencia.

1    Frase célebre de la filósofa Queer, Beatriz Preciado.

2    Beatriz preciado, “Biopolítica del Género”. París 8 Saint-Denis

3    Ibidem.

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