octubre 21, 2020

La Revolución Cubana: nuevos desafíos

por: Gilberto Valdés *

A medio de siglo de aquellas gestas —de la victoria de Girón y de que Fidel proclamara el carácter socialista de la revolución cubana—, todo lo que parecía aplastado, acallado, luego de épocas de profundo malestar, de saqueo y humillación, se levanta desde el Sur. En nuestra región se despliega un escenario de cambios que algunos autores definen como posneoliberalismo, caracterizado por el avance de gobiernos y proyectos de corte nacional-popular que, con mayor o menos consecuencia política y radicalidad, rescatan la soberanía y el control de sus recursos básicos, hasta ahora en manos de las transnacionales. El término alberga un conjunto de posiciones que oscilan entre la orientación anticapitalista de procesos como el de Venezuela, Bolivia y Ecuador hasta las de gobiernos de mayor o menor giro a la izquierda que intentan restituir una variante de capitalismo nacional endógeno sobre las ruinas dejadas por décadas de políticas neoliberales extremas en el Cono Sur.

La resistencia del imperialismo y de las oligarquías a estos cambios se ha intensificado en los últimos años, especialmente en los casos de Venezuela, Bolivia y más recientemente con el golpe en Honduras y la intentona en Ecuador, enfilada contra los procesos populares emergentes y los nuevos gobiernos elegidos, que ponen en peligro el otrora poder absoluto de las oligarquías y las transnacionales en nuestros países. El centro de gravedad político post Honduras está marcado por la contradicción entre gobiernos y alternativas intergracionistas post neoliberales y la restauración conservadora y oligárquica impulsada por el llamado “poder inteligente” de la estrategia norteamericana en la región.

Nuevos gobiernos populares emergen en nuestro continente modificando el escenario geopolítico a favor de los pueblos. Al decir de Helio Gallardo, se entrecruzan “muchas luchas, muchas banderas micros y macros para que sea posible el ser humano” (Gallardo, 2007).

Hace más de medio siglo la Revolución Cubana abrió el cauce de la participación popular decisoria en términos de soberanía e independencia nacional frente al dominio norteamericano. A la vez, esa participación popular fue conformando, en la práctica revolucionaria múltiple, patrones de interacción social de la vida cotidiana que generaron los valores socialistas que hoy definen el perfil de nuestra sociedad. Todo ello fue posible, en primer lugar, por la vasta obra educacional y cultural realizada durante décadas, sin lo cual la participación es mera ficción.

En cada etapa y frente a contradicciones determinadas por la lucha de clases, la participación popular asumió derroteros específicos. Si lo vemos como proceso, como acumulado histórico de aprendizaje de autogobierno, cada uno de esos momentos tuvo una significación social positiva, independientemente de las incongruencias y deformaciones socialmente condicionadas, en un tránsito afectado por la constante agresión del imperio, por una parte y por el lógico proceso contradictorio de maduración del sujeto social y político de la revolución.

Entre los estudiosos de esta temática existe desde fines de los 80 del siglo pasado un consenso sobre la necesidad de perfeccionar el modo de participación política de la sociedad cubana, teniendo en cuenta la complejidad creciente de la misma. Hoy se suma a ese reclamo, los desafíos que entraña la actualización del modelo económico y sus impactos sociales diferenciados. Se trata de un asunto de interés prioritario para la sociedad. Mas como proceso no sujeto a una solución unívoca y preestablecida de todos los temas involucrados, su aceptación no es ajena a la producción de alternativas que puedan ser, a cada paso, confrontadas con los resultados concretos y su ejecución. Inhibir esa producción de alternativas —tanto de aquellas que emanan de valoraciones y conocimientos ordinarios, como las provenientes del saber sistematizado— significaría reducir la complejidad de estos procesos a un ángulo puramente tecnocrático. Ha sucedido lo contrario: una amplia confrontación de ideas antecede la toma de decisiones puntuales. Los debates en el Parlamento, en los cetros laborales y educacionales y en diversos escenarios sociales, académicos y políticos muestran la tendencia a la construcción de consensos en torno a las medidas estratégicas que inciden en el rumbo económico del país y en la manera de afrontar los retos de la hegemonía socialista en los nuevos escenarios.

El reto de perfeccionar la Participación Popular

En Cuba, como saben, se empiezan a introducir significativos cambios normativos en la vida del país, estamos teniendo un sostenido proceso de debates y consultas populares desde las bases mismas de la sociedad con el propósito de modificar el modelo socialista. A juicio de muchos y muchas hay que buscar los modos de solucionar contradicciones estructurales acumuladas y otras coyunturales, con la mirada puesta en garantizar la justicia social con sostenibilidad económica y mediomabiental. Lo más importante, a mi juicio, es perfeccionar la participación popular decisoria, diferenciada y múltiple. En otras palabras, hacer lo que la gente decida.

Debemos reconocer la diversidad de intereses, expectativas y preferencias cada vez más visible de nuestra sociedad, pero no desde el imaginario liberal que ve la diversidad en clave de diferencia y ésta en clave de desigualdad natural; tampoco como la diversidad atomizada admitida en los países centrales del sistema capitalista, en los que se implementan políticas de reconocimiento (étnico, racial, de género, de opciones sexuales, etc.), afines a la lógica del control social del capital. La diversidad que necesitamos potenciar y articular es la que expresa la voluntad socializadora de los individuos en proceso de emancipación socialista.

Para Cuba hoy, a mi juicio, más que elaborar una modelística abstracta sobre el socialismo, se impone adoptar una postura teórica ajena a lo que Gramsci criticaba como “proyectos mastodónticos” de socialismo 1, sean estos hoy fruto de disquisiciones analíticas formales, de escasa o casi nula viabilidad histórica, como de visiones rupturistas mesiánicas que prometan la solución de todas las contradicciones.

Pero también es necesario protegernos de la tendencia contraria: la máxima pretensión de lo socialista convertida en hipóstasis conceptual inalcanzable, desde cuya idealidad se menosprecian las evoluciones factibles en dicha dirección, inherentes al segmento discreto del desarrollo interformacional en que nos encontramos. El no comprometimiento del socialismo con un paquete de rasgos fijos e inamovibles es, precisamente, la manera más productiva de conservar lo alcanzado, descubrir las salidas multivariadas que ofrece la crisis de la época y abrirnos hacia nuevos grados de socialidad desenajenada.

Una presentación dicotómica de las categorías “capitalismo” y “socialismo”, “socialismo” y “mercado”, “plan” y “mercado” empobrecería el espectro teórico y práctico de alternativas intermedias, formas transicionales ajustadas a una u otra época o coyuntura, cuya riqueza es del todo imposible de fijar de antemano. Así lo confirma la experiencia inconclusa de la Nueva Política Económica (NEP).

La deuda teórica y práctica con estas febriles búsquedas de Lenin es inmensa, no sólo porque su perspectiva perdió groseramente su orientación estratégica durante la hegemonía stalinista y la desintegración provocada durante el neoestalinismo, sino porque el intento de retomar aquel rumbo en los años iniciales de la perestroika se desenvolvió en un clima de contradicciones políticas no resueltas entre lo progresivo y lo regresivo, que no favoreció su articulación con el resto de los elementos que presumiblemente apuntaban hacia una refundación socialista. Obviamos el análisis del conjunto de medidas erráticas que desnaturalizaron la potencialidad del cooperativismo, haciéndolo presa de la corrupción, mientras la publicística lo apologetizaba como “vuelta al leninismo”, por una parte, y de las presiones burocráticas interesadas en la salvaguarda de sus prerrogativas “estatales” ajenas al control popular, por otra.

En la transición socialista, la democracia adquiere un contenido verdaderamente social con la redefinición de la política; se anula la separación entre instituciones y masas y la organización del Estado privilegia las asambleas por encima de las burocracias y las tecnocracias. De otra manera: al menos teóricamente, el formalismo de la democracia política capitalista (asumiendo al democratismo político liberal como conquista histórica de los pueblos impuesta al elitismo originario del liberalismo) se llena de contenido real. Sin embargo, teniendo claro la diferencia sustantiva de la democracia socialista con respecto a sus formas anteriores, ese salto no debe mitificarse como el paso de algo “absolutamente negativo” a lo “absolutamente positivo”; esto es, de una democracia ilusoria, incompleta, imperfecta, a una democracia real, completa, perfecta, construida de un golpe.

De lo que se trata, para esa otra democracia, es de una superación histórica real, no declarativa, tanto del liberalismo como del democratismo burgués; no de un “rodeo” sociopolítico que a la postre no satisfaga las expectativas democráticas superadoras. La historia reciente muestra cómo terminaron esos ensayos (por muy legítimos que resultaran en sus inicios): con la vuelta al más ramplón consumo “simbólico” liberal.

El tránsito de la concentración y la representación de poder a la descentralización y el predominio de las formas participativas es una aspiración democrática mundial. Sin embargo, en un mundo de tan alta concentración y ejercicio hegemonista de poder, la socialización de la política que se plantea la Revolución Cubana está mediada por una obligada centralidad.

El reto mayor, en una perspectiva de avance hacia el socialismo, es la activación del libre movimiento de la sociedad, la sostenida devolución al organismo social de todas las fuerzas absorbidas tradicionalmente por el Estado. Mas este no es un acto contractual, ni comporta un antiestatismo pedestre: es un proceso derivado de la constante socialización de la actividad humana en todas las esferas, de la cotidianidad de la política. El Estado-nación continuará, durante un tiempo histórico imposible de predecir, cumpliendo funciones intransferibles, mientras impere la mundialización hegemonizada por el capital y no accedamos a un nuevo internacionalismo de los pueblos.

Una de las formas más eficaces de enfrentar ese reduccionismo radica en el constante esfuerzo por repensar la estrategia de orden cubana en función del despliegue ininterrumpido de su capacidad democrática alternativa, tanto a los esquemas de la democracia liberal, como al tipo de estatalidad conformada en el socialismo histórico.

La efectiva socialización del poder deviene, así, imperativo para la renovación del consenso y el marco más sólido y permanente desde el cual puedan ser fijados los límites sociales y ecológicos del mercado en el futuro inmediato.

Esta claro que vamos a un modelo con diversidad de formas de propiedad y gestión, en el que se mantiene como centro la propiedad estatal y eso es fundamental en esta etapa histórica, porque alejarnos de la propiedad estatal en nuestro caso es el suicidio, pero a la vez liberar el autoempleo, la pequeña y mediana propiedad privadas y sobre todo las cooperativas no solo en el agro, sino urbanas: industriales y se servicios. ¿Incertidumbres? Muchas. ¿Esperanzas? Muchas.

Hay que superar los estereotipos sobre el modelo construido, conformados en medio siglo y ese será un proceso complejo, porque hay que hacerlo sin perder la ternura y lo que ha sido el sello de la revolución cubana. Por eso la palabra es Actualización y no Reforma (para no identificarlas con las reconversiones liberales del Este europeo de fines del XX…). Pero no solo actualización del paradigma económico, sino de las prácticas y discursos de las organizaciones políticas y las sociales, lo que es aún más difícil. Será una disputa de sentidos que se va a resolver de manera práctica por la experiencia política propia de la gente, sobre todo de los y las jóvenes.

En estos cambios se potencia el desarrollo local, el despliegue de la economía popular y solidaria en los territorios, la que incluye sectores cooperativistas, asociativos y comunitarios. Hay muchas experiencias e iniciativas populares en las bases que serán potenciadas.

Estos procesos de debate, de cara al Congreso del PCC que se inicia en pocos días, son espacios de aprendizaje y ejercicio de poder popular, debemos contribuir a deslegitimar estratégicamente tanto el imaginario mercantil (la Pacha-Miami) (sin demonizar el mercado), como la estatalización paternalista extrema de la sociedad (que es una alternativa errónea a superar), abrirnos a referentes civilizatorios latinoamericanos (Buen Vivir, por ejemplo), de acuerdo a las características sicosociales de nuestro pueblo, también a otros referentes en todo el mundo. Pero sobre todo abrirnos a la libre creatividad asociativa de cubanas y cubanos. Enfrentar con realismo lo que podemos y debemos hacer hoy, sin abandonar la formación anticapitalista, antipatriarcal y por formas de producción y reproducción d e la vida ajenas a la lógica del capital.

Aquí estamos y estaremos, con Fidel y Raúl y con el pueblo que hace suyo y renueva los cantos de victoria de Girón.

 

*     Coordinador de Grupo GALFISA del Instituto de Filosofía del CITMA

1    “Pero entonces —escribía Gramsci en 1918 sobre la sociedad rusa— ¿no es el socialismo? (…) No, no es el socialismo en el groserísimo sentido que dan a la palabra los filisteos constructores de proyectos mastodónticos; es la sociedad humana que se desarrolla bajo el control del proletariado. Cuando éste se haya organizado en su mayoría, la vida social será más rica en contenido socialista que ahora, y el proceso de socialización irá intensificándose y perfeccionándose constantemente. Porque el socialismo no se instaura en fecha fija, sino que es un cambio continuo, un desarrollo infinito en régimen de libertad organizada y controlada por la mayoría de los ciudadanos, o sea, por el proletariado”. (Antonio Gramsci: “Utopía”, Antonio Gramsci. Antología, Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 1973, p. 51.).

Be the first to comment

Deja un comentario